Un completo retrato de una generación desencantada

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Un libro que siempre estaba a la vista en las librerías. En mis ratos de caza literaria acababa en mis manos, pero nunca me decidía. Para leer sobre juventud desencantada siempre había preferido a Holden Caulfield o a los malditos benditos beats. Pero Postales de invierno ha llegado a mi pequeña biblioteca por casualidad. Una época en la que no tienes mucho que leer, lo que estás leyendo no te acaba de convencer y te decides a probar a ver qué tal es Ann Beattie y qué tiene su admirada literatura.

Postales de invierno cuenta la vida tranquila, desasosegada, silenciosa y muchas veces inerte de Charles, un joven que vive colgado de Laura, su ex-novia. El libro es una love story en la que un joven de 27 años que ya no se siente joven y camina y conduce por una ciudad a la que nunca nombra (pero que es Washington) intentando no comprender qué sucedió sino cómo hacer para que deje de suceder. Su amor por la idealizada Laura no tiene la intensidad de un amor legendario o ardiente. Pero es lo único que tiene, lo poco que le queda (es imposible no pensar en Gatsby y Daisy), es un amor solipsista. El libro, de fondo, realiza un retrato perfecto de la juventud americana de mediados de los años 70, en plena resaca hippie. La novela simboliza perfectamente cómo las revoluciones sociales de la modernidad abren un abanico de esperanzas que son incapaces de satisfacer. Mayo del 68 cambió a la juventud del mundo desarrollado, pero también exigió un ritmo que fueron incapaces de seguir. La novela retrata a la perfección ese pasotismo juvenil que sólo superan con esperanzas que no intentan alcanzar a través del trabajo, sino de los sueños. Beattie (que escribió esta novela en tres semanas) retrató con fidelidad y precisión ámbitos cotidianos, no dejó que en sus páginas se filosofara mediante speechs de altura y abolengo, y se negó a que los personajes fueran conscientes del tiempo histórico que estaban protagonizando. De este modo, le salieron unos personajes de lo más insípidos. Mansos, terriblemente tiernos, conformistas hasta la irritación y muy modositos. Perfiles escasamente literarios a priori pero que, gracias a su habilidad para dotarle de ritmo a la acción y a la frescura de los diálogos, terminan resultando lo suficientemente carnales como para que a través de sus neurosis microscópicas se pueda vislumbrar el estado general de las cosas en la Norteamérica de mediados de los 70′.

Soy un joven (aun lo soy, ¿verdad?) nacido a mediados de los 80 y sin tener nada de coetáneo con Charles, sí que comparto algunos de sus miedos, paranoias o rarezas mentales. Por ejemplo, nuestro protagonista va por la calle imaginando desastres (yo también), “mientras sorbe el té entra la mujer del parque. Lleva en brazos a su hijo, que todavía duerme. O quizás esté muerto. Charles siempre imagina desastres. Aunque lleguen a la otra acera sanas y salvas, para Charles las ardillas que cruzan la calle siempre terminan descoyuntadas o llenas de sangre; la gente que duerme en lugares públicos siempre está muerta; si llaman a la puerta y él abre para mirar, la descarga de metralleta está asegurada”. Tengo otro ejemplo menos dramático, más mundano, en cualquier supermercado del mundo con mi madre (en este caso, Clara es la madre de Charles), “nunca fallaba: cada vez que Clara llegaba a la caja, le decía “Espérame con tu hermana, vuelvo enseguida” y corría a buscar otro artículo; y él se quedaba allí, consciente de que su hermana rompería a llorar o de que llegaría el momento de vaciar el carrito y pagar la comida y de que no tendría dinero. Cuando le tocaba vaciar el carrito y su madre no había vuelto, se ponía frenético. Las latas se le caían, no podía coger las cosas para dejarlas en la caja. Su madre tardaba muchísimo. Charles solía pensar que se había escapado…“.

Hay otros dos aspectos que son importantes en el texto. El primero es la presencia permanente del frío. Es un frío metereológico pero también metafísico, un frío que está en el alma y en la mente de los personajes. Rodrigo Fresán, en el prólogo de esta edición, define muy bien el frío de la novela “el frío del pasado que es también el frío del futuro y los fríos que no podemos dejar de pensar y sentir junto a este frío del presente”. El segundo es la música. El libro está repleto de referencias culturales, sobre todo musicales, pero también literarias (benditos Salinger y Woodstock). Las canciones están aprovechadas, tienen que ver con la trama y ayudan a ambientar la novela. Sonarán Elvis Presley, Leonard Cohen, The Rolling Stones, John Lennon, The Beatles, Lou Reed, Billie Holiday, Eric Clapton y el Nobel de Literatura, Bob Dylan. Toda una declaración de intenciones de una generación joven desencantada y superada por las expectativas.

En definitiva, Beattie dibuja un retrato bastante completo de la juventud norteamericana de los 70′, a través de una historia de amor y amistad y tomando elementos culturales que nos ayudan a situarnos en la época. Una novela bonita, entretenida, fácil de leer, llena de momentos tiernos y con grandes dosis de humor (la novela es “tristemente graciosa” como señala Fresán en el prólogo). Animaos a leerla y no os defraudará.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

 

 

4 comentarios sobre “Un completo retrato de una generación desencantada

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