Reseña de El infinito en un junco de Irene Vallejo

Un maravilloso homenaje al libro como el mayor triunfo contra la destrucción

Ha sido pura coincidencia. Os lo prometo. Esta mañana he salido con el libro en la mochila con la idea de escribir esta tarde la reseña y resulta que a media mañana se ha anunciado el Premio Nacional de Ensayo a Irene Vallejo por El infinito en un junco. Enhorabuena a la autora y a mí puntería. La comunidad cultural y especialmente la literaria del país se congratula por este mérito con unanimidad. Fernando Aramburu, por ejemplo, ha puesto un tuit en el que destaca que “Este libro es una de las cosas más bonitas, amenas e instructivas y bien escritas que he leído y disfrutado en muchos años. Es grato comprobar que se premia el mérito”. El fenómeno de ventas que es El infinito en un junco es merecido y la coincidencia de la crítica está justificada. Es un librazo y lo tenéis que leer.

El infinito en un junco es una oda a los libros, un grito a favor del artefacto y el objeto como inventos fatuos, “El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí. Como dice Umberto Eco, pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor”. Vivimos una época en la que se le da al libro por muerto, por superado; Vallejo pide respeto, “Ante la catarata de predicciones apocalípticas sobre el futuro del libro, yo digo: un respeto. No subsisten tantos artefactos milenarios entre nosotros. Algo hay en su diseño básico y en su depurada sencillez que ya no admite mejoras radicales (…) Es más probable que en el siglo XXII haya monjas y libros que Whastapp y tabletas”.  Y sin embargo, su invención no estuvo exenta de obstáculos, señala Vallejo que fue “una batalla contra el tiempo para mejorar los aspectos tangibles y prácticos – la duración, el precio, la resistencia, la ligereza – del soporte físico de los textos. Cada avance, por ínfimo que pudiera parecer, incrementaba la esperanza de vida de las palabras”.

El ensayo se va construyendo con continuas referencias a la actualidad sin perder de vista los orígenes de los libros. Creo que es uno de sus méritos, hacernos ver que las cosas no han cambiado tanto y que, por ejemplo, dar el Nobel de Literatura a Dylan es un acto de justicia con todos los oradores que mantuvieron la palabra viva en la antigüedad, “Yo, invadida por el libro que escribo, pienso en Homero. Pienso en la multitud de bardos itinerantes agazapados detrás de su nombre. Ellos fueron los primeros (…) Aquellos artistas caminantes, los andrajosos enviados de las musas, sabios bohemios que explicaban el mundo en canciones, mitad enciclopedistas y mitad bufones, son los antepasados de los escritores. Su poesía vino antes que la prosa, y su música, antes que la lectura silenciosa. Un Nobel para la oralidad. Qué antiguo puede llegar a ser el futuro”. Sin perder rigurosidad, Vallejo mantiene un tono muy didáctico y divulgativo, acercando la historia de los libros al público en general. Relaciona a Sócrates con el efecto Google o a Eróstrato con el exhibicionismo de las redes sociales. Nos hace caer en algunas incoherencias como que “hablar de libros de texto es tan redundante como decir tabla de madera, salir al exterior, desenlace final, o crueldad innecesaria”. Reflexiona en alto algunas ideas de gran calado que corren el riesgo de pasar desapercibidas, pero sobre las que os animo a deteneros, por ejemplo que “sentir cierta incomodidad es parte de la experiencia de leer un libro; hay mucha más pedagogía en la inquietud que en el alivio” o que la ciudadanía debería ser cultural y no nacional, con las palabras de Isócrates, “nosotros llamamos griegos a quienes tienen en común con nosotros la cultura, más que a los que tienen la misma sangre”. O nos cuenta el origen de los “volúmenes” de un libro, el “rol” de un actor, el “scroll” de la pantalla (y concluye que “en la historia de los formatos, la pauta es la convivencia y la especialización, no el relevo. Los primeros libros se niegan a extinguirse del todo”) o sobre la expresión “hablar largo y tendido” que deriva del “gusto de los nobles romanos por tumbarse en sus cómodos divanes sobre almohadones de púrpura bordada, mientras les servían bebida y manjares, para razonar tranquilamente los unos con los otros”.

El ensayo es una joya. No tiene desperdicio. Solo he podido rescatar algunos pasajes que me han gustado, pero su lectura es un continuo aprendizaje. Derrocha amor por los libros y los defiende a ultranza convencida de que “la invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción (…) Debemos a los libros la supervivencia de las mejores ideas fabricadas por la especie humana”. Y seguramente Vallejo tenga razón.

Escribir un libro como este ha tenido que ser una tarea inmensa cargada de dificultades, pero el resultado es espléndido. Diría que Irene Vallejo consigue combinar a su formación filológica su placer por la narración, y eso se agradece en el lector que disfruta de una experiencia lectora mucho más enriquecida por el conocimiento que nos ofrece. Esta “exploración de las primeras veces”, como la misma autora lo define en una entrevista con Página Dos, es un ensayo y un libro de aventuras y de viajes, una oportunidad única para dejarse llevar por la historia de los libros, por la historia de todos esos personajes anónimos (monjes, escribas, bibliotecarios, copistas, esclavos, libreros…) que mantuvieron con su esfuerzo la llama viva del conocimiento a través del tiempo. No perdáis la oportunidad de acercaros a él.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

3 comentarios sobre “Reseña de El infinito en un junco de Irene Vallejo

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