Reseña de Trópico de Cáncer de Henry Miller

Una novela tan bohemia y gamberra como el París de Miller

Si no tienes ni idea ni del autor ni de la obra, Trópico de Cáncer de Henry Miller puedes enloquecer cuando la tengas entre las manos y parecerte una novela totalmente disruptiva. Y a su forma lo es. Yo llegué a ella por casualidad. Había leído cosas muy interesantes de la Generación Beat (algunas las podéis encontrar en este blog) y decidí indagar en aquello que los había inspirado a ellos (más allá de la droga, por supuesto). Y las novelas que han sido censuradas y prohibidas tienen un especial atractivo para mí, ¿qué tendrá esto que enfada a los más carcas? Y suelo acertar. Suelen ser buenas novelas.

El caso de Henry Miller es especialmente delirante. Le pasó también con Trópico de Capricornio. Las dos obras míticas de Henry Miller, se publicaron por primera vez en Francia durante la década de los treinta. Los dos libros fueron prohibidos rápidamente en Estados Unidos y Gran Bretaña bajo el cargo de obscenidad, pero su difusión se reveló pronto imparable: miles de ejemplares entraron subrepticiamente en ambos países hasta que se levantó la prohibición en los años sesenta. En EEUU el asunto llegó hasta el Tribunal Supremo, que tuvo que desestimar docenas de resoluciones de los tribunales estatales contrarias a la publicación. Querellas y éxito de ventas. En España, por ejemplo, la primera edición que lanzaron Alfaguara y Bruguera en 1977 vendió 15.000 ejemplares en 10 días.

Sobre Trópico de Cáncer el propio autor se aparta de cualquier intento de tratarlo como “libro”, defiende que “todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios. Entonces ¿esto? Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro, en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del arte, una patada en el culo a Dios, al hombre, al destino, al tiempo, al amor, a la belleza… a lo que os parezca. Voy a cantar para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero voy a cantar. Cantaré mientras la diñáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver…”. ¿Cómo no va a ser atractivo algo que empieza así? Claro que lo es. Y una vez que empiezas, ya no paras en las más de 400 páginas de esta edición.

Miller narra un exilio voluntario que se traduce en un diario vagabundear por las calles de París, “Paris. Paris. Todo puede suceder aquí”. ¿Qué busca en esos paseos sin una meta concreta? Vivir, absorber lo que el día le depare, observar la ciudad, conocer gente, asimilar el paisaje, la vivencia cultural: “Paris está lleno de gente pobre: la legión de mendigos más orgullosos y sucios que haya pisado la tierra, me parece a mí. Y, aun así, dan la impresión de estar en casa. Esto es lo que distingue al parisino de los habitantes de otras metrópolis”. El atractivo de Miller está en su estilo directo, punzante y libre de escrúpulos. Su forma de hablar del sexo, de la prostitución, de las drogas, de la deriva del capitalismo… En sus paseos, Miller se entretiene en descripciones de situaciones paupérrimas, de los extrarradios de la sociedad parisina, por ejemplo en esta calle llena de putas: “caminar de la Rue Lafayette al bulevar es como pasar por baquetas; se te pegan como lapas, te devoran como hormigas, te engatusan, halagan, lisonjean, imploran, suplican, lo intentan en alemán, inglés, español, te enseñan sus corazones desgarrados y sus zapatos reventados, y mucho después de que te hayas cortado los tentáculos para escapar, mucho después de que haya cesado el chismorreo y el cuchicheo, la fragancia del lavabo persiste en tu nariz (…). Podría uno derrochar la vida entera en ese pequeño tramo entre el bulevar y la Rue Lafayette. Todos los bares están animados, palpitantes: los dados están cargados; los cajeros están sentados como buitres en sus altos taburetes y el dinero que manejan exhala un hedor humano. No hay equivalente en el Banque de France del maldito dinero que circula por aquí, el dinero que brilla con sudor humano, que pasa, como un fuego en el bosque, de mano en mano y deja tras sí humo y hedor. Un hombre que pueda pasar por el Faubourg Montmatre por la noche sin suspirar ni sudar, sin una oración o una maldición en los labios, un hombre así no tiene cojones y, si los tiene, habría que castrarlo”. Es explícito y escatológico, no se corta un pelo: “a lo largo de la ribera en Montparnasse los nenúfares se doblan y se rompen. Cuando baja la marea y sólo quedan unas cuantas sirenas sifilíticas varadas en el fango, el Dôme parece una galería de tiro azotada por un ciclón. Todo vuelve goteando despacio a la alcantarilla. Durante una hora, más o menos, hay una calma de muerte durante la cual limpian el vómito”. Los personajes de Trópico de cáncer deambulan entre los urinarios, los prostíbulos, las viviendas pobres y sucias, las borracheras, la soledad. Difícilmente encontramos escenarios reconfortantes, la decadencia es la norma porque es el ambiente que ha elegido el autor para su vida de aprendizaje. Sin embargo, hay momentos de respiro. No todo es a este ritmo. Hacia la mitad del libro tiene unas cuantas páginas dedicadas a Matisse que son auténtico manjar literario o, más hacia el final, las referencias a Whitman y Goethe son canelita en rama.

