Reseña de El enfermero de Lenin de Valentín Roma

Una historia de amor filial y amor político.

 

Las recomendaciones de Tipos Infames siempre hay que tenerlas en cuenta. Tuvieron que insistir dos veces para que me acercara a este libro de Valentín Roma, pero lo devoré en un viaje de avión. El mismo autor tiene otros dos libros editados en Periférica a los que seguro me acercaré después de tan grata experiencia con El enfermero de Lenin: Rostros y Retrato del futbolista adolescente.

El enfermero de Lenin es la historia de un padre y un hijo. La relación del hijo con su padre que se ve trastocada cuando el segundo enloquece tras una operación en la que la anestesia le afecta a su visión del mundo. El padre despierta de la operación pensando que es Vladímir (con tilde en la primera i) Illich Uliánov, Lenin. En la narración se van mezclando situaciones del presente durante la hospitalización del padre y situaciones en el pasado que, de una u otra forma, marcaron la personalidad y la visión –política– del mundo de nuestro protagonista. Para mí el libro tiene algunos aciertos.

El primero tiene que ver con las continuas referencias culturales que nutren y enriquecen la historia. Por ejemplo, para ubicar temporalmente un recuerdo de su pasado, “durante dos inviernos seguidos, entre 1958 y 1960, al mismo tiempo que el gobierno revolucionario cubano firmaba la Ley de la Reforma Agraria y mientras moría Albert Camus, mi abuelo subió cada mañana, solo y enloquecido, por aquella cuesta del Jaral que luego leí en los poemas de Ángel Crespo”. Es una capacidad envidiable para imbricar referencias culturales en un texto que no las necesita, pero luego tampoco sobran. Otro ejemplo, las referencias literarias como cuando se refiere a John Berger, “tengo distintos amigos que sostiene la misma teoría acerca de Berger, dicen que el arte contemporáneo le estropeó la mirada pero no consiguió malograrse esa escritura perfecta y musical, hecha de interrogantes oportunos y pequeños jeroglíficos desvelados en el instante preciso. Siguiendo este argumento, quizás para ratificarlo, mis compañeros prefieren sus primeros libros, aquellos que hoy podrían calificarse de marxismo lírico”, o las referencias cinematográficas cuando se refiere a película que le marcaron “Mi Idaho privado, la película de Gus Van Sant sobre la vida de dos chaperos filosóficos, uno de ellos enfermo de narcolepsia” o cuando recurre a figuras cinematográficas para hacer reflexiones sociales, “Y en el fondo, ¿no es la “distinción” el macguffin de las clases medias sentimentales, su principal quimera y su más histriónico autorretrato?

El segundo acierto es el humor.  La narración está salpicada de toques de humor, a veces más intelectual, a veces más sarcástico y a veces más vulgar. En todos los casos funciona. Por ejemplo, destaqué una situación durante la hospitalización de Lenin, “por fin se abre la puerta de la habitación 315 y sacan a Lenin en silla de ruedas, se lo llevan para hacerle unas pruebas rutinarias, no saben por qué tiene tanta fiebre y la tensión tan alta. “Ahora vengo y te explico algo importante sobre el campesinado parcelario”, me dice mientras les acompaño hasta el ascensor. Un cura sale del lavabo y se cruza con nosotros, Lenin le llama “pajarraco” y trata de lanzarle un salivazo que se queda colgando en la comisura de sus labios. Por suerte nadie se ha dado cuenta”.

El tercero es la reflexión sobre el paso del tiempo y cómo afectan las relaciones a las personas. Hay un pasaje muy bonito hacia el final del libro donde el protagonista reflexiona sobre la situación que ha vivido su padre y se da cuenta de que “nadie resiste un interés excesivo, todos necesitamos limpiarnos con baños de ignorancia, sin ellos se malgasta ese fragmento de excepcionalidad que cada uno empuja y en el que cada cual se regodea a veces, para hablarle a los demás”. O por ejemplo, en el momento en que exterioriza cómo se ha ido forjando la relación con su padre, con Lenin, “pasé casi toda mi infancia entre el miedo y la sobreprotección, entre la vehemencia y el arrepentimiento. Dicen que esto les sucede a los primogénitos, a esos primeros hijos en quienes sus padres depositan numerosas expectativas, una especie de misión injusta, desmesurada y extravagante, que tiene como contrapartida la sospecha de no estar nunca a la atura, el terror por no cumplir con cierto designio que otros habían diseñado a mi imagen y semejanza para el futuro”. Los que seáis hermanos mayores os sentiréis identificados con esta idea. Seguro.

El cuarto y último acierto, the last but not least, es la recuperación de los extractos del libro de Lenin Sobre el amor que en realidad se trata de una performance editorial donde Gabriel Mejía Abad sustituye la palabra “Estado” por “Amor” en una serie de conferencias de Lenin. Me parece un ejercicio magnífico, digno de ser leído por cualquier persona interesada por la Politología o la Sociología.

Estamos, en definitiva, ante un texto absorbente, profundamente interesante, casi artesanal, trabajado, pensado y muy bien plasmado. Se percibe el ejercicio del escritor, esa destreza por ir contando una historia a la vez que la enriquece con otros recursos que funcionan muy bien (y a los que acabo de referirme). El enfermero de Lenin es un libro del amor a un padre, del amor fraternal, del amor paterno – filial, de la vejez y de cómo los hijos asumimos nuevos roles con nuestros padres cuando estos se hacen mayores (hay un pasaje en el que el hijo le tiene que limpiar el culo al padre, este se ruboriza y el hijo le recuerda la de veces que se lo tuvo que hacer él cuando era pequeño). Una oportunidad para pasar una tarde estupenda con una historia bonita, amable y tierna, sin perder la crudeza de la vejez, de la enfermedad o del paso del tiempo. Un libro para disfrutar.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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