Reseña de Los libros y la libertad de Emilio Lledó

Un compendio de textos sobre el amor a los libros y al lenguaje

 

Emilio Lledó es un filósofo español, profesor de universidad y miembro desde 1994 de la Real Academia Española (ocupa el sillón ele minúscula). Sus premios y reconocimientos son numerosísimos y sería absurdo hacerme ahora eco de todos ellos. Tiene mucho escrito sobre filosofía, lenguaje y educación (me queda la gran parte de su obra por leer y comprender). De momento solo he abordado Sobre la educación y este compendio de textos que ahora os presento y lleva por título Los libros y la libertad.

En este libro, Lledó recopila diez textos, la mayoría de ellos publicados con anterioridad, en los que advierte sobre la importancia de la literatura, de las palabras, de la formación o del gusto por la lectura. Algunos otros tienen un enfoque más concreto puesto que se trata de transcripciones de discursos o conferencias como la que impartió cuando Premio María Zambrano de 2008 otorgado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía o el discurso que escribió para la ceremonia de entrega de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo el año que presidió el jurado (2009).

A través de estos textos, Lledó no pierde la oportunidad para dejar claras algunas pocas ideas fundamentales. Destacaré algunas de ellas. En primer lugar, la aportación de los libros a la sociedad de la información: “Podría ocurrir que, instalados en lo que, de forma bastante confusa, se denomina “sociedad de la información”, hubiéramos olvidado que esa información tiene que ver, fundamentalmente, con los contenidos que se transmiten, y que los medios, por muy asombrosos que sean, sirven, casi exclusivamente, como transmisores de lo que decimos, lo que pensamos, lo que queremos. Y ese mundo que las palabras expresan y que se hace presente en los libros forma un dominio único en el que se alienta la memoria, y constituye una infinita constelación de experiencias donde aprendemos a reconocernos, a sentirnos, a entenderos”. En segundo lugar, la importancia de la lectura en la educación: a lo largo de la vida de las personas “el contacto con los libros (…) es una realidad imprescindible e insustituible. Claro que, para ello, se necesita la compañía de un maestro que haga asentir lo que los libros dicen y apreciar, en el sonido de las páginas que pasan, cómo se avientan las semillas, las ideas que encierran. Por eso es tan importante, además de las materias, más o menos oficiales, de los siempre maltrechos planes de estudio, la lectura de obras literarias, que el maestro hace apreciar con su amor a lo que enseña y a los que enseña. El libro aparece así, como un territorio real, como un “país de las maravillas”, que las palabras, el diálogo entre el maestro y los alumnos iluminan”. En tercer lugar, la relevancia de las palabras; Lledó señala que Heidegger había icho que el lenguaje es la “casa del ser” (y yo me lo he apuntado para siempre al lado de la importancia del lenguaje inclusivo), pero también se hace eco de algunas cuestiones que hoy son de rabiosa actualidad, como la disputa por el término “patria”: “Abandonar la patria nos permite descubrir cómo esta palabra depende de quien la administra, o de quien nos impone su idea de ella. Las patrias, las naciones, son términos absolutamente vacíos, o repletos de retumbes estruendosos y atontadores, a los que pretenden dar contenido, muchas veces, quienes nos utilizan y nos engañan, aprovechándose de las ignorancias con que, por el abandono de la escuela, de los institutos y universidades, se nos ha alimentado”. En cuarto lugar, Lledó alerta sobre la equivocada dicotomía entre cultura y televisión, “la supuesta oposición entre televisión y cultura solo puede, fraternalmente, superarse si somos conscientes de que los nuevos medios de comunicación deben colaborar en la transformación del discurso interior de sus espectadores en un discurso crítico, estimulador de la realidad y de la vida. Un discurso que viva reflexivamente en el lenguaje, en la tradición literaria, donde la especie humana ha dejado, como memoria, un bloque inagotable de experiencias y una lección continua para seguir viviendo para seguir viendo el mundo, siempre posible y siempre renovado por la compañía infinita del lenguaje. Tal vez, lo que de verdad se ve son las palabras”. Por último, el autor reconoce que el estado sublimado de las palabras se encuentra en la poesía, “el lenguaje poético es, tal vez, la suprema expresión de ese mundo interior donde se caldea lo que sentimos ante el mundo y los hombres, y desde el que se levantan palabras que no señalan, no indican directamente las cosas, sino la niebla o la luz, la esperanza, el desencanto, o el entusiasmo de nuestro corazón. Un lenguaje singular, un lenguaje privado que, por la comunidad de las palabras, por el común cauce materno en el que hemos nacido, adquiere una paradójica forma de universidad”.

