Reseña de Infelices de Javier Peña

Una fiesta sin fuegos artificiales

Aquí vengo con uno de los must de finales del año pasado. Salió en octubre y, desde entonces, Infelices no ha parado de cosechar éxitos y buenas críticas. Javier Peña se ha estrenado en esto de la narrativa con una novela plagada de reconocimientos. Blackie Books sigue demostrando buen olfato para editar libros que tengan buenas acogidas. Pero yo voy a ir a contracorriente.

Infelices es la historia de un grupo de amigos de la universidad vista desde su madurez. El suspense narrativo —uno de los dos, el otro es desvelar una paternidad— está en saber quién es el fallecido. Tres chicos y una chica, amigos de la Facultad, conforman el Círculo de Viena y adoptan como seudónimos (Karl, Hans, Rudolph y Moritz) los nombres de los miembros del Círculo original. Los contemplamos desde la actualidad, separados sus caminos, embarrándose más y más en la insatisfacción e infelicidad. Hans de ellos es un asesor político redactor de discursos. Moritz, un escritor dedicado a ser indiscreto con la vida de los demás y no saber vivir la suya. Karl es madre soltera con una hija que, a ratos, le parece un alienígena, y el Rudolph es un reportero promiscuo enfrascado en un reportaje sobre asesinos. A esos cuatro amigos se les une en la narración Marga, una enferma de cáncer, optimista triste, que resiste a la vida con conciertos, gin-tonics y polvos indiscriminados. Es éste el mejor de todos los personajes que nos sirve Peña, cuya voz se diferencia de los otros y que uno echa de menos que tenga más peso o toda una novela para ella sola y lo que Marga genera, atrae y repele a su alrededor.

Le concedo a Peña algunos méritos y algunos destellos prometedores. Me resonaron ecos de Trueba, Butler, Hornby y el Cortázar de Rayuela (quitando al genio de Cortázar hay algo del Club de la Serpiente). Pero me supo a poco. Acierta con el humor gallego y le sobran detalles médicos escatológicos en la segunda parte (Tánatos). Creo que Peña ha escrito una novela pensando en atraer a una generación, quizás los nacidos en los 70 y los 80, que nos sentimos identificados con sus referencias musicales. Pero esto ya lo consiguieron David Trueba (en el caso español) [este post tiene tiempo y es de cuando aun no tenía el blog, perdonad] y, sobre todo, Nick Hornby (en el ámbito internacional) con más nervio e instinto literario.

Lo recomendaré sin entusiasmo, “no está mal”, y quizás a lectores que aún no hayan leído a los maestros en los que creo que se inspira Javier Peña y que acabo de hacer referencia. Todo esto sin quitarle ningún mérito, pues Infelices es una novela entretenida, sencilla de leer, cercana en los referentes y sin grandes aspavientos narrativos. Una novela para pasar el rato que quizás no llegue a marcarnos, pero que está destinada a completar la estantería de un género que no suele fallar ni desencantar a nadie.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

 

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