Reseña de Los armarios vacíos de Annie Ernaux

Una novela para regalar a tus padres

En la reseña de Mira las luces, amor mío dije que estaba ávido de más lecturas de Annie Ernaux y prácticamente un año después os traigo Los armarios vacíos. Ojalá siga acudiendo a lo que ya parece mi cita anual con la autora normanda. De momento os traigo la reseña de Los armarios vacíos, publicada en Francia en 1974, su primera novela. Sigo teniendo pendiente (y ya empieza a coger polvo en la estantería) Los años, aunque también tengo ganas de leer Perderse. Si mantengo mi cita anual con Ernaux acabaré disfrutando de todos ellos. Larga vida a Cabaret Voltaire por su empeño en traducir toda la obra de esta maravillosa autora.

Los armarios vacíos es la historia de una ruptura social, de una hija atrapada entre el mundo de sus padres proletarios que se ganan la vida con el sudor de su frente regentando un bar-tienda, y el de los burgueses, educados, con acceso a la cultura, que se ganan la vida sin arrugarse el traje. El libro está empapado de una violencia social inevitable que queda reflejada desde el inicio con la narración del aborto que sufre la protagonista. La propia autora explica en una entrevista que se trata de “una escritura rebelde, hablo del cuerpo femenino, de la menstruación, y del cambio de clase social. Tuve que idear un marco de ese estilo y pensé en el del aborto, que aunque no fuera totalmente cierto a pesar de que yo misma lo había vivido también, era el elemento que necesitaba para mi libro. En ese dolor, en esa violencia, hallé el marco de la ruptura de los dos mundos de Los armarios vacíos. Y, por último, en esa época leí Los herederos, de Pierre Bourdieu, que me influyó profundamente y que habla sobre las instituciones escolares que provocan mayor diferencia social al excluir las clases más desfavorecidas”.

La brecha existente entre lo que los padres entregados se merecen por los sacrificios hechos para dar a su hija las oportunidades que ellos no tuvieron y lo que esta niña es capaz de devolverles y reconocerles es el epicentro del terremoto al que asistimos. La incorporación a un colegio privado abre los ojos a la protagonista que comienza a comparar el estatus de su familia con el de sus compañeras de clase. Lo que pasaba en el colegio parece ficción, su vida normal no es así, “el verdadero lenguaje era el que escuchaba en mi casa, el morapio, la manduca, no me jodas, vejestorio, ¿qué pasa, pues, chiquilla, ya no se saluda? Todo eso estaba ahí, presente, los gritos, las muecas las botellas derramadas. La maestra hablaba y hablaba, y las cosas no existían, burdégano, ebúrneo, pasaron diez años hasta que me enteré de lo que quería decir aquello”. La protagonista no se siente cómoda en ese entorno, “¿así que eso era la escuela? ¿Un montón de signos que repetir, trazar, reunir? ¡El bar-tienda era mucho más real! La escuela era un “hacer como si” continuo, como si fuera divertido, como si fuera interesante, como si estuviera bien” y más adelante se da cuenta del abismo diferencial entre esos mundos, “cuando entro en la escuela me vuelvo menos que nada (…) En la puerta he dejado mi mundo, el de verdad, y en el de la escuela no sé cómo comportarme”; sin embargo, a largo plazo, será su salvación. Este desfase conlleva una gran culpa, de la que deriva una gran ira, “cuándo comencé a sentir pánico a parecerme a mis padres…”. Violencia de la sociedad que conduce a la violencia de los sentimientos, aunque el acceso a la universidad y la vida universitaria le va posicionando en otro escenario más comprensivo con su familia “los libros me cerraban más a ella, me alejaban de ellos y de su bar-tienda, me mostraban su fealdad (…) Quieren que llegue lejos, quieren mi felicidad, tienen razón, seguramente, aunque aun lo vea muy lejos, tal como me encuentro ahora, bloqueada, cerrada, desdichada. Ellos no se sacaron ni el certificado elemental, así que aun tienen más mérito. Más adelante se lo agradeceré, se lo devolveré. Con lágrimas en los ojos, por qué soy tan ingrata, en cuanto piso otra vez la casa, se acabó, muda de nuevo”.

Ernaux plantea el problema del ascensor social con gran acierto. La influencia de Bourdieu es indiscutible, pero su virtud radica en dotar a la historia de una escritura brutal, tensa, cruda, cargada las contradicciones y el egocentrismo propio de una criatura adolescente. Es imposible pasar las páginas sin pararse a pensar sobre lo que está pasando, sobre lo que supone todo lo que nos está queriendo decir la autora. ¿Quién no se ha visto alguna vez en este problema filosófico? ¿Quién no ha estado inmerso en estas disyuntivas entre origen y expectativas? Todos presumimos de tener los pies en la tierra, pero solo aquellos a los que la tierra los atrapa saben la impotencia que genera saber que fuera hay muchas vidas que merecen ser vividas, pero que ninguna te corresponde por naturaleza. Luego vienen las oportunidades generadas por la educación y con esas oportunidades llegan también las dificultades para agradecer a quienes se quedan atrás el impulso que te están dando. Una buena educación es aquella que nos enseña a ser agradecidos y a reconocer el trabajo de los que se quedan para que otros puedan vivir otras vidas. Los privilegiados, yo me considero uno de ellos, tenemos que leer estos libros para recordarnos que esto también pasa en nuestro mundo y es responsabilidad nuestra ser sensibles con ello y comprometernos en trabajar por una sociedad que reduzca desigualdades y genere oportunidades. Y, libros como Los armarios vacíos contribuyen a esta conciencia social.

Esta novela es un maravilloso ejemplo de la particular voz literaria de Ernaux. Ese estilo, como señala Jacinta Cremades en El Cultural, “con el que consigue penetrar en lo más profundo de sí misma como mujer, en el que nos descubre el origen de su destierro familiar por culpa del lenguaje, las palabras y los libros”. Por el momento, dos libros leídos de esta autora universal y dos aciertos como dos soles. Ojalá tengáis la misma suerte.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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