Tras todas estas reflexiones, a lo largo de los textos se percibe un profundo amor a los libros, a través de citas como, por ejemplo, “los libros envejecen a nuestro lado, amarillean con el tiempo, como decía el poeta, y llevan, muchos de ellos, las marcas de nuestras lecturas, las notas de las reflexiones que despertaron, las pruebas de nuestro amor”, o también, “los libros son principio de un inagotable diálogo, y que están sometidos a la capacidad, libertad e inteligencia de cada lector (…) En las páginas de los libros alienta la posibilidad de enriquecer el diálogo interior que los seres humanos llevan consigo mismos”. Y es que para Lledó entre el lector y el libro se establece un “vínculo de amistad inalterable” que debemos cultivar. Con Lledó nos damos cuenta de la importancia del libro escrito, porque el libro tiene una característica que lo hace especial: “la posibilidad de permanecer. En el silencio de las bibliotecas, donde presentimos las voces que nuestros ojos pueden oír cada vez que el tiempo de cada ser se asocia con el tiempo apresado en la memoria de esas páginas, sentimos la presencia de una historia que sobrepasa los latidos de cada historia personal. Este es uno de los hechos fundamentales de la cultura”. Según Lledó, “la escritura posada y materializada en las páginas de los libros es, pues, el tesoro más importante de la historia humana. Porque esa presencia real, sostenida en la viva materialidad de ese sustento del lenguaje, permite cuajar y agarrar los latidos de cada existencia y condensarlos en el firme curso de una sorprendente duración”.

En definitiva, Lledó nos invita a reflexionar sobre la importancia del lenguaje, de la literatura, de la cultura, o de la educación, sin perder de vista las palabras y los libros. Los compendios de textos a veces son repetitivos en ideas o recursos. Aun así, Lledó siempre es una garantía. Seguiré aprendiendo con sus libros y procuraré hacerle caso. Porque Lledó cuando escribe imparte doctrina. Una doctrina que todos deberíamos asumir como propia para mantenernos despiertos y con cierta ansia de conocimiento.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

Un comentario sobre “Reseña de Los libros y la libertad de Emilio Lledó

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  1. Estupenda reseña, gracias. De veras. Me haré con el libro a la mayor brevedad posible (tiene un pinta estupenda) Lograste, con pinceladas bien seleccionadas, una visión panóptica de su contenido y del estilo con que se expresa el premiado filósofo. Sin libros no hay capacidad de juicio y sin capacidad de juicio no hay libertad. Leer es encontrar, en aquello que sintamos próximo a nosotros, o que podemos acercar a nosotros, encontrar, decía, elementos que podamos usar para sopesar y reflexionar, para dirimir y elucidar, para juzgar y saber, para ejemplificar y deducir, para emocionarnos y sentir, y que nos llena de la convicción cierta de ser una naturaleza única, libre de tiranías, libre de servidumbres, nunca lacaya, gozosa de la soledad. Cito:”El acto de leer es profundamente solitario. Separa al lector del resto de la habitación. Sella la totalidad de su conciencia detrás de los inmóviles labios. Los libros amados son la sociedad necesaria y suficiente de los solitarios. Estos cierran la presencia de intrusos. En resumen, en el acto de la lectura hay una furiosa intimidad que clama silencio.” G.Steiner.
    Atesorar sentimientos e ideas singulares y no gregarios en medio del silencio es leer. Leer es una ceremonia privada en pos del “lleno de alma” y la claridad. La Era Libresca (que está en trances de desaparecer) es una lingua franca contradictoria de las superficies sonoras constantes, de la estridencia de decibelios y movimientos. Un pez se mueve en el lago del pensamiento. Un pececillo fosforece. Y el mundo se calma, el mundo en calma se goza. Y la noche se hace lágrima, y delicia, y noticia el pensamiento y altura la emoción. Permíteme, después de este lirismo algo vaporoso y vago, una cita fuera de serie, una cita de patente del cardenal Besarión. En carta del 31 de mayo de 1468 al dux Cristóforo Moro, con las que el cardenal acompañaba el legado de su importante biblioteca -cuatrocientos ochenta y dos volúmenes griegos y doscientos sesenta y cuatro latinos-a la ciudad de Venecia, literalmente escribía:
    “Los libros contienen las palabras de los sabios, los ejemplos de los antiguos, las costumbres, las leyes y la religión. Viven, discurren, hablan con nosotros, nos enseñan, aleccionan y consuelan, hacen que nos sean presentes, poniéndonoslas ante los ojos, cosas remotísimas de nuestra memoria. Tan grande es su dignidad, su majestad, y en definitiva su santidad, que si no existieran los libros, seríamos todos rudos e ignorantes, sin ningún recuerdo del pasado, sin ningún ejemplo. No tendríamos ningún conocimiento de las cosas humanas y divinas; la misma urna que acoge los cuerpos, cancelería también la memoria de los hombres”
    No seamos rudos e ignorantes. Despreciemos las normas y convenciones que se engendran en el vientre de alquiler de la desmemoria, de la charlatanería y la banalidad analfabeta. Leer es vivir más y mejor.
    Discúlpame (y cometo la descortesía de tutearte, perdóname) si me extendí demasiado. “Nada en exceso” aconsejaban los griegos. Te leo y aprovecho la ocasión para enviarte un saludo muy afectuoso.

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