Reseña de Una soledad demasiado ruidosa de Bohumil Hrabal

Un texto imprescindible que mantiene el desafío a una sociedad sin referentes

Tengo temas recurrentes y los libros sobre libros con personajes bibliófilos o directamente bibliópatas son uno de ellos. Si encima salen muchos libros en la portada o en la sinopsis se hacen referencia a otros autores u obras, pues ya el menú será completo y lo pediré extra grande para llevar. Eso me ha pasado con Una soledad demasiado ruidosa de Bohumil Habral. Lo descubrí en una de mis librerías de referencia, Tipos Infames (perdonadme las ausencias), ya no recuerdo si por inicaitiva propia o inducido por el buen criterio de Gonzalo. Sea como fuere, me alegro de haberlo descubierto y poder traeros ahora esta reseña. Ojalá logre transmitiros todo lo que ha significado para mí este libro que desde ahora recomendaré muy a menudo a quien me pregunte por “algo para leer”.

Hanta es un hombre solitario que trabaja desde hace treinta y cinco años en una prensa de papel y bebe alcohol a todas horas. La prensa está en el sótano de una casa donde Hata convive con unos seres que le hacen compañía y con los que mantiene una relación cordial, “nadie creería cuántos ratoncitos hay en un sótano, tal vez doscientos, tal vez quinientos, son unos bichitos amistosos y casi ciegos que tienen una cosa en común conmigo: se alimentan de letras, preferentemente de Goethe y de Schiller encuadernados en marroquí”. Como señala Manuel Fernández en El Cuaderno, “aunque lleva treinta y cinco años trabajando en el reciclado de papel, Hanta no se ha acostumbrado todavía a contemplar con indiferencia la destrucción de los libros de Hegel, Kant, Nietzsche, Schelling, Goethe, Hölderlin, Novalis… Libros cuya lectura alivia su monótona y solitaria tarea, a muchos de los cuales redime simbólicamente introduciéndolos, cuidadosamente abiertos «por la página donde el texto es más bonito», en el interior de las balas de papel que va confeccionando”.

Su trabajo de prensa, de reciclado, no es monótono, sino creativo, porque Hanta se detine a dialogar y a convivir gracias al grado etílico que mantiene, con autores y personajes de los libros que prensa. De Hegel dirá que le enseña “que la única cosa aterradora es lo fosilizado, rígido y moribundo y, en cambio, la única cosa satisfactoria es cuando un individuo o, mejor dicho, toda la sociedad, consiguen rejuvenecerse en la lucha, conquistar su derecho a una nueva vida”. Me resulta especialmente interesante la relación que establece entre Lao-Tse y Jesús. Dedica bastante tiempo a marcar sus diferencias con mucho acierto, por ejemplo, “yo distinguía el éxtasis sublime de Jesucristo y el desinterés y menosprecio de Lao-Tse, apoyado en mi prensa, inmerso en una profunda melancolía; Jesucristo, desbordante de fe, ordenaba a la montaña que se desplazase, Lao-Tse colgaba encima de mi cueva la red de un intelecto incomprensible; Jesús era una espiral de optimismo, Lao-Tse un círculo sin salida; Jesús se veía involucrado en situaciones dramáticas y conflictivas, Lao-Tse, en su dulce meditación, reflexionaba sobre la imposibilidad de resolver el problema moral de los contrarios”. Todos estos pensamientos, estas reflexiones, nacen de su amor por los libros que tiene que prensar y por el detenimiento con que los revisa y se guarda los que le pueden gustar. Las expresiones de los autores las va interiorizando y las pone en relación con otros que caen en sus manos, por ejemplo, “en aquellos ojos de ratoncito había algo más que el cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral en mi interior [Kant]. Como un relámpago se me apareció Arthur Schopenhauer afirmando que la más elevada de las leyes es el amor y el amor es compasión, comprendí por qué Arthur odiaba tanto al forzudo de Hegel y me alegré de que ni Hegel ni Schopenhauer hubieran sido comandantes de dos ejércitos adversarios: estaba seguro de que aquellos dos habrían sido tan despiadados como los dos clanes de ratas en las alcantarillas del subsuelo de Praga”.

