Una historia escrita por un ganador que perdió mucho más de lo que ganó.

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‘El simpatizante” empezaba a pesarme en la lista de pendientes (esa torre que sólo crece y que por cada libro que quito, pongo tres…). Así que lo empecé sin mucho entusiasmo, pero me ha sorprendido. No sé qué criterios se utilizan para dar el Pulitzer, pero seguramente sea merecido. La forma de narrarlo (como una confesión una vez que lo han detenido), y los recursos narrativos de dividir su persona o hablar con los muertos, están muy bien tratados.

El libro cuenta la historia de un espía norvietnamita en el Vietnam del Sur durante y después de la guerra. No está centrado en sus hazañas, no tiene nada que ver con James Bond o Jason Bourne. De hecho, es la antítesis de ambos. El protagonista es un hombre de fuertes convicciones políticas que intenta compatibilizar con una ética más o menos asumible. Algo totalmente imposible en sus circunstancias, y él mismo lo asume, “por mucho que hubiera sido decisión mía vivir dos vidas y tener dos mentes, lo difícil habría sido no hacerlo, teniendo en cuenta que la gente siempre me ha llamado bastardo”.

Su lectura sobre la guerra, la división, la política, la estrategia, el ejército, el espionaje, es ingeniosa y muy lúcida. Es plenamente consciente de sus circunstancias y de las de su pueblo:

“Nosotros no habíamos elegido que los franceses nos denigraran, ni que nos dividieran en una impía trinidad de norte, centro y sur, ni que por fin nos entregaran a los grandes poderes del capitalismo y el comunismo para que éstos nos siguieran partiendo por la mitad y luego nos dieran los papeles de ejércitos enfrentados en una partida de ajedrez de la guerra fría librada por hombres blancos trajeados y falsarios en salas con aire acondicionado”.

Dibuja muy bien los dos mundos enfrentados (bloque comunista vs bloque capitalista) y las formas de control social que tenían. Lo ejemplifica perfectamente en aspectos como el cine, la literatura, y otros, “el arte y la literatura también podían ser instrumentos de dominación. El arte no se podía separar de la política y la política necesitaba arte a fin de llegar a los lugares donde vivía la gente, por medio del entretenimiento“. Por ejemplo, en un momento determinado de su vida lo llevan de asesor de una película de Hollywood a rodar una película bélica sobre la guerra y el protagonista reflexiona de la siguiente forma:

“Me sacaba de mis casillas mi indefensión ante la imaginación y las maquinaciones del Cineasta. Su arrogancia señalaba algo nuevo en el mundo, porque aquélla era la primera guerra en la que los perdedores iban a escribir la historia en lugar de los ganadores, cortesía de la maquinaria propagandística más eficiente que había existido nunca (con todos los respetos s Joseph Goebbels y a los nazis, que nunca habían alcanzado la dominación global)”. 

Acorde a sus principios, prefiere la dominación rusa y sus formas:

“El vodka era una de las tres cosas exportables que fabricaba la Unión Soviética, sin contar a los exiliados políticos; las otras dos eran las armas y las novelas. Una novela rusa del siglo XIX y un vodka se hacían perfecta compañía. Leer una novela mientras dabas sorbos del vodka legitimaba la bebida, mientras que la bebida hacía que la novela pareciera mucho más corta de lo que era en realidad”.

La bicefalia propia del espía, está muy resuelta hasta el punto de agobiar al lector. A nuestro protagonista le toca lidiar con generales, con espías, con familias, con compañeros, con sus enlaces comunistas…sin volverse loco, y sin ser un ser violento “Yo, para empezar, soy una persona que cree que el mundo sería un lugar mejor si la palabra asesinato nos hiciera balbucear tanto como la palabra masturbación”.

Pero le detienen (no es spoiler, el libro empieza descubriendo esto mismo), le someten a unas terribles torturas, y es en esas torturas donde la reflexión y la crítica políticosocial crece de manera brillante hasta una explosión brutal al final del libro. Los monólogos que tiene el protagonista con sus captores y con él mismo le llevan a replantearse todo, y se da cuenta de que su vida se forjó en un vacío que se llenó con corrupción, muerte, dominación y miseria:

“Ahora ellos estaban todos muertos y nosotros básicamente también. Igual que ellos, nosotros lo habíamos sacrificado todo, incluyendo nuestras vidas, y ahora ya ni siquiera poseíamos el taparrabos de la fe. Todavía conservábamos el sentido del humor, sin embargo, y si uno lo pensaba de veras, si uno le ponía un poco de distancia y una pizca de ironía, podía reírse de aquella broma que nos habían gastado, a nosotros, que tan dispuestos habíamos estado a sacrificarnos a nosotros mismos y a los demás”.

Las torturas le llevan prácticamente a la locura, “el dolor se termina pero la consciencia no, por lo menos hasta que la mente se pudre del todo. ¿Y cuándo me va a pasar eso a mí, el hombre que tiene dos mentes?“. En esta aparente locura el protagonista encuentra la lucidez, y se hace preguntas, “¿Qué hacen quienes combaten a los poderosos cuando obtienen el poder? ¿Qué hace el revolucionario cuando la revolución triunfa? ¿Por qué quienes invocan la independencia y la libertad le roban esa independencia y esa libertad a los demás? ¿Y acaso es una locura o bien es sensato creer (…) en la nada?“. En cierta forma se las contesta,

“No solamente somos revolucionarios, sino también simpatizantes, lo cual implica un grado de compasión. Hace falta compasión para hacerse uno revolucionario, ese que siente el sufrimiento ajeno. Pero en cuanto se hace revolucionario ya no puede sentir compasión, porque el revolucionario no puede sentir nada hacia la gente a quien le tiene que hacer cosas, ¿verdad? Lo que distingue a un simpatizante de un revolucionario es lo mismo que distingue la emoción de la acción, al pensamiento del acto, al idealismo de sus consecuencias”.

Es un thriller muy entretenido, una historia cargada de componentes psicológicos, de reflexiones brillantes, de razonamientos complejos cargados de verdad. Una forma de hacer frente a la impuesta visión americana de la guerra de Vietnam, una forma de recordar que la brillante película de Coppola tiene es una visión sesgada y reconfortante para el perdedor, pero impregnada de insensatez, testosterona y brabuconería.

Os animo a leerlo, creo que os hará pasar buenos ratos y aprenderéis mucho sobre la Guerra de Vietnam y sus implicados.

 

¡Nos vemos en la siguiente reseña!

 

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