Reseña de Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas

Preferiría no escribir esta reseña

Este año ha sido mi año de leer a Vila-Matas. A lo largo de estos doce meses he reseñado Esta bruma insensata y París no se acaba nunca. Le voy cogiendo el gusto al autor catalán, quizás porque voy teniendo algo de músculo lector y este es fundamental para sacarle partido a la obra de Vila-Matas. Ahora os traigo Bartleby y compañía, una obra diferente, pero que aborda uno de los principales miedos de los escritores y escritoras: dejar de escribir.

El narrador de este texto es un rastreador del no. Un ser jorobado que se dedica a rebuscar en la historia de la literatura a aquellos autores y autoras que sufren el síndrome de Bartleby, el personaje del cuento de Melville. Lo explica así: “Hace tiempo ya que rastreo el amplio espectro del síndrome de Bartleby en la literatura, hace tiempo que estudio la enfermedad, el mal endémico de las letras contemporáneas, la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre”.  El libro, en un intento de alejarse de ser un libro al uso, está compuesto de notas al pie de un texto que no existe, de un no-texto. Es un recurso divertido de Vila-Matas fiel a su compromiso con el tema que aborda. El síndrome de Bartleby, explica el narrador, es un “tema laberíntico que carece de centro, pues hay tantos escritores como formas de abandonar la literatura, y no existe una unidad de conjunto y ni tan siquiera es sencillo dar con una frase que pudiera crear el espejismo de que he llegado al fondo de la verdad que se esconde detrás del mal endémico, de la pulsión negativa que paraliza las mejores mentes”. Estas mejores mentes son las que va citando el autor a lo largo de todo el libro y que en algunos casos se componen de meras anécdotas y en otros casos son piedras angulares para documentar el citado síndrome. Pero el texto es también una oportunidad para “comentar los comportamientos literarios de otros para así poder escribir y no ser escrito”, es decir, para no caer en el síndromde Bartleby. Este ejercicio de supervivencia que intuye Vila-Matas en sí mismo, lo ejemplifica también con el propio Meville, pues el autor estadounidense “tuvo el síndrome antes de que su personaje existiera, lo que podría llevarnos a pensar que tal vez creó a Bartleby para describir su propio síndrome”. Incluso el propio Vila-Matas redunda en esta idea en un epílogo añadido a la edición en el que reconoce que “a veces acabo pensando que sería mejor actuar con la sabiduría del viejo haiku: sentado apaciblemente sin hacer nada / la primavera llega y la hierba crece por sí misma”.

Sea como fuere el texto profundiza en los casos de Walser, Kafka, Wilde, Hofmannsthal (y su Carta de Lord Chandos que Vila-Matas considera la cumbre de la literatura del No), Pynchon (con el que Vila-Matas es reincidente en otros libros), Salinger y otros no-autores nacionales como el paradigmático caso de Pepín Bello. Incluso Tolstoi sufrió del síndrome; explica Vila-Matas que “al final de sus días, Tolstói vio en la literatura una maldición y la convirtió en el más obsesivo objeto de su odio. Y entonces renunció a escribir, porque dijo que la escritura era la máxima responsable de su derrota moral (…) y con el extraño gesto de su huida, anunciaba la conciencia moderna de que toda literatura es la negación de sí misma”.

El libro es también una oportunidad para conocer algunas curiosidades del universo literario como la de la Biblioteca Brautigan en Estados Unidos que reúne exclusivamente manuscritos que, habiendo sido rechazados por las editoriales a las que fueron presentados, nunca llegaron a publicarse o para pararse a pensar sobre algunas ideas que el autor deja flotando para que la recojamos los lectores y nos recreemos en ellas, como por ejemplo, “el simple hecho de que existan millones de libros es la prueba innegable de que ninguno contiene la verdad”.

El andamiaje novelesco es muy sutil, apenas existe en el jorobado narrador, un solitario oficinista como el personaje de Melville que hace veinticinco años escribió un libro y es incapaz de continuar con otro, razón que le lleva a preguntarse si esto le pasa a otros escritores. Y ya. El resto es más un ensayo que una novela; un trabajo de profunda documentación y análisis. En el caso de Vila-Matas esto da cierta envidia, porque da la sensación de que todos estos casos, las ochenta y seis notas al pie, están en su memoria y solo tiene que ir sacándolas, pues tras una se le ocurre otra, en un texto fluido y sencillo de leer. Como señala Ricardo Senabre en El Cultural, “Bartleby y Compañía es un texto impregnado de literatura y dirigido a lectores impenitentes, capaces de sentir la fruición de la literatura; de una literatura sin fronteras, concebida como un inmenso campo de goce, exento de maleza académica y recorrido por un adicto apasionado, libre y desinhibido”.

Os recomiendo esta propuesta de Vila-Matas alejada de los convencionalismos de la literatura actual. Un texto cargado de sentido sobre el sinsentido de un escritor que no escribe. Un libro sencillo y recomendable para aquellos que nos gusta tanto la literatura como los libros y que disfrutamos descubriendo detalles de la vida y obra de nuestros autores favoritos. Si algo se le puede criticar al libro es el sesgo en la selección de los autores (hombres blancos), pero Woolf, desde su habitación propia, echaría una mano a Vila-Matas para quitarle todas las culpas que este sesgo puedan conllevar.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

2 comentarios sobre “Reseña de Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas

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  1. Estupenda reseña. Soy seguidora de Vila-Matas. Suele ser garantía de una lectura inteligente. A diferencia de lo que se expone en el libro, opino que el síndrome de Bartleby escasea en nuestros tiempos, tan dados a escribir (y, lo que es peor, publicar) compulsivamente. La pléyade de libros malos que se publican a menudo impiden a los lectores conocer la buena literatura, pues muchos se centran en el último premio o en libro del famoso de turno que de pronto se cree Dostoievski.
    Enhorabuena de nuevo por tu reseña. Seguiré leyendo por aquí.

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