Reseña de A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales

Ahora que está tan lejos el olvido, conviene leer a Chaves Nogales

Ahora que el pasado está tan presente. Ahora que Unamuno resucita en las pantallas de los cines. Ahora que los bandos se vuelven a marcar más de la cuenta. Ahora que la política es un guante de boxeo y no una pipa de la paz. Ahora que los militantes son hooligans y la sociedad se polariza. Ahora hay que leer A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales. Dice Pérez – Reverte que este es un libro fundamental para conocer España y a los españoles. Chaves Nogales, como señala él mismo en el Prólogo, era percibido por los sociólogos como un “pequeño burgués liberal”. Un alma libre y responsable. Le tacharon de equidistante en sus columnas y publicaciones, pero siempre fue fiel a la República, y ser fiel a alguien implica decirle que se ha equivocado cuando lo haga, “Hombro con hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz”.

A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España es una obra fundamental para que el lector salga de su trinchera ideológica y alcance una visión más completa de la sinrazón de la Guerra Civil. Está compuesta por nueve relatos redactados entre 1936 y 1937, y cada uno de ellos se centra en un episodio de este periodo tan trágico de nuestra historia, “cada uno de los episodios ha sido extraído fielmente de un hecho verídico; cada uno de los héroes tiene una existencia real y una personalidad auténtica”. Cada relato es una obra maestra del periodismo. La lucidez y la virtud para narrar acontecimientos estando dentro de ellos, sin la perspectiva que da el tiempo, me parece asombrosa.

En el relato de la defensa de Madrid, de cuyos ciudadanos y ciudadanas dirá que “todo ese dolor y esta incomodidad y la espantosa carnicería de las explosiones, y aun la certeza de que cada vez será mayor el estrago y más horrible el sufrimiento, no han conseguido abatir el ánimo y la jovial resignación de la gran ciudad más insensata y heroica del mundo: Madrid”. Chaves Nogales tiene una mirada diferente, encuentra los sinsentidos, los desatinos, los dislates, de una guerra y unos hombres y mujeres lanzados a ella sin posibilidad de elegir. Personas que no estaban preparadas para combatir, eran ciudadanos normales, humildes, con otras preocupaciones, que ahora tenían que hacer frente a una guerra. Los madrileños defendían la ciudad de los aviones fascistas como miserablemente podían, “sin vacilar se echaba el arma a la cara y fusilaba a la noche”.  El miedo generado por el enemigo, el desconocimiento, la falta de normas, favorecían el fanatismo: “El general Mola había dicho por radio que sobre Madrid avanzaban cuatro columnas de fuerzas nacionalistas, pero que además contaban con una “quinta columna” en Madrid mismo contribuiría a la conquista de la capital. (…) Cada vez que a los milicianos se les presentaba un caso de duda (…) el recuerdo de la amenaza de Mola fallaba en su daño y “por si era de la quinta columna” se votaba invariablemente por la prisión o el fusilamiento. Ha sido la frase más cara que se ha dicho en España”. El relato del Consejo Obrero es brutal en este sentido, un testimonio alucinante sobre la justicia que impartían los milicianos, “¿Tenían derecho a condenarle quienes en nombre del proletariado hacían la revolución y administraban la justicia revolucionaria? Todos, en el fondo de su conciencia, sabían que no. Le condenaron, sin embargo. ¿Por qué? Por lo mismo que condenaban antes la burguesía: por miedo. Miedo a la libertad. El miedo odioso del sectario al hombre libre e independiente”.

Me encantó un pasaje de otro de los relatos donde a Pedro, uno de los milicianos, le toca turno de noche y se lamentaba de que “de la guerra y de la revolución lo peor es el sueño que se tiene siempre”, y cuando le pillan los fascistas en una huida y lo asesinan, Nogales detiene el tiempo para regalarnos este parrafito, “Pedro, mientras se desangraba, se iba quedando plácidamente dormido. Se acomodó en la yerba fresca y mullida. En la guerra y la revolución era difícil dormir. ¡Pero qué a gusto se dormía al final!”.