La plácida y alcohólica vida del protagonista se ve alterada por los cambios industriales de la época. En una visita a una fábrica moderna prensadora de papel, Hanta asiste incrédulo al que será la evolución del artesano en industrial, con todo lo que para él eso conlleva, “la prensa chafaba cargas enteras de camiones llenos de libros, cargas de libros destinados al reciclaje sin que ni una sola página pudiera embadurnar los ojos y el cerebro de nadie. Al pie de la cima, los trabajadores abrían paquetes (…) sin detenerse a mirar nada porque no podían perder tiempo, la cinta tenía que correr siempre llena, no soportaba que alguien se entretuviese como yo hacía una y otra vez en mi sótano”. Estos trabajadores modernos desarrollaban sus tareas “sin darse cuenta del valor de cada libro, sin pensar que alguien lo habrá escrito, corregido, leído, ilustrado, impreso, compaginado y publicado, y que después otra persona lo habrá censurado y prohibido, y aun otra persona habrá ordenado su aniquilación”. No es baladí este final de los libros que nos marca el autor, pues Hrabal escribe este libro mientras su obra estaba prohibida por el régimen comunista. La situación de Hanta con respecto a la modernización industrial la relaciona con otros cambios igualmente dramáticos en otras épocas, “me di cuenta con cuerpo y lama de que nunca más sería capaz de adaptarme, me encontraba en la situación de aquellos monjes que, cuando Copérnico descubrió nuevas leyes cósmicas según las cuales la tierra no era el centro del mundo, se vieron incapaces de imaginarse un mundo diferente de aquél en el que habían vivido hasta entonces y se suicidaron en masa”. Este final tan literario de Hanta es irrevocable, pero el protagonista se adentra en él con toda la decisión, inocencia y felicidad de la que es capaz de recabar, “yo, como Séneca, como Sócrates, yo, en mi prensa, en mi cueva, he escogido mi caída que no es sino mi ascensión”, una ascensión en la que se verá acompañada por su amor, por esa gitanilla de la que no recuerda el nombre hasta el último aliento.

Los temas de fondo de la novela son de gran calado. Hrabal profundiza con lucidez en la melancolía del mundo, en la decadencia cultural que abandona a los autores clásicos que han construido los cimientos de nuestra civilización y que ahora se desmoronan. Los libros que Hanta prensa son el símbolo de una cultura sublime que la sociedad deshecha por su afán consumista y su incapacidad para detenerse a mirar y a pensar. Cuidado. Quizás el texto también nos esté diciendo que la cultura actual es peor que la clásica o la moderna. Cuidado. Quizás el texto también nos esté diciendo que reciclar no siempre es un ejercicio responsable de mejora. Sea como fuera, deberíamos imitar a Hanta, detenernos antes de tirar o reciclar los libros, leerlos, admirarlos y desquiciarnos con una sociedad que continuamente les falta el respeto a esos autores; volviendo a Fernández en El Cuaderno “esa avalancha de papeles diversos que le arrojan a Hanta para que los recicle es el mejor resumen de toda obra humana y su irremediable aniquilación. Desde lo más excelso a lo más miserable, nada se salva”. En definitiva, esta es pues la historia de un hombre dejado al margen de la sociedad que contempla con entrañable lucidez su vida y encarna a todos aquellos que desafían al tiempo que les ha tocado vivir.

En poco más de cien páginas, Hrabal ha escrito una obra inmensa y cargada de simbolismo, rabiosamente actual y visceralmente combativa. Uno de los textos esenciales de su autor, Habral llegó a afirmar que sólo había vivido para escribir este libro. Álvaro Castilla, librero de San Librario Libros (Bogotá) ha declarado que será el libro que regalaría a la primera persona que entrara en su librería tras la pandemia del COVID19, “le diré: Este libro es una de las historias de amor más hermosas que leído en mi vida. Una historia de amor a la lectura, a la amistad, al oficio y a aquellos amores que hemos perdido. A aquellos que continúan habitando en nosotros a pesar del tiempo. No sé cuántas veces lo he leído. En esta cuarentena lo releí una vez más en mi casa. Y me produjo lo mismo que siempre: alegría y tristeza. Una ligera brisa sobre el alma. Eres el primer lector que entra a la librería. El primero que regresa. ¡Es mi regalo de bienvenida!”. Seguiré el ejemplo de este librero colombiano y regalaré este libro en cuanto tenga ocasión.

Un libro genial, una oportunidad para conocer a un autor comprometido con su época y a un personaje entrañable difícil de olvidar. Porque si algo podemos aprender de Hanta es que los libros no mueren si son leídos, pensados y transmitidos. Como las personas.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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