París es la ciudad del amor, o al menos así la conocemos hoy en día, pero en torno a 1930, el París de Miller era distinto, era áspero, interesado, olía a semen y a humo, a colonia barata y a sudor. Escribe Miller que “se puede vivir sin amigos, como se puede vivir sin amor o incluso sin dinero, ese supuesto sine qua non. Se puede vivir en París – ¡eso lo descubrí! – simplemente de pena y angustia. Amargo alimento: quizás el mejor que existe para ciertas personas (…) Desde entonces he aprendido, por supuesto, lo que todos los locos descubren tarde o temprano en París: que no existen infiernos preconcebidos para los atormentados”. Más adelante, Miller descubre por qué los artistas peregrinaban a París, dice “entonces entendí por qué atrae París a los torturados, a los alucinados, a los grandes maníacos del amor, y es que París es “un callejón sin salida en cuyo extremo hay un patíbulo”. Miller se oculta en París, se esconde por ella, pero no en sus casas o palacios, sino en sus calles, “las calles eran mi refugio. Y nadie puede entender el encanto de las calles hasta que se ve obligado a refugiarse en ellas, hasta haberse convertido en una paja arrastrada de acá para allá por cualquier céfiro que sople”. Miller mantiene un amor – odio muy curioso hacia esta ciudad. No termina de sentirse cómodo, pero tampoco es capaz de renunciar a ella. La necesita y la desprecia. Y es que, para Miller, “Paris es como una puta. Desde lejos parece cautivadora, no puedes esperar hasta tenerla en los brazos y cinco minutos después de sientes vacío, asqueado de ti mismo. Te sientes burlado”. Y aquí reside el gran aporte del autor y la novela: la integración de los extremos y la profundidad, sin concesiones, en el tratamiento de cada uno de ellos.

La crudeza o naturalidad con la que el escritor estadounidense se refiere al sexo, la apasionada defensa del individualismo más anárquico y extremo, la predilección que siente por los malditos, por los perdedores, por lo periférico, por aquellos que desde la mediocridad y el delirio son incapaces de asumir su derrota, y todo ello narrado sin una estructura o armazón preciso, desde un aparente caos, tan coherente por otra parte con el submundo descrito, es lo que hace de Trópico de Cáncer un torpedo que da exactamente en la línea de flotación de los autosatisfechos. Y hay que leerlo. Claro que sí. Pues, a pesar de lo que defendió en las primeras páginas, Miller cree que “hoy más que nunca hay que procurar conseguir un libro aunque solo tenga una gran página: hemos de buscar fragmentos (…) cualquier cosa capaz de resucitar el cuerpo y el alma”. Y este libro nos devuelve a la vida tras arrastrarse por la parte más bohemia y gamberra (y atractiva) de París.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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