Reseña de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad

Una viaje a lo más profundo del alma humana

El corazón de las tinieblas, publicado por primera vez en 1899, es la obra más famosa de Joseph Conrad. Incluida como una de las novelas más importantes de la literatura universal, el libro sufrió un renovado impulso en 1979, cuando Francis Ford Coppola lo adaptó para el guion de su gran Apocalypse Now.

La novela aborda temas como el colonialismo, el choque de culturas, el racismo y la violencia humana. Conrad se inspiró en su viaje al Congo, colonizado y devastado por el rey Leopoldo II de Bélgica. La historia es narrada por el protagonista, Charlie Marlow, quien nos cuenta la travesía que realizó remontando un río tropical para localizar a un tal Kurtz, un escurridizo y legendario explorador que, según sus superiores, parece haberse atrincherado en lo más profundo de la selva. Pronto el viaje se convierte en una travesía con múltiples problemas, en los que el misterio y la degradación crece conforme la leyenda del Señor Kurtz se agranda y toma forma.

La obra es una de las mejores críticas al colonialismo europeo en África, así como un verdadero descenso a lo más profundo del alma humana y a aceptar que nadie sale indemne de esos encuentros con el mal, “las aguas se abrían delante de nosotros y se cerraban por detrás, como si la selva hubiera lentamente bajado a las aguas para cortarnos el camino de regreso. Penetrábamos más y más en el corazón de las tinieblas“. Una mirada hacia el salvajismo ancestral en el que parece caer el hombre al alejarse de las reglas y el orden de la civilización cuando esta no es más que un punto lejano en el horizonte. Ese es el mensaje de Conrad: nuestra tremenda fragilidad moral, “los cambios suceden en el interior“. Las referencias al racismo y la supremacía étnica son constantes, “eso era lo peor, ¿saben ustedes? La sospecha de que no eran inhumanos (…) lo que emocionaba a uno era la idea de nuestro remoto parentesco con este tumulto salvaje y apasionado“, en concreto cuando describe al fogonero del barco, “era un espécimen mejorado; sabía encender una caldera vertical. Allí estaba, debajo de mí, y les juro que mirarlo resultaba tan edificante como ver a un perro en calzones y sombrero de plumas caminando con las patas traseras. Unos pocos meses de entrenamiento habían bastado para aquel tipo tan estupendo (…) era útil porque había sido instruido“. Además, en la tripulación, hay algunos nativos que han practicado el canibalismo. Son hombres sencillos, elementales, que no se plantean dilemas morales. Sin embargo, sobrellevan las penalidades con más dignidad y entereza que los blancos que viajan a bordo, aficionados a disparar contra la selva con cualquier pretexto y a quejarse de las moscas, el calor y la escasez de provisiones. Marlow admite que los contrastes culturales rebasan sus posibilidades de comprensión: “La esencia de este mundo yacía bastante por debajo de su superficie, más allá de mi alcance, y más allá de mi poder de intromisión”.

Aparte de los personajes, definidos en torno a vicios y virtudes (la inocencia,  la honestidad, la ambición, la locura, etc.), destaca el papel del paisaje y la ambientación, que cobran fuerza hasta convertirse en un actor más por sí mismo, marcando, además, el desarrollo estructural de los sucesos que ocurren en la trama: conforme Marlow y los suyos se adentran en la selva, el barniz de la civilización va desapareciendo, hasta materializarse situaciones que harán a Marlow replantarse buena parte de su vida (“su alma había enloquecido. Y yo debía -por mis propios pecados, supongo- pasar la prueba de mirar dentro de ella también“) mientras crece su deseo por resolver el enigma que rodea la magnética e incomprensible figura de Kurtz, “la turbia corriente fluía veloz desde el corazón de las tinieblas, llevándonos hacia el mar a una velocidad que doblaba la que habíamos conseguido en el trayecto río arriba. Y la vida de Kurtz también corría veloz, fluyendo, fluyendo desde su corazón hacia el mar del tiempo inexorable“.

Tal vez para comprender el fondo último de El corazón de las tinieblas, es necesario tener la intuición de un poeta. En 1926, T. S. Elliot escribió el poema The Hollow Men (Los hombres huecos), que Marlon Brando leería en una escena memorable de Apocalypse Now. Escribe Elliot: “Somos los hombres huecos… / […] los que han cruzado con ojos ardientes al otro Reino de la Muerte, / nos recuerdan –si es que nos recuerdan- / no como almas extraviadas y violentas / sino como los hombres huecos”.  El poema finaliza con dos versos desoladores: “Y así acaba el mundo. / No con un estallido, sino con un sollozo”. Dos versos son suficientes para sentir la respiración de un texto saturado de pesimismo antropológico. Conrad anticipó el desengaño que prosperó en la sociedad europea después de las dos guerras mundiales, particularmente cuando las sombras escuálidas de Auschwitz y la carne quemada de Hiroshima vaciaron al ser humano de esperanzas y creencias. Estamos en el siglo XXI y el mundo no ha acabado, pero se escucha su sollozo. El progreso, lejos de impulsar un avance moral, nos ha convertido en hombres huecos que no se cansan de maltratar a la Naturaleza. Quizás el horror no es el grito que surge de lo más profundo de la selva, sino del corazón de la civilización.

Todo lo que hay alrededor de esta novela es oro. No dejen de leer a Conrad, no dejen de analizar y repensar El corazón de las tinieblas y no dejen de ver Apocalypse Now ni el documental Heart of Darkness rodado por Eleanor, la esposa de Coppola.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

3 comentarios sobre “Reseña de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad

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