Reseña de Walden de Henry David Thoreau

Más necesario en 2019 que en 1845

 

¿Alguna vez has pensado en dejarlo todo e irte a vivir a la montaña, autoabastecerte con lo que puedas y ser feliz retirado del ruido y las prisas? Si te gusta la naturaleza, si disfrutas con el aire libre, con la montaña, con los animales, con la autonomía, la libertad, la tranquilidad, la quietud. Si, además, crees que el ser humano tiene que vivir en armonía con la naturaleza, que no somos ni más ni menos que nadie y que tenemos que aprender a convivr en un mismo espacio… en definitiva, si eres ecologista, tienes que leer este libro. He caminado alrededor de Walden como los musulmanes dan vueltas a la Kaaba sin adorarla. He leído otras cosas más livianas e igualmente instructivas. No me atrevía con el verdaderamente importante. Es algo así como escalar un 3.000, un 5.000…. hasta llegar al Everest (sin oxígeno ni sherpa, como lo hizo mi admirado Reinhold Messner).

Con Walden, Thoreau escribe un ensayo que se convierte en un manual para la vida. Un canto epicúreo a la felicidad. Al inicio del ensayo Thoreau señala que su intención “no es prescribir reglas para los hombres de naturaleza fuerte y valiente (…); ni para aquellos que encuentran su fuente de coraje e inspiración precisamente en el estado presente de las cosas, y lo acarician con el cariño y el fervor de los amantes (…). Tampoco estoy hablando para quienes están bien ocupados, y lo estarán pase lo que pase, y así lo saben. Estoy hablando sobre todo para esa gran parte de los hombres que está disconforme, y se queja de forma más enérgica e inconsolable porque, según dicen, están cumpliendo con su deber. También tengo en mente a aquellos que, en apariencia, son ricos, pero que en realidad pertenecen a una clase terriblemente empobrecida, que han acumulado basura, y no saben cómo hacer uso o deshacerse de ella, y que de esta forma han construido sus propias prisiones de plata u oro”. Y es que, según Thoreau, “la mayor parte de los lujos, también llamados “comodidades de la vida”, no solo es innecesaria, sino que se convierte en impedimento para la elevación de la humanidad. Con respeto a esos lujos y comodidades, diré que los más sabios siempre han vivido vidas más simples y austeras que los pobres mismos”.

En Walden se lleva a la práctica esa fantasía hippie de vivir sin necesidad de trabajar, porque Thoreau desprecia la idea de “dedicar la mejor parte de la vida a trabajar y ganar dinero, y disfrutar solo más tarde de una dudosa libertad durante la peor parte de la misma”. También tiene un toque antisistema, “en toda mi vida, nadie me ha molestado salvo las personas que representan al Estado”. Es un vegano en el siglo XIX, “estoy convencido de que dejar de comer animales es parte del destino de la raza humana y de su mejora progresiva, al igual que las tribus salvajes abandonaron la mutua antropofagia cuando entraron en contacto con otras más civilizadas”. Promueve el internacionalismo y combate el nacionalismo, “el patriotismo es un gusano en la cabeza”. Incluso, le da tiempo a adelantarse más de un siglo a la corriente de las ciudades educadoras, “es hora de que las ciudades sean universidades, y de sus ciudadanos adultos dispongan de tiempo libre para continuar durante el resto de sus vidas los estudios liberales”.

Las lecciones de Walden tienden al infinito. No necesitas ropa nueva. Haz tu propio pan. Ten una casa austera. Educa(te) al aire libre. Viaja sin prisa (“el viajero más veloz es aquel que va a pie”). No gastes dinero en cosas que “cuestan más de lo que valen”. Simplifica tu vida, come una vez y no tres. Lee a los clásicos (“la lectura es lo que nos mantiene alerta y nos exige nuestras horas más despiertas”). Aprende a disfrutar del silencio y de los sonidos del bosque (de día y de noche son distintos), de las tormentas resguardado en tu cabaña, de la soledad. Ama a los animales, aprende de ellos, disfruta con ellos y combate a los cazadores (“creo que sería una caza más noble pegarse uno mismo un tiro en la cabeza”). Busca la sabiduría (“lo que realmente se endurece con el tiempo son los tópicos, y harían falta muchos paletazos para desprenderlos todos de un viejo sabelotodo”), abre nuevos caminos para el pensamiento.

Hacia el final del libro, en la Conclusión, concentra todo el pensamiento de las páginas anteriores y tiene algunos párrafos memorables, la traca final de un libro asombroso: “el universo es más amplio que nuestras ideas del mismo”, “cultivad la pobreza en vuestro jardín, como hierba de la sabiduría. No os preocupéis por conseguir más cosas, ya sean ropas o amigos. Dadles la vuelta a las vieja prendas, volved a los amigos de siempre. Las cosas no cambian; nosotros cambiamos. Vended vuestras ropas y conservad vuestros pensamientos”, “como la oscuridad, la humildad revela las luces celestes”, “la vida más dulce es aquella que se acerca a los huesos”, “no hace falta dinero para comprar lo que el alma necesita”, “dadme la verdad antes que el amor, el dinero y la fama”. Tras el rayo, el fogonazo, la luz… llega el trueno. Y es que el libro no es perfecto. Ni mucho menos. Walden no es una biblia, ni creo que aspire a serlo. Está escrito en 1845 y eso le aleja de la situación actual. Posiblemente, si le hubiésemos hecho caso antes, ahora no estaríamos invadidos por todos los males de los que ya nos prevenía Thoreau. Pero no lo hicimos. Y ahora habría que adaptar Walden. Eso sí, como habéis podido ver, no necesita más que un lavado de cara. Es un ensayo de rabiosa actualidad. Más necesario en 2019 que en 1845. Walden es el inicio de un movimiento, una corriente y muchas luchas que no han cesado desde entonces. Walden es una crítica en el siglo XIX a lo que está pasando en el siglo XXI. Walden es una evidencia científica de que llevamos haciendo mal las cosas, por lo menos, dos siglos. Pero Walden también puede ser una oportunidad para sentarnos en el camino, descansar las piernas, coger aire y pensar quiénes somos, qué necesitamos y hacia dónde vamos.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

3 comentarios sobre “Reseña de Walden de Henry David Thoreau

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