Reseña de Un tal González de Sergio del Molino

Un texto inclasificable sobre un personaje inabarcable

Hay veces que uno elige a los libros. Otras veces son los libros quienes eligen a uno. Y hay unas últimas veces, las menos, en las que es inevitable que libro y lector se lean el uno al otro a través de las páginas y las experiencias. Es el caso de Un tal González, escrito por Sergio del Molino y editado por Alfaguara. ¿Por qué digo esto? Porque que yo lea un libro sobre Felipe González es tanto como leer a mi yo adolescente y mis primeros pasos en el compromiso político. Os lo intentaré explicar en esta reseña.

Un tal González es, aunque el autor insista en que se trata de una novela, una crónica sobre la Transición a través del personaje de Felipe González Márquez. Del Molino recrea diálogos al estilo de los Simon Sebag Montefiore, Javier Cercas o Scurati. Hay quien lo llama “indagación narrativa”, pero a mí me parece más una crónica. Unos autores se basan en documentos, Del Molino lo hace a través de testimonios (y estos es más fácil que estén sesgados por el recuerdo). El reto del autor es intentar contar algo de un personaje que todo el mundo cree que lo sabe todo. Del Molino dice que llega de nuevas al personaje, pero realmente pone en práctica lo que Gomá llama la “ingenuidad aprendida”, es decir, intentar mirar sin prejuicios y sin la imaginería santa, casi omnipresente, que acompañaba a Felipe. Y es que Felipe se presenta aquí como el arquetipo del héroe: pragmático (también con las personas), carismático, atractivo, flexible, solitario, incluso, dice Varela en otro libro complementario a este, laico en lo ideológico (que no vive en la fe de la ideología). Y hay algo de héroe, de mito, en el político; para mi generación, en España había dos figuras inmutables: el Rey y Felipe González. Todo cambiaba a nuestro alrededor, menos ellos. Del Molino hace hincapié en la soledad del personaje y en una forma estoica de entender el poder a partir de lo que Omar Torrijos le advirtió, “si te aflijes, te aflojan”. Pero Felipe no era una persona que evitara la compañía. Era buen amigo de sus amigos, y muy discreto con ellos (por ejemplo con Pilar Miró o José Luis Coll) y así lo describe Del Molino en esas noches en La Moncloa rodeado de amigos, puros de Fidel y un billar.

Abordar a Felipe es abordar una época. Una época de cambio, de progreso, de valentía. No estuvo solo. El libro da testimonio de otros personajes igualmente importantes en el recorrido político de Felipe, como Mújica, Rubial, Peces – Barba, Pablo Castellano, Miguel Boyer, Tierno Galván o Narcís Serra (muy divertido el pasaje en el que el ministro de Defensa tiene que decirle al Jefe del Estado Mayor que no va a hablar el día de la Pascua Militar). Esta parte de los personajes secundarios me ha resultado muy interesante, creo que le da profundidad al libro y al protagonista; quizás eche en falta más desarrollo de alguno de ellos, especialmente de Alfonso Guerra.

Abordar a Felipe es también abordar el resurgimiento de un partido político. Un PSOE que, de la mano de Felipe y Guerra, rompe con el PSOE del exilio; un partido distinto con las mismas siglas. Un partido que ya desde 1979 prepara la llegada al poder, confiados en que este no se les resistiría (el libro de Varela es más ilustrativo en este punto). Del Molino no esquiva ningún tema (OTAN, GAL, intentos de golpes de estado…), pero tampoco se recrea en ellos. Dedica más tiempo, por ejemplo, a la relación del PSOE y Felipe González con la prensa, especialmente su vinculación con PRISA, y hay algún pasaje interesante al respecto.

¿Qué le falta al libro? Le falta una mirada desde la actualidad, precisamente esto que estaba diciendo en el párrafo anterior. Y le falla una selección más que discutible de los hechos históricos; falta una mirada más completa de la política exterior, de las alianzas con líderes europeos, y algunos éxitos muy sonados como las pensiones no contributivas o leyes que son pilares del estado de bienestar como la Ley Orgánica del Derecho a la Educación de Maravall de 1985 o la Ley General de sanidad de Ernest Lluch en 1986.

Al final del libro, Del Molino cae en esa temida añoranza de los mitos de nuestros padres y absuelve a Felipe. Le agradece los servicios prestados, la consolidación de la democracia, la construcción del Estado de Bienestar y un legado de estabilidad y progreso del que ahora parece que nadie se acuerda. Y aquí es donde entra la lectura de mí mismo. Me identifico con este agradecimiento, es más, creo que no debemos juzgarle desde la actualidad, sino desde su contexto histórico, político y social. Si hubiera muerto joven, sería poco menos que un héroe nacional; su pecado ha sido sobrevivir a su tiempo político… Es una pena la desmemoria que tantas veces nos retrata como sociedad. Esperemos que la literatura contribuya a combatir esa desmemoria y seamos capaces de situar a los personajes -por muy políticos que sean y generen discrepancias- en su justa medida histórica. Y desde luego, Felipe González, es uno de esos personajes que merecen mayor reconocimiento social del que ahora ostentan.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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