Reseña de La caída de Madrid de Rafael Chirbes

Chirbes se detiene en el 19 de noviembre de 1975 y lo exprime maravillosamente bien

En este blog dedicamos tiempo a leer textos muy distintos, pero hay veces que los temas se repiten sin razón aparente. Si hace unas semanas nos detuvimos en el 19 de agosto de 1936, ahora lo hacemos en el 19 de noviembre de 1975, concretamente 39 años y 3 meses después. Y lo hacemos de la mano de Rafael Chirbes y La caída de Madrid, editado en el año 2000 por Anagrama. Mi segundo Chirbes, y no será el último (estoy reservando Crematorio, dicen que es el mejor).

Sobre La caída de Madrid el propio Chirbes decía que, con todas las dudas, su mejor obra era este retablo roto formado por un comisario de la brigada político-social, un empresario enriquecido con el estraperlo, un universitario progre con mala conciencia de clase o un trabajador del metro que conoce en la cárcel a un abogado leninista que se las sabe todas. Estos personajes gestionan sus dudas y sus incongruencias ideológicas y materiales en un momento delicado, el 19 de noviembre de 1975, con Franco deshaciéndose en el Hospital de la Paz (sí, deshaciéndose, el cabrón tuvo tiempo de morirse lento y tranquilo).

Las novelas que transcurren en un solo día me fascinan. Todas tiran de recursos parecidos como las elipsis o el típico entramado de personajes de los que poco a poco vas descubriendo sus aristas a través de la narración de los demás, pero siempre funcionan. El lector que no tiene prisa por el avance de la historia disfruta mucho de estas novelas. Además, Chirbes sabe que tú conoces este día, lo que pasó antes y lo que pasó después, así que puede detenerse en la vida de los personajes y en lo que más le interesa: sus dudas y sus incertidumbres en ese día que seguramente transcurrió a cámara lenta. Incluso podríamos decir que los personajes son lo de menos, al terminar el libro la sensación es que el propósito de Chirbes no era otorgar protagonismo alguno a los sujetos individuales, sino subrayar su pertenencia a una colectividad, a esa colmena de Cela. Una colmena que se mueve nerviosa y desconfiada. Pero esa colectividad aparece nítidamente para el lector al final del libro. Por el camino, las individuales son importantes y según Ricardo Senabre en El Cultural, ahí es donde brilla Chirbes: “[lo más interesante y valioso del libro reside] en la intensidad de los retratos que desfilan por sus páginas. Cada uno de los veinte capítulos de la novela se organiza en torno a un personaje y, aunque la narración se sirve invariablemente de la tercera persona, existe en cada caso una evidente solidaridad entre la psicología y el modo de ser del personaje y los caracteres del estilo y del lenguaje que dominan en el capítulo. No nos hallamos, pues, ante un narrador omnisciente que sólo atiende a las diferencias entre los personajes cuando estos dialogan, sino ante un conjunto de narradores virtuales capaces de adoptar en cada situación narrativa la perspectiva, la visión del mundo y la peculiaridad expresiva del personaje cuyas acciones acompañan. En este sentido, Chirbes acredita una maestría de escritor y un instinto idiomático que lo sitúan en un nivel artístico superior”. Entre todos los personajes creo que me quedo con los femeninos y con Chacón, el profesor exiliado que no reconoce la España de 1975 y que deja una de las mejores reflexiones del libro, (y quizás de las más repetidas por los testimonios de los exiliados), “Yo creía que España se había paralizado a la espera de que volviéramos, que todo seguía igual, con un vacío en algún lugar que nosotros llenaríamos, pero no, no es así. España ha cambiado, ya no es nuestra, es de ellos. Quién crees tú que puede. Hay una juventud, una juventud que han formado ellos, que es parte de ellos aunque se les oponga. Son los anticuerpos que ellos mismos han creado para salvarse cuando enfermen de verdad, la vacuna para que el país siga siendo suyo. Esta España de ellos no me interesa para nada. Que se la queden y les aproveche”. Poco más avanzada la conversación Chacón nos regala una frase dilapidaría, “los antifranquistas de los que me hablas son herederos de Franco. Lo odian como se odia al padre”; con la perspectiva que dan los años, diríamos que Chirbes, a través de Chacón, sabía de lo que hablaba (de hecho, Chirbes publica la obra en el 2000 y muere en el 2015, así que juega con ventaja).

La novela es de lectura infinita. En cada relectura sacaremos matices nuevos. Tendremos tiempo de sorprendernos con frases como aquella de que “un guardia sin Dios es un espía ruso” o la reflexión final de Quini, vagando por las calles de Madrid, cuando repasa su vida, su historia familiar, su compromiso militante, y se detiene en los vacíos que se tapan, “era curioso. Había cosas que no se podían preguntar nunca, y lo que no se podía preguntar nunca era lo único que de verdad habría que saber, porque eran los cimientos que sostenían las cosas”. Así era España, así éramos los españoles, así se construyen las dictaduras, a base de silencios. Y así cayó Madrid, sumida en el silencio de la duda, de la incertidumbre, ese instante en el que la pelota pasa la línea de gol y aun no has saltado a gritar (lo que Cercas retrató tan bien en el 23F); así calló Madrid. Y luego vino el júbilo democrático, pero las semillas que enfadan a Chacón están plantadas y algunos silencios se mantienen (el maravilloso documental de El silencio de otros es un buen ejemplo).

Volviendo al libro, en palabras de Santos Alonso de Revista de Libros, “La caída de Madrid es una novela histórica en el sentido marxista del término, ya que narra una ficción verosímil que analiza y explica un tiempo histórico concreto y presenta a un conjunto de personajes enfrentados al último día del franquismo, cuyas aptitudes y formas distintas de ver la realidad van a configurar los cambios históricos que desde entonces se han producido en la sociedad actual. Es la literatura concebida como hecho social que nace en una sociedad determinada y revierte en esa sociedad para despertar su conciencia acomodada o subvertir sus esquemas de pensamiento”. Leed a Chirbes. Es una garantía de buenas historias, de personajes profundos, de relecturas infinitas, en definitiva, de ratos de buena literatura.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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