Reseña de Revolución de Hugo Gonçalves

La familia como reflejo de un país

Los acontecimientos históricos no tienen un único desencadenante (ni siquiera el asesinato del archiduque), ni surgen abruptamente. Suelen ser una concatenación de casualidades, decisiones atrevidas, inconscientes, enfados macerados en eternas injusticias… desde luego que hay hitos, momentos que nos permiten situar y poner fechas a la Historia, pero incluso esos momentos están llenos de dudas y suelen ir acompañados de excesos, de luchas por ocupar el espacio que ha quedado libre y, sobre todo, de la difícil tarea de construir algo nuevo. La Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974 forma parte del imaginario europeo como una de esas estampas casi perfectas: soldados, ciudadanos y flores en los fusiles poniendo fin a una dictadura de casi medio siglo. Pero ¿qué ocurrió antes? ¿Y, sobre todo, qué pasó después? Revolución de Hugo Gonçalves, publicada originalmente en Portugal en 2023 y editada en castellano por Libros del Asteroide en 2025 con traducción de Rita da Costa, responde a esas preguntas sin dejar nunca de ser, ante todo, una magnífica novela. Y digo magnífica con pocas dudas: hacía tiempo que no encontraba un libro en el que prácticamente todo funcionara tan bien.

La novela sitúa la historia en los últimos años del Estado Novo y acompaña a Portugal desde los estertores de la dictadura hasta el proceso revolucionario abierto en abril de 1974 y la progresiva consolidación democrática. Para hacerlo escoge a los hermanos Storm, una familia acomodada vinculada a un hotel de Cascais. Maria Luísa es una militante comunista obligada a vivir en la clandestinidad; Pureza aspira a la seguridad de una existencia tradicional; y Frederico, el pequeño, prefiere la música, las mujeres, la diversión y encontrar alguna manera de evitar el servicio militar. Tres hermanos que se quieren, se necesitan y apenas logran comprenderse, y tres posiciones desde las que observar un país que comienza a cambiar a una velocidad vertiginosa.

Porque Revolución es una novela familiar, pero la familia Storm acaba inevitablemente arrastrada por la Historia. Y quizá ahí esté la primera gran decisión de Gonçalves, no explicar una revolución desde los grandes despachos ni convertir a sus personajes en simples excusas para impartir una lección de historia. La política entra en las casas, se sienta a la mesa, rompe matrimonios, distancia a los hermanos, condiciona los deseos, el trabajo, el sexo, la maternidad o la forma de entender la libertad. El propio autor, en una entrevista con El País, explica que quería escribir sobre la familia como ese espacio de enorme proximidad y, al mismo tiempo, de profunda incomprensión, hasta descubrir mientras escribía que tanto la familia como Portugal eran seres vivos en plena transformación. Esa correspondencia entre lo íntimo y lo colectivo es uno de los grandes aciertos de la novela. Utilizar una familia para contar la historia de un país no es un recurso nuevo: lo hicieron Lampedusa con los Salina en El Gatopardo, García Márquez con los Buendía en Cien años de soledad o Isabel Allende con los Trueba en La casa de los espíritus. Más cerca, David Uclés construyó La península de las casas vacías alrededor de una familia cuya fractura termina reflejando la de toda España durante la Guerra Civil. Gonçalves parte de una idea semejante, aunque su apuesta es mucho más contenida: frente al carácter expansivo, coral y casi mítico de Uclés, concentra la mirada en tres hermanos y en unos pocos años decisivos. Los Storm no representan de forma mecánica las distintas posiciones del Portugal revolucionario, pero sus desencuentros, sus deseos y sus distintas maneras de entender la libertad convierten a la familia en un pequeño espejo del país.

