Reseña de Drácula de Bram Stoker

La novela de terror por antonomasia, un ejercicio de imaginación y documentación combinado con una pluma excepcional

La obra comienza con Jonathan Harker, un joven abogado inglés de Londres comprometido con Mina Murray, en la ciudad de Bistritz y debe viajar a través del desfiladero del Borgo hasta el remoto castillo del conde Drácula, en los Montes Cárpatos de Transilvania, una de las regiones más lejanas de la Hungría de esa época, para cerrar unas ventas con él. Convirtiéndose durante un breve período de tiempo en huésped del conde, el joven inglés va descubriendo que la personalidad de Drácula es, cuanto menos, extraña: no se refleja en los espejos, no come nunca en su presencia y hace vida nocturna. Poco a poco va descubriendo que es un ser despreciable, ruin y despiadado que acabará convirtiéndole en un rehén en el propio castillo. En el mismo también viven tres jóvenes y bellas vampiresas que una noche seducen a Jonathan y están a punto de chuparle la sangre, cosa que evita la interrupción del conde. Para evitarlo, Drácula les entrega un niño que ha secuestrado para que se beban su sangre. La madre del bebé no tarda en llegar al castillo para reclamarlo, pero el conde ordena a los lobos que la devoren. Teniendo al joven Jonathan Harker prisionero en su castillo, el Conde decide viajar a Londres y en este momento, con Drácula en Londres la novela se despliega en personajes y situaciones. Esta parte está muy bien contada y la aparición de Van Helsing dota a la novela de un ritmo y una intriga que te mantendrá pegado a las páginas hasta el desenlace.

La historia es archiconocida por todos, ha tenido grandes adaptaciones y decepcionantes fracasos. También se han desvirtuado los personajes entre tanto manoseo y quizás por eso es interesante leerla para saber de dónde nace toda esta cultura vampiresca (aunque Stoker se basó en otras fuentes y no es el creador del mito). Otra razón para leer la novela original es tener la oportunidad de disfrutar de Stoker. En él descansan algunas virtudes interesantes. Por una parte, una gran capacidad descriptiva, con un fuerte contenido visual (apoyado en la ingente cantidad de imágenes que disponemos en la actualidad, entre las que para mí han destacado las aportaciones de Entrevista con el vampiro o las interpretaciones de Christopher Lee o Gary Oldman), pero aun así el autor derrocha maestría, por ejemplo,  “anoche era un hombre franco, de aspecto alegre, con un rostro joven y fuerte, lleno de energía, y cabellos de color castaño oscuro. Hoy es un viejo demacrado y reservado cuyos cabellos blancos están en consonancia con los ardientes ojos hundidos y las líneas grabadas por la pena en su rostro”. Por otra parte, entre los recursos del autor también destacan la teatralidad de las escenas, puro vodevil, por ejemplo, “pero casi se sentó sobre su propio sombrero de seda” o las alusiones a obras de Shakespeare, especialmente de Macbeth que el propio Stoker reconocía que le intrigaba más que ninguna otra. La ambientación de la época es perfectamente reconocible e incluso Stoker introduce algunos elementos que ahora nos parecen flojos o circunstanciales pero que en el siglo XIX fueron fundamentales, como el hecho de que Drácula entre en el zoo de Londres. El zoo de Londres en el siglo XIX era visto como un símbolo del poder del Imperio y de esta forma Drácula demuestra su poder en uno de los puntos de encuentro habituales de las clases altas, algo que en los lectores de la época tuvo que tener connotaciones mucho más insidiosas que las que hoy en día le atribuimos.

Sobre los personajes, Van Helsing es quizás el personaje más potente de toda la novela, tras el Conde Drácula. Stoker lo caracteriza como “un hombre aparentemente arbitrario, pero eso es porque sabe de lo que habla mejor que nadie. Es filósofo y metafísico, y uno de los científicos más avanzados de su tiempo; y posee, creo yo, una mente completamente abierta. Además, tiene nervios de acero, un temperamento frío como un témpano [otra referencia a Shakespeare, en este caso en Otelo], una resolución indomable, un dominio de sí mismo y una tolerancia que más que virtudes parecen bendiciones, y el más amable y sincero corazón que jamás haya latido”. Pero también están muy bien trazados Mina o Lucy y, en la primera parte de la novela, Jonathan Harker.

La traducción de Óscar Yáñez es un auténtico lujo. A través de las notas al pie va destacando los aspectos más importantes de la obra y acompaña la lectura con un certero y minucioso análisis comentado tanto de la trama como del estilo de Stoker. Por ejemplo, en el momento en el que el narrador se combina con los diarios epistolares de los personajes (p. 391), Yáñez señala que se trata de un “alarde del auténtico modernismo de Stoker (…) dinamita por completo las estructuras narrativas clásicas, alternando diferentes tipos de medios y lenguajes, rompiendo la cronología, prescidiendo absolutamente de un narrador omnisciente que revele la auténtica naturaleza de los hechos e incluso introduciendo un inusitado juego metalingüístico”.

Pero si la traducción es un lujo, no lo es menos la edición. La editorial Valdemar ha sido reconocida entre los lectores por esta obra. La edición, además de la novela, incorpora otros aspectos que permiten al lector ubicarse en el tiempo y el espacio. La cronología del autor, el capítulo inicial eliminado por Stoker (El invitado de Drácula) o el final alternativo, así como una entrevista con el propio autor, o la bibliografía utilizada por Stoker para documentarse antes de escribir la novela, son algunos de los recursos adicionales que trae la edición de Valdemar y que dotan a la novela de una profundidad que quizás por si sola no tendría.

Como señala Yáñez en el Apéndice IV, “a pesar de que en las últimas décadas Drácula ha inspirado una inabarcable cantidad de estudios y ensayos que han diseccionado la novela desde todos los puntos de vista posibles, filtrándola a través de tamices tan variados como el psicoanálisis freudiano, el feminismo radical, el homoerotismo romántico o el materialismo histórico marxista, lo cierto es que en el momento de su publicación no pasó de ser considerada como, en el mejor de los casos, una excelente novela de terror y misterio de acentuada moralidad; en el peor, como el esfuerzo torpe y sensacionalista de un autor de mal gusto”. Pero lo cierto es que ningún otro libro desde el Frankestein de Mary Shelley se asemeja un originalidad o terror. El tiempo ha ido colocando a Drácula en el olimpo de los libros y tras dos siglos, como buen vampiro, le brindó la inmortalidad de la que carecen la mayoría de sus coetáneos o de su género. Leamos Drácula y dejémonos llevar por sus terroríficos encantos al lado oscuro.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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