Reseña de Los hermanos Karamázov de Fiódor M. Dostoievski

Un brillante tratado sobre los recónditos conflictos del alma humana

 

Los hermanos Karamázov fue la última novela de Fiódor Dostoievski que se publicó de forma seriada en El Mensajero Ruso entre enero de 1879 y noviembre de 1880. Dostoievski murió a menos de cuatro meses de su publicación.

Los hermanos Karamázov es un drama espiritual de luchas morales relacionadas con la fe, la duda, el juicio y la razón, contra una Rusia en proceso de modernización, con una trama que gira en torno al tema del parricidio. La novela está ambientada en Skotoprigonievsk (cuya referencia aparece una única vez en la novela, en la página 753) un nombre inventado para Staraia Russa, una pequeña ciudad de la región de Novgorod en la que residió Dostoievski entre 1872 y 1878. El autor tenía previsto escribir una segunda novela de la que esta sería una suerte de “introducción”, pero murió antes de alcanzar su objetivo (¡otra de las grandes pérdidas de la literatura!)

Dostoievski cuenta la historia de la familia Karamázov. El padre, Fiódor Pávlovich Karamázov, es un terrateniente borracho, arbitrario y corrompido que tiene cuatro hijos: Dmitri, de carácter violento; Iván, un intelectual frío y materialista; Aliosha, el hijo pequeño, pasivo y religioso (algo que el mismo llegará a poner en duda: “Solo sé que yo también soy un Karamázov… ¿Un monje yo? ¿Un monje? (…) es posible que no crea en Dios”); y Smerdiakov, el hijo bastardo y resentido. Iván, es mi personaje favorito. Llama mi atención en una conversación con Aliosha al principio del libro (p. 268 y siguientes) y termina de conquistarme en el libro Pro y Contra, cuando discute con Aliosha sobre la relación entre la fe y la razón. Dice Iván, “lo que yo necesito es que haya un castigo, si no, acabaré por destruirme. Y que el castigo no se produzca en el infinito, a saber dónde, a saber cuándo, sino aquí, en la tierra, y que pueda verlo personalmente”. Como sostiene Mitia al final del libro, “Iván no tiene Dios, tiene una idea”.

La novela gira en torno a las relaciones perversas que se establecen entre el padre y los hijos hasta que éste es asesinado y su presunto asesino, Dmitri, juzgado y condenado. Con un narrador experto en tender lazos al lector y en crear con él una de las redes más fascinantes y comunicativas de la historia de la literatura, Dostoievski construye una monumental visión del mundo moral humano (incertidumbre, perdón, violencia). Son estas relaciones las que marcan el desarrollo de la trama, “¿puede un Karamázov arder con semejante pasión eternamente? Es pasión, no amor”. La novela transcurre a gran profundidad espiritual e intelectual, proponiendo brillantemente el enfrentamiento entre diferentes formas de concebir el mundo y los conflictos morales. Como sostiene Aliosha, “para los verdaderos rusos las cuestiones relativas a la existencia de Dios y de la inmortalidad, o bien, como tú dices, esas mismas cuestiones vistas desde el extremo opuesto, son, por supuesto, las cuestiones primordiales, y están por encima de todo, como tiene que ser”.