Otro acierto es la manera en que Gonçalves desmonta esa imagen casi congelada que muchos tenemos de la Revolución de los Claveles. Yo conocía, naturalmente, el 25 de abril, la caída de la dictadura y las imágenes que han terminado simbolizando aquella jornada, pero sabía mucho menos de los años inmediatamente anteriores y, especialmente, de lo sucedido después. Revolución permite comprender que el final de una dictadura no trae consigo una democracia ya construida. Portugal tuvo que atravesar un periodo extraordinariamente convulso, con gobiernos que se sucedían, conflictos sociales, nacionalizaciones, ocupaciones, enfrentamientos ideológicos y grupos situados en unos extremos políticos que contemplaron la violencia como una herramienta legítima. Durante meses, el país osciló entre la ilusión de construir una sociedad nueva y el miedo real a que todo terminara desembocando en una guerra civil. Gonçalves logra explicar esa complejidad sin convertir nunca la novela en un manual. Y eso es dificilísimo. Porque Revolución tiene más de quinientas páginas, muchos personajes, acontecimientos históricos reales y varias tramas que avanzan simultáneamente, pero nunca transmite sensación de exceso. Al contrario, está extraordinariamente medida. Las escenas más duras no se prolongan buscando conmocionar al lector; las partes históricas aparecen cuando son necesarias; el humor entra justo cuando la narración necesita aire; las historias personales nunca desaparecen debajo de la política y la política jamás queda reducida a simple decorado. Todo funciona como un reloj. Gonçalves sabe cuándo acelerar y cuándo detenerse, cuándo hacer sufrir a sus personajes y cuándo permitirnos reírnos con ellos. Incluso en los momentos más sombríos encuentra espacio para un comentario, una situación absurda o una ocurrencia de Frederico capaz de cambiar el tono de una página.

Pero sería injusto quedarse únicamente con la arquitectura de la novela. Gonçalves escribe francamente bien. Su prosa es limpia y tremendamente eficaz, pero de vez en cuando introduce una comparación, una descripción o una imagen que obliga a detener la lectura durante unos segundos. Son esos destellos de brillantez literaria que aparecen sin exhibicionismo y que hacen todavía mejor un libro que podría haber sobrevivido solo gracias a su trama. A ello se suma la música, especialmente ligada a Frederico —jazz, rock y canciones que acompañan su forma de mirar el mundo—, y una capacidad notable para construir personajes contradictorios, capaces de hacer cosas admirables y miserables casi en las mismas páginas. Aquí tampoco hay demasiada comodidad para el lector, las ideologías ayudan a explicar a los personajes, pero nunca consiguen explicarlos por completo porque muchas veces los marcos ideológicos suponen contradicciones y enseñan las vergüenzas de unas vidas que no se pueden encorsetar en un ideario de partido. Y eso resulta especialmente interesante cuando hablamos de una novela sobre una dictadura y una revolución. Gonçalves se resiste a convertir el pasado en una lucha sencilla entre personajes buenos y malos. No porque diluya responsabilidades —la represión, la tortura y la violencia del Estado Novo están ahí—, sino porque entiende que las dictaduras necesitan algo más que unos pocos monstruos para sobrevivir durante décadas. En la entrevista concedida a El País habla precisamente de la banalidad del mal y del colaboracionismo de quienes terminan aceptando la opresión porque resistirse tiene un coste demasiado alto. Es una idea incómoda y mucho más interesante que cualquier recreación heroica del pasado. Por eso también me parece una novela profundamente política sin necesidad de convertirse en una novela doctrinaria. La libertad que llega el 25 de abril no significa lo mismo para Maria Luísa, Pureza o Frederico, del mismo modo que tampoco significaba lo mismo para los distintos sectores de la sociedad portuguesa. Derribar una dictadura podía unir durante unas horas a un país, pero decidir qué hacer al día siguiente era bastante más difícil. Y ahí está seguramente una de las lecciones más valiosas del libro: la democracia no aparece espontáneamente cuando cae un dictador. Hay que construirla, negociarla, protegerla y aceptar que quienes viven dentro de ella no van a querer necesariamente las mismas cosas. Medio siglo después no parece precisamente una reflexión menor.

Revolución recibió en Portugal el Premio Literario Fernando Namora y se convirtió en uno de los grandes éxitos recientes de su literatura. Después de leerla resulta fácil comprenderlo. Hugo Gonçalves ha escrito una gran novela histórica, una estupenda saga familiar y, al mismo tiempo, un relato sobre la libertad, la ideología, los afectos y las consecuencias de nuestras decisiones. Pero, sobre todo, ha escrito un librazo. De esos en los que las quinientas páginas parecen exactamente las que tenían que ser, porque no sobra una trama, no falta una emoción y cada pieza acaba encontrando su sitio. Alucinante por momentos, dolorosa en otros, divertida cuando menos lo esperas y, finalmente, también muy bonita. Todo funciona. Y cuando en una novela funciona absolutamente todo, no queda mucho más que pedir, solo nos queda disfrutar de su lectura.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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