Reseña de Orquesta de Miqui Otero

Entretenidísima novela que no llega a donde quisiera

Tras casi tres semanas desaparecido vuelvo por estos lares retomando las reseñas. Este mes todavía serán de libros leídos en 2025, pero primero un accidente (mi mano derecha empieza a estar ahora operativa) y después el nacimiento de nuestro hijo (bienvenido G5) me han tenido alejado de los terrenos de juego literarios y blogueros. Y retomo con un libro curioso, Orquesta de Miqui Otero editado por Alfaguara y publicado en 2024. De Otero aquí ya hemos reseñado Rayos y Simón. Creo que sigo quedándome con Rayos aunque, como veremos ahora, hay algunos artefactos de Orquesta que funcionan guay.

Orquesta trascurre en Valdeplata, un pueblo gallego que amanece después de la verbena de verano. Sobre el prado, cadáveres de estorninos, un billete rasgado, una bicicleta roja, una piruleta rota, sangre en una zapatilla. La Orquesta tocó toda la noche y niños, jóvenes y viejos bailaron las mismas canciones guardando secretos distintos. Los guardaba el Conde, anciano que podía morir en cualquier momento (y con él un mundo antiguo de magia y miedo). También Ventura, camionero que sacó por fin su vestido de lentejuelas, o Placeres -quizás mi personaje favorito-, soñando venganza y amores prohibidos. Bailaron y bebieron y parecía que podían entenderse antiguos amantes, enemigos mortales, jóvenes perdidos. Nadal Suau en Babelia explica que en esta ocasión (como novedad frente a sus anteriores novelas) Otero “escoge una voz narrativa realmente sugerente para vertebrar una especie de plano secuencia a lo Berlanga, con personajes entrando y saliendo de foco, cruzándose y acumulándose a lo largo de una noche de verbena de pueblo. Esa voz es la Música que toca esa orquesta del título”. Sin embargo, esta señalada virtud del libro es al mismo tiempo su principal fracaso y es que no llega a lograr la polifonía orquestal de las voces y los personajes. Suau lo escribe así “digamos que la banda no llega a sonar como tal, sino como un encuentro de voces, recursos e imaginarios reconocibles, incluso admirables, pero, ay, que no llegan a injertarse del todo los unos en los otros”. Os recomiendo ir cogiendo apuntes de los personajes, porque los iréis completando desde diferentes prismas, momentos y situaciones; pero, por ejemplo, no terminaréis de aclararos sobre quiénes son los padres del niño de la bici.

Más allá de esta crítica -que es cierto que no conseguirás desprenderte de ella durante la lectura porque es exigente con el lector-, es un libro tremendamente entretenido. Leerás sin parar, queriendo completar el puzle de historias y personajes. Yo seguiré intentando creerme a Otero, porque consigue enganchándome en algunos momentos con destellos geniales, pero no pierde un cierto tufillo a escritor maldito de pacotilla.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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