Reseña de Kanada de Juan Gómez Bárcena

Una historia sobrecogedora, una experiencia lectora inolvidable

 

Tengo este libro en la estantería de pendientes desde hace más de un año. Lo pillé en Tipos Infames y nunca me había dado por leerlo. Y, mirad cómo son las casualidades, ahora sí me apeteció y resulta que es el tercer libro consecutivo de temática similar. Si Limónov ha tratado los últimos 50 años de la historia de Rusia y Memorias de un antihéroe se centró en la supervivencia de un polaco desde la invasión nazi hasta el yugo soviético, Kanada será un viaje oscuro y magnético a través de la mente de un superviviente del Holocausto. Juan Gómez Bárcena ha escrito una novela potente y llena de sensibilidad.

El protagonista de Kanada es un profesor húngaro de Astrofísica de la Universidad Pázmány Péter que ha sobrevivido al Holocausto y vuelve a su casa tras la liberación del campo de concentración. Pero nada de esto lo sabes cuando empieza la novela. El inicio es impactante: un hombre callado y pasivo vuelve a su casa tras la guerra. Nada le resulta propio, pero decide no salir de allí: “saldrás a la calle cuando todo esté en orden. Eso te dices. Y sin embargo es tan difícil dar con ese orden, encontrar un sentido allá donde sólo hay caos”, “aunque por otro lado salir para qué. En qué lugar te espera algo que no conozcas o quieras conocer. Aquí dentro todo es mucho más sencillo (…) El pulso se te acelera solo de imaginar que existan tantas posibilidades; que baste con abrir la puerta para dejarlas entrar en tu casa”. El análisis de la casa, silencioso pero atento, contrasta con los nervios del Vecino panadero que se la enseña. El contrapunto entre los dos personajes está muy bien resuelto y sitúa perfectamente al lector en lo que le viene encima.

La contención con la que está narrada la historia, la angustia que genera el protagonista por el bloqueo vital que padece es sobrecogedora, “si todo el mundo se mueve para viajar basta con quedarse quieto, con no moverse en absoluto, y tú quieres estar ahí cuando eso suceda: cuando el mundo acabe de pasar”. Ese bloqueo es un grito silencioso de pánico. Porque lo que el protagonista ha vivido es aterrador y su mente se convierte en un arma de doble filo: un refugio del que no quiere salir y un martirio del que no se puede librar. Hay un pasaje realmente estremecedor en el que pilla a la mujer del vecino en su cuarto de baño dándose un baño desnuda y su mente le transporta a uno de los momentos más dolorosos de su pasado: [es un poco largo, pero merece la pena]: “Desaparece. Y sin embargo aun está frente a ti, todavía de pie y todavía desnuda en el baño vacío. (…) Sigue desnuda, pero ya no está parada en la puerta del aseo. Ni siquiera está ya la puerta. (…) Está desnuda y está también, seguramente, muerta. La imaginas así, eternizada en el gesto de abrir la boca, fosilizada por el frío. No está sola. Por todas partes hay otros cuerpos, mujeres desnudas y muertas como ella, apiladas sobre la nieve. De pronto, un ruido. Se acerca un carro, bamboleándose: dos hombres con ropa de presidiario lo empujan con esfuerzo (…). Luego se inclinan y comienzan a cargar los cadáveres. Solo que no son cadáveres: eso se lo han enseñado. Hay que llamarlos mierda, muñecos, basura, espantapájaros. Cuando alguien se equivoca y pronuncia la palabra “muerto”, la palabra “víctima”, los soldados lo azotan con sus fustas (…). Porque han aprendido que sobrevivir significa sobre todo conocer el nombre apropiado de las cosas (…). Lo que está haciendo ahora también tiene un nombre. Se llama limpiar el campo, y hay que hacerlo rápido, antes de que el kapo se acerque (…) Esta podría ser la primera vez que toca a una mujer desnuda. A lo mejor siente asco o a lo mejor se excita: quién puede saberlo. Porque es la primera vez que toca a una mujer desnuda y quizá también la primera vez que toca a un muerto. O tal vez no piense, no sienta nada. Un momento de duda y luego una decisión súbita: han de caber en la misma carreta, las veintitrés. Apretémoslas tanto como sea necesario o si no el kapo nos castigará por la demora”. Qué conexión más perversa. Qué dolor más insoportable. Qué putada haber vivido eso y que imágenes agradables (un cuerpo desnudo) te transporten a esas atrocidades. La misma mente que ahora lo asedia, antes le liberaba, le evadía para sobrevivir, “los kapos corren de un lado para otro con sus libretas (…) Uno de ellos recorre la primera fila a la carrera, azotando rabiosamente a los presos con su fusta. Tú te esfuerzas en contar los golpes, como si así ayudaras a acelerar el recuento. Luego cuentas los satélites de Júpiter. Los días que componen una década. Las décadas que tarda la luz en recorrer la galaxia”.