Hay tres relatos que me han cautivado sobre los demás. El primero es La Columna de Hierro. En él, Chaves Nogales, narra las atrocidades que una banda de fanáticos expulsados del Ejército Republicano por sus barbaridades, sus faltas de decoro y su alcoholismo, dicen “ayudar a la República” robando en las casas de los burgueses de los pueblos del interior levantino, “Los pueblos castigados soportaban difícilmente aquellas expediciones de los desertores del frente, y, celosos de su lealtad al régimen republicano, reclamaban del gobierno que impidiese aquel azote. Pero el gobierno poco auxilio podía prestarles. Todas las fuerzas con que contaba estaban en los frentes, y cuando los hombres de la Columna de Hierro se presentaban en un pueblo, las autoridades locales tenían que pactar suministrándoles cuanto les pedían –armas, dineros, sangre– o luchar contra ellos a la desesperada. A veces los comités locales conseguían imponerse y salvaban al pueblo del despojo. Otras veces sucumbían”. Durísimo sin sentido. A río revuelto ganancia de pescadores, y de exaltados infames. El segundo es El refugio, quizás el relato más duro, con unos padres siendo testigos de cómo sacan a sus hijos muertos del refugio bombardeados por los aviones fascistas, “reanimada por las inyecciones la niña abría los ojos e intentaba sonreír a su padre que le pasaba las manos destrozadas y temblonas por la frente de cera”. El tercero es Hospital de sangre, un hospital gestionado por unas monjitas vascas que recibe heridos de la guerra, en este caso cuatro mineros asturianos expertos en explosivos, gente brava, curtida, difícil. Entre ellos está Juanón que no quería que le curaran monjas, “¡Estas tías puercas! ¡Dios y su madre! ¡Cuándo acabaremos con ellas!”, pero tampoco se fiaba de las enfermeras laicas, “malas sois vosotras las beatas, pero peores son las enfermeras laicas. ¡Esas, todas, todas, son fascistas! ¡Espías fascistas a las que deberíamos ahorcar en racimos! Venimos aquí porque tenemos derecho a que nos curen, y blasfemamos porque nos da la gana”. Un relato bonito, crudamente tierno.

Chaves Nogales es especialmente hábil en dibujar personajes. Hay un pasaje divertidísimo con un señorito fascista madrileño, “Paco Citroen, un señorito madrileño achulapado y gracioso, típico espécimen de la casta que se vanagloriaba de haberse batido como un jabato en la sierra durante los primeros días de la rebelión, y de eso vivía. Era Paco Citroen un curioso producto de Celtiberia, que cifraba todo su orgullo en ser más cerril e incomprensivo de lo que en realidad era. Su gran devoción era el casticismo. Estaba con los fascistas porque eran unos tíos castizos, y su grito de guerra era: “¡Los extranjeros son muy brutos! ¡Viva España!”. Un curioso complejo de inferioridad nacional le hacía reaccionar salvajemente contra todo lo que no fuese típicamente español con una delirante xenofobia que le llevaba cuando estaba un poco borracho a dar gritos incongruentes de: ¡Viva el cocido y muera el Foreign Office! ¡Muera la gimnasia sueca y vivan los toros!,¡Viva el olor a sobaco!”.

Una delicia de libro. Nogales es cruel por ser sincero. Es sensible porque su mirada es certera. Es conmovedor porque desde una época de democracia consolidada, duele ver cómo España se destrozaba ciegamente y a balazos. De Chaves Nogales está todo dicho por gente mucho más reputada que yo (que solo soy un lector más), pero voy a destacar dos aspectos de su estilo. El primero es que creo que es un acierto contar la Historia desde personajes secundarios. Te olvidas de los protagonistas y la trama funciona mucho mejor, porque las contradicciones lucen más con gente corriente y porque la mirada que todos tenemos de la historia es la de los ciudadanos corrientes y molientes. Ya lo hizo Spielberg con Salvar al Soldado Ryan o Christopher Nolan con Dunkerque. No lo hizo Amenábar con Mientras dure la guerra, y por eso la critico; creo que hubiera funcionado mucho mejor la película desde un estudiante de la Universidad de Salamanca, el nieto de Unamuno, incluso siendo Salvador Vila el protagonista y no Don Miguel. El otro aspecto a destacar es el uso de “palabritas” durísimas. Seguro que esto tiene un nombre científico, pero yo no lo conozco. Un ejemplo, “Al sol de la mañana la bomba de aviación que cae es una pompita de jabón que en un instante raya el cielo azul de arriba abajo. Vibra al sentirse herido el gran diapasón del espacio y, luego, si se está cerca, se sufre en las entrañas un tirón de descuaje como si le rebanasen a uno por dentro y le quisieren volcar fuera. El estómago, que sube a la boca, y el tímpano, demasiado sensible para tan gran ruido, son los que más agudamente protestan. Esto es todo. Mientras, el pajarito niquelado que ha puesto en medio del cielo su huevecillo brillante y fugaz como una centella, remonta el vuelo y pronto no es más que un punto perdido en la distancia”. Está describiendo un avión de guerra soltando una bomba que devastará calles, edificios y que abrasará el cuerpo de decenas de personas como si fuese un cuento infantil. De genio.

Regalaos ratos con Chaves Nogales, siempre es un acierto. Yo empecé a conocerle con la biografía de Juan Belmonte, y me sigo reservando La vuelta al mundo en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja, sus reportajes por la URSS, porque creo que me van a rechiflar, y yo, como Borges, me enorgullezco de lo que he leído (no de lo que he escrito), pero me gusta tener pequeñas joyas pendientes.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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