Reseña de La frontera salvaje de Washington Irving

Un libro que diluye fronteras y propone una comunidad ambiental

 

La naturaleza hay que vivirla, pero empiezo a pensar que también se puede leer. En este blog ya hemos hablado de otros libros como Walden, Invierno o Un año en los bosques, todos ellos de Errata Naturae, una editorial que ha apostado por estos textos con alto contenido biográfico, de cuaderno de campo, de aventuras y que esconden un profundo amor por la naturaleza y una filosofía de vida basada en el respeto, la convivencia y la cooperación con el medio ambiente. Hoy os traigo La frontera salvaje de Washington Irving que, a poco viajado que estés por España, te sonará por haber escrito unos textos maravillosos sobre La Alhambra después de haberse hospedado en ella.

En La frontera salvaje Irving se traslada a un entorno quizás igualmente placentero pero muy diferente: los territorios de los indios pawnis (pawnees en inglés) en Estados Unidos, en un momento en el que nadie lo había hecho antes. Los territorios de los pawnis se corresponderían en la actualidad con una zona entre Oklahoma, Nebraska y Kansas (en el centro de Estados Unidos), en el libro viene un link a un mapa, pero al meterlo en el buscador no funciona… Sea como fuere, Irving relata la expedición de rangers a la que se incorporó, y, aunque el propio Irving resta importancia al relato, “no es más que una simple narración de los sucesos del día a día, los mismos que le ocurren a todo el que viaja por las salvajes praderas. No tengo ninguna hazaña que describir, ni ningún accidente por agua o por tierra que narrar”, la verdad es que es un canto de amor y respeto por la naturaleza. No todo fue bonito y bucólico, hubo momentos de tensión y dureza, “la escasez en el campamento rayaba con la hambruna. Dichoso era quien disponía de un tasajo de carne ahumada o de las sobras de una comida anterior. Nuestro grupo había sido más afortunado porque uno de nuestros hombres había cazado un pavo. No teníamos ni pan para acompañarlo ni sal para sazonarlo. Lo cocieron simplemente en agua, que fue servida como sopa, y nos afanamos en frotar cada pedazo de pavo en la vacía bolsa de la sal con la esperanza de que algunos residuos salobres se les pegaran y aliviaran su insipidez”.

Es interesante el modo de vida de un explorador, alguien que viaja con lo imprescindible, “llevaba todo lo que le hacía falta encima y, libre de necesidades artificiales, poseía el gran secreto de la libertad. Nosotros miembros de una sociedad civilizada, somos esclavos no tanto unos de otros como de nosotros mismos. Nuestras trivialidades son las cadenas que nos atan, obstaculizan cada movimiento de nuestro cuerpo y frustran cada impulso de nuestra alma” y que come y bebe lo que encuentra (o caza). Las descripciones de las rutinas de los campamentos itinerantes no tienen desperdicio y sus reflexiones sobre el lujo del aire puro y de pasar las noches a la intemperie dan cierta envidia. También son reseñables las narraciones de las noches alrededor del fuego de campamento escuchando historias de otros rangers sobre indios (pawnis, delaware, osage) y osos Grizzlies. Paréntesis, los que sigáis este blog, hace poco reseñé un libro sobre los osage que no puedo dejar pasar la oportunidad de volver a recomendaros: Los asesinos de la luna de David Grann.

A lo largo del diario de viaje, Irving incorpora algunas reflexiones sobre el valor de la naturaleza salvaje (me gustó especialmente el pasaje con los “árboles panales”); se detiene en las sensaciones que le va dejando lo que va descubriendo, “si uno no está acostumbrado, se siente inexplicablemente solo en la inmensidad de las praderas (…) en la pradera uno está rodeado por un paisaje inabarcable sin señal de actividad humana alguna”, o las que le produce un acontecimiento tan natural como salvaje, “no hay nada más triste y melancólico a medianoche que un lobo aullando en la pradera”.

No todo en el libro es descriptivo, también hay compromiso social. Irving denuncia la actitud injusta, despótica y prepotente de los suyos, los recién llegados, y defiende el modelo de “vida salvaje” de los nativos, en perfecta armonía con una naturaleza igualmente indómita y en clara oposición al empuje imperialista que llegaba del gobierno. Igualmente, el viaje se convierte para el escritor en una progresiva toma de conciencia del modo en que los hombres devastan a su paso la naturaleza. Leer a Irving en 1835 defender a los indios tuvo que ser chocante para la población urbana americana, pero ciertamente es un discurso necesario: “los indios que yo he tenido ocasión de observar en la vida real son bastante diferentes de los que escriben los poetas (…) Es verdad que son reservados cuando están en compañía de blancos, de cuya buena voluntad desconfían y cuyo lenguaje no entienden, pero el hombre blanco se muestra también retraído si se encuentra en circunstancias similares. No obstante, cuando los indios están en su salsa, no pueden ser más lenguaraces. (…) Son observadores curiosos que lo anotan todo sin decir palabra pero con mirada escrutadora y ojo atento (…) reservan todos sus comentarios para cuando están solos. Entonces despliegan toda su alegre panoplia de crítica, sátira, mimetismo y burla descarada”.

Hacia el final del libro reflexiona sobre la sensación a la vuelta de una temporada al aire libre y no puedo por menos que rescatarla porque es compartida, “aunque pasamos la noche cómodamente alojados, como me había acostumbrado a dormir al aire libre, tener que estar encerrado en una alcoba me resultó hasta cierto punto molesto. La atmósfera me parecía pesada y carente de frescura, y cuando me desperté de madrugada y miré a mi alrededor en la oscuridad de la noche, añoré la gloriosa compañía de las estrellas”. Tal cual. Cuando vuelves de unos días al aire libre, de campamento, de ruta, lo que sea… la sensación es justamente esa. Así es fácil comprender a los animales cuando los encierran o a los amantes de la naturaleza cuando llevan mucho tiempo entre edificios y calles asfaltadas.

En definitiva, un libro que se convierte en un grito por la convivencia respetuosa entre los humanos y entre los seres vivos. Una oportunidad para acercarnos a una realidad que ya está extinta, pero que marcó el carácter de parte de una nación como Estados Unidos. El libro es ameno, está bien escrito, es sencillo y ágil. Abundan las notas al final del texto que no soporto (lejos quedan las grandes excepciones de Infinite Jest o recientemente de Pale fire) porque me impiden una lectura fluida. Por lo demás, es un buen libro para coger aire y descansar, para leer aire puro y para entretenernos hasta que nos dejen salir de nuevo a la montaña a practicar esa comunidad ambiental que propone esta colección de Libros Salvajes tan recomendable. A la vuelta de verano os enseñaré alguno más. De momento, disfrutad con Irving.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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