En ningún momento del libro se explica qué es realmente Kanada, ni dónde está, ni si existe más allá de la mente de nuestro protagonista, “Piensas (…) en el recuento de reclusos de una penitenciaría. Y entonces, de pronto, te descubres regresando a Kanada. No recuerdas, no piensas nada. Simplemente regresas, pisas otra vez su nieve, sus avenidas de tierra, porque Kanada no tolera el pasado; es un lugar en el que se está o en el que no se está, pero que de ninguna manera puede recordarse. Hacerlo es cruzar otra vez su puerta de hierro, del mismo modo que solo una herida puede recobrar el dolor de otra herida. Así que regresas a Kanada, vacío de palabras, de pensamientos: desembarcas en la estación del campo y ocupas tu lugar en la cuarta fila, como si nunca te hubieras marchado. Tal vez no te marchaste”.

Rectifico, Gómez Bárcena sí lo explica, pero a su manera, como se explican las cosas en este libro, de manera indirecta y fragmentada, en realidad es la forma en la que funcionan los recuerdos. Es tarea del lector reconstruir qué es Kanada, y resulta que Kanada termina siendo una zona del campo Auschwitz – Birkenau en la que se clasificaban las pertenencias de todos los prisioneros, “más tarde verás su cosecha, las pirámides”, “a medida que los trenes llegan y salen, los montones van creciendo desmesuradamente, se enseñorean cada vez de más espacio, hasta que una montaña acaba invadiendo la ladera de otra (…) lencería (…) zapatos (…) gafas (…) álbumes de fotografías (…) Cada barraca semejante a un desierto erizado de pirámides y vosotros el pueblo esclavo que trabaja entre ellas, entre esos monumentos levantados en el curso de un solo día que a su modo son también tumbas (…) porque los muertos también levantan pirámides”.  Si habéis estado en Auschwitz sabéis a qué se refiere y el recuerdo es demoledor (sin siquiera haberlo vivido).

La novela está contada desde el regreso del superviviente a su antigua casa y esta parte de la historia también es sumamente interesante. Gómez Bárcena mantiene su estilo narrativo de ir despejando incógnitas. A medida que avanza la historia irás conociendo al Vecino y sus más que dudosos métodos y poco a poco entenderás que el protagonista intenta sobrevivir a un entorno beligerante del que no puede escapar, pero tampoco tiene por qué enfrentar. En este sentido, el personaje me recuerda al protagonista de Memorias de un antihéroe, aquel ser capaz de mantenerse inhumanamente impasible ante los acontecimientos.

La habilidad de la novela creo que reside en dos puntos. Por un lado, el aprendizaje por descubrimiento al que Gómez Bárcena somete al lector te mantiene pegado a la novela. Por otro lado, el autor realiza un análisis brutal de la mente humana ante situaciones de shock emocional. El bloqueo, el silencio, el dolor, la zozobra, el desconsuelo, la ansiedad, la desazón, la asfixia, el sofoco, la inquietud, son sensaciones que soporta el protagonista y que se transmiten al lector con una facilidad asombrosa. Gómez Bárcena hace gala de una portentosa escritura y nos deja un libro duro de sostener en la mente, pero enriquecedor como experiencia lectora. Eso sí, no puedo con otro libro de este tipo. Necesito nuevos aires. Prometo que el próximo libro cambia de tercio. Estad atentos y…

¡Nos vemos en la próxima reseña!

4 comentarios sobre “Reseña de Kanada de Juan Gómez Bárcena

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