Reseña de El tenis como experiencia religiosa de David Foster Wallace

Pasión y entusiasmo desbordante en dos artículos ensayísticos para la Historia del tenis

El tenis como experiencia religiosa recoge dos de los ensayos tenísticos más reconocidos del genial escritor americano. David Foster Wallace fue una joven promesa del tenis hasta que la bendita Literatura le proporcionó una forma más elaborada de digerir sus emociones. Porque el tenis exige frialdad y Foster Wallace era un maniaco depresivo. A pesar de esa frustrada vida tenística, en estos dos artículos publicados en la revista Tennis y en el New York Times se percibe un inmenso respeto y amor por el tenis.

Democracia y comercio en el Open de Estados Unidos empieza igual que Open, las memorias de Andre Agassi: con un largo y eufórico plano-secuencia que recorre pasillos y gradas hasta llegar a la pista central de Flushing Meadows. Estamos en 1995 y en la cancha calientan Sampras y Mark Philippousis, un gigantón australiano que saca como un bombardero pero, después, se mueve con la torpeza de un tanque. “Atenas contra Esparta”, escribe Foster Wallace, aunque advierte que los atenienses “iban de majos pero luego ganaban las guerras”. En este primer ensayo, Foster se descubre ante Sampras y le regala unas descripciones a la altura de los grandes: “le da a la pelota con esa economía despreocupada con que los auténticos profesionales de élite parecen calentarse, esa despreocupación serena de que hacen gala las criaturas que están en lo más alto de la cadena alimentaria” mientras le otorga el rango de maestro con unas palabras preciosas “Sampras parece casi frágil, cerebral, poeta, al mismo tiempo sabio y triste, cansado de esas formas en que solo se cansan las democracias”.

Sin embargo, a Foster le ha pasado lo mismo que a cualquier amante del tenis. Cuando parecía que nadie iba a mejorar el estilo y el carácter de Sampras, aparece Roger Federer, y con él un halo de perfección tenística que, hasta el momento, ha sido insuperable. No solo por su palmarés, lo que enamora de Federer es la elegancia y la mentida sencillez con la que juega. En el segundo ensayo, Federer en cuerpo y en lo otro, centrado en la final de Wimbledon de 2006 entre Nadal y Federer, ya no importa el ruido ni la gente. Importa Federer, que para Foster Wallace es Apolo y Nadal, Dioniso: “esta final de Wimbledon presenta el argumento de la venganza, la dinámica de rey contra regicida y los contrastes dramáticos de caracteres. Se enfrentan la virilidad apasionada del sur de Europa contra el arte intrincado y clínico del norte. Dionisos contra Apolo. Cuchillo de carnicero contra escalpelo”. Importa la naturalidad con la que devuelve golpes imposibles, la paciencia con la que gana los puntos, la precisión con la que coloca sus restos… en este ensayo Foster se olvida del atrezzo terrenal que virtuosamente describió en el primer ensayo y se centra en un concepto superior de belleza, la belleza cinética: “la belleza no es la meta de los deportes de competición, y sin embargo los deportes de élite son un vehículo perfecto para la expresión de la belleza humana. La relación que guardan ambas entre sí viene a ser un poco como la que hay entre la valentía y la guerra. La belleza humana de la que hablamos aquí es de un tipo muy concreto: se puede llamar belleza cinética. Su poder y su atractivo son universales. No tiene nada que ver ni con el sexo ni con las normas culturales. Con lo que tiene que ver en realidad es con la reconciliación de los seres humanos con el hecho de tener cuerpo”. Con la precisión de un cirujano, la ligereza de un bailarín, la cabeza de un ajedrecista ruso, la paciencia de un monje budista y la astucia de un puma, Federer ha llevado el tenis a unas cotas insuperables, casi divinas. Y encima parece un tío majo. Que no se le exige, pero ayuda bastante a reconocerle los méritos. Eso sí, este partido lo ganó Federer y quizás de ahí la devoción de Foster Wallace por el suizo, pero tres años más tarde, en el mismo templo tenístico que es el All England Lawn Tennis and Croquet Club, se citaron de nuevo Roger y Rafa y en esta ocasión ganó Nadal (4-6, 4-6, 7-6, 7-6 y 7-9) en el que está considerado el mejor partido de tenis de la Historia. Foster Wallace murió en septiembre de 2008 y nosotros nos perdimos el artículo que nos hubiera regalado sobre este partidazo.

Yo empecé a jugar al tenis cuando los galones se los repartían Sampras y Agassi y aquellas luchas eran épicas. Ahora se disputan los torneos entre Federer y Nadal con el permiso de Djokovic. Llevamos más de 15 años de lucha y aún no ha salido ningún jovencito que se atreva a disputarles el trono a estos ya veteranos de guerra. La épica permanece.

En estos dos artículos periodísticos, Foster supura pasión y contagia entusiasmo por este deporte. Todavía tengo que leer La broma infinita, pero creo que pasión y entusiasmo son dos de sus marcas personales como escritor. Así que, quizás El tenis como experiencia religiosa os sirva a vosotros como me ha servido a mí para descubrir el estilo de un escritor al que todos deberíamos dedicar unas horas de nuestro tiempo. Léelo si te gusta el deporte en general y el tenis en particular, si disfrutas con imágenes potentes como “en medio de un cielo tan límpido que casi se oye la combustión del sol” o con los relatos apasionados. Léelo si te descubres ante Federer cada vez que sale a la pista, y sobre todo léelo si aún no lo haces, ¡ingrato!

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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