Es especialmente claro en dos libros: Pro y contra y El monje ruso. Pro y contra fue descrito por Dostoievski como el punto culminante de la novela. Iván Karamázov defiende y adopta la ideología racionalista y nihilista mientras discute con Aliosha en una taberna (Jean Paul Sartre diría que Iván es el primer existencialista). En el libro llamado Rebelión Iván proclama que rechaza el mundo que Dios creó debido a que está construido sobre las bases del sufrimiento de niños inocentes, “No es no acepte a Dios, entiéndeme bien, es el mundo creado por Él, este mundo de Dios, lo que no acepto, ni lo acepto ni estoy dispuesto a aceptarlo. Seré más preciso: estoy convencido como un crío, de que los sufrimientos sanarán sin dejar huella; de que la ultrajante comicidad de las contradicciones humanas se esfumará como un triste espejismo, como la abyecta invención de la mente euclidiana del hombre, endeble y diminuta como un átomo; de que en el fin del mundo, llegado el momento de la armonía eterna, ocurrirá y surgirá algo tan precioso que bastará para aplacar la indignación en todos los corazones, para redimir todas las malas acciones de los hombres, toda la sangre derramada; bastará no solo para que sea posible perdonar, sino para justificar, además, todo lo ocurrido con los hombres; admitamos, admitamos que todo esto ocurra, que todo esto llegue a ser, pero ¡yo no lo acepto ni quiero aceptarlo! (…) Esta es mi esencia, Aliosha, esta es mi tesis”. Más adelante, en el capítulo probablemente más conocido de la novela, El Gran Inquisidor, Iván le cuenta a Aliosha un poema suyo (aún no escrito) que describe a un representante de la Inquisición española y su encuentro en Sevilla con Jesús, quien ha retornado a la Tierra. El inquisidor cuestiona a Jesús afirmando que al darle libre albedrío a la humanidad lo que se ha obtenido es la condena de la humanidad a la miseria y al desespero. Es brillante este episodio. Por su parte, El monje ruso, relaciona la vida y la historia del Zósimo, el stárets, cómo descubrió su fe a la mitad de un duelo, y cómo, debido a esto, decidió convertirse en monje. Algunas de las doctrinas y de las enseñanzas de Zósimo son las de predicar que la gente debe perdonar a otros al reconocer sus propios pecados y su culpabilidad ante los demás. Zósimo enseña que ningún pecado se encuentra aislado y de esta manera cada uno es responsable de los pecados del otro. Dostoievski escribió este libro como respuesta y refutación al desafío de Iván por la creación de Dios descrita en el libro anterior.

La novela conduce hacia un final trágico, sin posibilidad de redención, conduce inexorablemente al dolor y al sufrimiento. Dostoievski es uno de los mejores cirujanos del alma rusa, ese alma atormentada, carga de pesadumbres y complejas disyuntivas, algunas terrenales como el amor y otras celestiales como la existencia de Dios, pero siempre con la violencia y la duda como referentes: “¡Hay una fuerza que todo lo aguanta! La de los Karamázov… la fuerza de la vileza karamozivana”. Sin embargo, los hermanos Karamázov no son nada extraordinario, como dice el abogado defensor de Mitia en su alegato final, todos “somos de naturaleza amplia, somos Karamázov, aquí es donde quiero llegar, capaces de tener todos los extremos posibles y de contemplar al mismo tiempo dos abismos, uno encima de nosotros, el abismo de los grandes ideales, y otro debajo, el abismo de la decadencia más ruin y nauseabunda”. El desenlace fatal lo anticipa Aliosha en los primeros compases de la novela: “Mis hermanos me están arruinando la vida, lo mismo que mi padre. Y de paso se la arruinan a los demás. Es esa “fuerza telúrica de los Karamázov” (…) telúrica y desenfrenada, sin desbastar… Ni siquiera sé si el espíritu divino flota sobre esta fuerza”.

No puedo añadir nada que no se haya dicho sobre esta novela. Ninguna valoración más acertada que las que ya han hecho otros autores como Virginia Woolf, Kafka, Freud, o incluso Albert Einstein quien llegó a afirmar que había aprendido más de Dostoievski que de cualquier otro pensador científico. Ese es el alcance de este novelón sobre el alma humana. Un texto que destaca por algunas innovaciones para la época, como el narrador omnisciente o el tratamiento del lenguaje dotando a cada personaje de una forma de expresarse según su personalidad. Ya lo dije el año pasado y me repito, “verano de tochos, verano de gozos”, y Los hermanos Karamázov es una oportunidad posiblemente inigulable para pasar un verano fascinante acompañado de uno de los autores más respetados de la historia de la literatura y una de sus obras maestras.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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