Este libro es el plato con los canapés que sobraron de la fiesta

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Este año he descubierto a Zezé, un niño con una imaginación y una ternura desbordantes que me cautivó y me emocionó en Mi plan de naranja lima. Así que no podía dejar de leer la segunda parte de la historia. La que refiere la juventud y la adolescencia del pequeño Zezé.

Vasconcelos se desinfla en esta novela. Utiliza los mismos recursos que en la primera dibujaron el maravilloso mundo interior del protagonista pero ahora ya no sorprenden. Sus monólogos con personajes inventados que viven en su corazón y en su cabeza: si en la primera parte fue la planta de naranja lima, ahora son un sapo y un actor famoso. Esta novela es ese plato que no terminas un día, lo dejas en un tupper en la nevera y te toca comerlo al día siguiente. Es lo mismo, pero recalentado, y no es exactamente lo mismo.  Son esos canapés que sobran de la celebración del día anterior. Solo “se parece”, y en esa comparación pierde Vamos a calentar el sol. Ha perdido la frescura de la primera vez. La capacidad de sorprender al lector.

Sin dejar un libro entretenido es un libro más llano. Es una pena porque pierde buenas oportunidades, como la relación con el nuevo padre, la fiesta hormonal de la adolescencia, los primeros amores, los amigos… Aun así, permite aprender con las aventuras de Zezé, sus desvaríos y sus dolores de corazón. La relación con los curas del colegio internado en el que vive es de lo poco que se salva de la historia, son diálogos bien trazados, algunos simplemente divertidos otros con mayor profundidad. La coherencia infantil de Zezé choca con el pensamiento complejo adulto. Choca y gana el niño (en la realidad esto ocurre en contadas ocasiones). Lo que rompe el corazón al lector (ya lo rompió en el primer libro) es la visión del mundo de Zezé, cómo interpreta la vida y sus desvaríos desde la ternura y la inocencia de un niño, ahora adolescente. Además, Zezé vive con la convicción de que no merece tener oportunidades en la vida (como no merecía los regalos de Navidad siendo muy pequeño) porque no vale para nada. Es ese pesimismo autoaprendido el que guía sus razonamientos. Y es tierno hasta que deja de serlo y se vuelve repetitivo.

Si no habéis leído Mi planta de naranja lima hacedlo ya. Y parad a tiempo. No es necesario leer esta segunda parte. Aunque si decides leerla pasarás unos ratos simplemente divertidos que te parecerán ecos de algo que ya leíste. Sea como fuere, larga vida al corazón de Zezé.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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