Reseña de La prisionera de Marcel Proust

Un robusto tratado sobre los celos, quizás el mejor de todos.

He vuelto a Proust. Decía Sabina que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, pero creo que si hay excepciones a la máxima del maestro de Úbeda, una de ellas debiera ser la continuación de la lectura de la obra magna proustiana, En busca del tiempo perdido. En La prisionera, quinto volumen de la obra, Proust nos regalará algunas de las mejores páginas de lo que llevo leído hasta el momento. Creo que, junto con las dos primeras, esta es mi favorita. A pesar de que Marcel me saca de quicio en todas las páginas, y son más de cuatrocientas.

En este tomo se consolida la idea de Marcel como un ser egoísta, hedonista y mujeriego. No se casa, de momento, con Albertine porque le gusta la soledad y los placeres mundanos y, sin embargo, la mantiene recluida porque “la separación de sus amigas lograba librar a mi corazón de nuevos sufrimientos. Lo mantenía en reposo, en una inmovilidad casi total, que lo ayudarían a curar, pero, en definitiva, aquella calma que me procuraba mi amiga, más que una alegría, era un lenitivo del sufrimiento”. Recordemos que, en el cuarto tomo, Marcel cree que Albertine es bisexual y mantiene relaciones con otras chicas de su entorno, “al abandonar Balbec, había creído yo abandonar Gomorra, arrancar de ella a Albertine”. Los celos de Marcel son tan poderosos que lo mantienen en una tensión permanente, “De Albertine, en cambio, ya no tenía yo nada que aprender. Todos los días me parecía menos hermosa. Solo el deseo que excitaba en los demás (…) la ponía ante mí por las nubes. Era capaz de causarme sufrimiento, en modo alguno alegría”. Sin embargo, tiene otros momentos en los que la admira, como el pasaje en el que entra en su habitación y se detiene a observarla mientras duerme, “tal vez sea necesario que las personas nos hagan sufrir mucho para que en los momentos de remisión nos procuren esa misma calma apaciguadora de la naturaleza (…) lo que tenía ante mí era toda una existencia fisiológica; me habría quedado mirándola, escuchándola, tanto tiempo como cuando permanecía en tiempos tumbado en la playa, a la luz de la luna”. Marcel es un misógino de libro (y nunca mejor dicho) cuando sostiene que “las superioridades intelectuales de una mujer siempre me han interesado tan poco, que, si se las he comentado a una o a otra, ha sido por pura cortesía” o cuando sin despeinarse define a una mujer como “era de esas mujeres que no saben distinguir la razón de lo que sienten”. Pero no saquemos las cosas de quicio, el libro es de 1925 y aun nos quedan dos tomos por leer.

Proust nutre continuamente el texto con reflexiones acerca del amor y ninguna tiene desperdicio, por ejemplo, del amor dirá que “tal vez no sea otra cosa que la propagación de esos remolinos que, a consecuencia de una emoción, conmueven el alma”, no sin asumir que amar es sufrir, “lo que vuelve dolorosos semejantes amores es, en efecto, que preexiste a ellos como un pecado original de la mujer, un pecado que nos hace amarlas, de modo que, cuando lo olvidamos, las necesitamos menos y, para empezar de nuevo a amar, hay que empezar de nuevo a sufrir”, y ese sufrimiento, entre otras cosas, radica en que “solo amamos aquello en lo que perseguimos algo inaccesible, amamos solo lo que no poseemos”; pero, sobre todo, en este tomo Proust no escatima en disquisiciones sobre los celos de los cuales dirá que “no son otra cosa que una inquieta necesidad de tiranía aplicada a los asuntos del amor”. Además, el autor no deja en ningún tomo de dedicarle párrafos enteros a divagar sobre el tiempo, los recuerdos, las sugestiones sensoriales, etc. En este tomo, por ejemplo, sobre el recuerdo dirá que “olvidamos muy pronto lo que no hemos pensado a fondo, lo que nos ha dictado la imitación, las pasiones circundantes. Estas cambian y con ellas se modifica nuestro recuerdo” o sobre si la pereza se puede considerar tiempo perdido (páginas 83 y 84).

En más de cuatrocientas páginas a Proust le da tiempo a ser meticuloso en las descripciones de los escenarios o en los análisis psicológicos de los personajes, al tiempo que introduce algunos pasajes sublimes que ayudan a conocer mejor al protagonista. Por ejemplo, el pasaje en el que Marcel, desde la ventana de su casa de París, describe a las muchachas que pasan por la calle, tendera, lavandera, frutera, mantequera, como pequeñas nínfulas de Nabokov, que luego se quedan en nada, “lamentablemente, una vez junto a mí, la rubia mantequera de mechas estriadas, despojada de tanta imaginación y deseos despertados en mí, quedó reducida a sí misma. La trémula nube de mis suposiciones ya no la envolvía en un vértigo”, solo son producto de la imaginación de Marcel. También se entretiene en disquisiciones sobre el poder de la música cuando asiste a una sesión en la que Morel interpreta obras de Vinteuil (un compositor inventado por Proust) y mientras escucha al intérprete se pregunta “si no sería la música el ejemplo único de lo que habría podido ser – si no hubiera habido la invención del lenguaje, la formación de las palabras, el análisis de las ideas – la comunicación de las almas” y se da cuenta de que para él “al salir de aquel paraíso, el contacto de las personas más o menos inteligentes me parecía una insignificancia extraordinaria (…) una vez interrumpida la música, las personas que allí había parecían demasiado insulsas”.

Si la primera parte del libro se dedica a explicar el estado de la relación entre Marcel y Albertine y la segunda parte se centra en la visita a la casa de la Sra. Verduin (y todo lo que esa visita conlleva sobre la trama de la novela), la tercera parte enlaza con lo que será el sexto libro y nos presenta el final del confinamiento de Albertine en casa de Marcel; además de las conversaciones sobre su relación y las dudas de Marcel sobre qué hacer con su prometida, la pareja habla de literatura, especialmente de Dostoievski (a quien Proust dedica unas palabras maravillosas) y Marcel le explica a Albertine que los grandes escritores solo escriben una obra maestra (¿lo dirá por si mismo?). El final de la estancia de Albertine en casa de Marcel es inesperado y deja al protagonista invadido por la angustia. Este giro final es genial y merecido, porque Marcel no puede tener un comportamiento más infantil con Albertine. Veremos cómo avanza la historia en los dos libros que nos quedan por leer (y reseñar).

La prisionera no es más liviano que los tomos anteriores, pero es que Proust tiene algo que atrapa a la lectura por muy densa que sea. Creo que es la profundidad de sus reflexiones y lo bien narradas que están (con un uso de las comas tan excesivo como exquisito) junto con el acierto de dejarte algunas pinceladas de genialidad en momentos inesperados, como por ejemplo, en mitad de una visita a una familia en la que nos está describiendo a la señora de la casa y al mirar por la ventana advierte que “la atmósfera fría, lavada por la lluvia cambiaba a cada instante y borraba la promesa purpurada de la Aurora”. Este volumen me ha gustado más que algunos de los tomos anteriores, como dice Flor Méndez en su comentario sobre la obra, “no hay quinto malo”. La trama avanza poco, pero la riqueza del texto y lo interesante de todas las ramificaciones que va tomando Proust, la convierten en uno de los mejores tomos de la obra.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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