Reseña de El final de la aventura de Antonio García Maldonado

Un acertado ensayo sobre la necesidad de participar individualmente en el ensanchamiento de los horizontes colectivos

Me gusta que me hagan pensar. Que me obliguen a plantearme aspectos de mi entorno próximo o planetario que daba por hechos o sobre los que nunca me había detenido. Me gusta que un estímulo cultural cambie la dirección de mis reflexiones y esto es lo que ha conseguido El final de la aventura de Antonio García Maldonado. Un ensayo que celebra los logros del progreso y alerta de algunas derivas, una oportunidad para pensar hacia dónde vamos como sociedad y qué podemos aportar como individuos a esa aventura colectiva.

Porque una cosa está clara: necesitamos aventuras. Según García Maldonado, una aventura es una empresa individual con la que, sin pretenderlo, ensanchas los horizontes colectivos. (“That’s one small step for man, one giant leap for mankind.”). Sin embargo, no sabemos dónde están esas aventuras. Sostiene el autor que la sociedad tiene la percepción de que aquello que falta por conocer o saber es demasiado complicado para que uno tenga un lugar en esa aventura, “El conocimiento, por causa de su profundidad y complejidad, se ha convertido en una creencia para la inmensa mayoría, una inercia que ahora se agudiza porque cada vez abarca más aspectos de nuestra vida cotidiana”. García Maldonado pone el ejemplo de la física cuántica y se refiere a ella como “la teología de lo cuántico” cuando tenemos que creer que una partícula puede estar en dos sitios al mismo tiempo. Casi estoy de acuerdo con García Maldonado y con Pasteur cuando el segundo afirmaba que “un poco de ciencia nos aparta de Dios. Mucha, nos aproxima a Él”. Esta imposibilidad de participación genera parálisis. En este sentido, el autor defiende el papel que juega la ignorancia en el futuro, la ignorancia ha sido un motor a lo largo de la historia porque cristalizaba en promesas. Para poder salir de la parálisis, el autor cree que es importante poner en duda que el futuro está ya fijado por los algoritmos o el big data, “hay que luchar por un espacio de autonomía personal frente a la percepción de que el futuro ya está fijado. Hemos entrado en una dinámica de pronósticos y vaticinios sobre futuros cerrados que casa mal con las sociedades libres”.

Hay otro hilo argumental con el que me siento cómodo. El autor defiende que la desigualdad influye en el horizonte colectivo, “si queremos que la profundidad y la complejidad del conocimiento sean compatibles con la cohesión social necesitamos un sistema educativo reforzado, democratizado y atento a las desigualdades de origen”, es decir, el saber hay que compartirlo. García Maldonado reconoce que la idea no es nueva, pero no sobra, porque el conocimiento hiperespecífico es demasiado complejo y por lo tanto se requieren más años de formación para tener un conocimiento mínimo a partir del cual estar en la vanguardia del conocimiento. Esto es un éxito, pero necesitamos elevar el punto de partida de todos. Ahora mismo tenemos una élite que sigue vinculada con la aventura y una mayoría que ha perdido el hilo y se entretiene jugando al Candy Crash o viendo compulsivamente series de Netflix.

El análisis es acertado, pero García Maldonado da algún pasito más. Según este autor, una forma de salir de la parálisis sería encontrar un nuevo incentivo. Ese incentivo debe orientarse hacia la idea de lo común y la responsabilidad social sobre lo común; y, considera el autor, se puede concretar en la lucha contra el cambio climático y la conquista del espacio (porque si no arreglamos nuestro planeta, nos tendremos que buscar otro). La aventura de hacernos cargo de nuestro futuro, según el autor, “lo relevante de cara a la definición de aventura aquí expresada es el potencial de la lucha contra el calentamiento global para imbricar la iniciativa individual con el propósito colectivo en una relación que no exige renuncia de libertad, sino su refinamiento. Y cómo todo eso repara y ensancha el horizonte compartido”.

El final de la aventura permite pararse a reflexionar sobre nuestra deriva como colectividad. Es una oportunidad para detenerse sobre algunas ideas que, si conseguimos que sean compartidas, estaremos en condiciones de volver a ilusionarnos con las aventuras. De momento, os propongo que salgamos a la montaña sin mirar la predicción del tiempo; vivamos en espacios de incertidumbre, vivamos aventuras. Si los grandes exploradores hubieran tenido toda la información que tenemos ahora, no habrían salido de casa porque muchos murieron en el intento, pero lanzándose a la aventura ensancharon los horizontes colectivos, algunos incluso literalmente. La predicción del tiempo del móvil paraliza nuestra aventura. Vivimos en una sociedad que tiene aversión al riesgo, al error, al fracaso… así no saldremos de la cueva platónica en la que seguimos y unos pocos seguirán manejando las sombras que nos mantienen recluidos.

El final de la aventura es una oportunidad para, al menos durante los ratos de lectura, pararte en el camino y pensar sobre lo que te rodea. Pensar con el autor y divagar contigo mismo sobre cuál puede ser tu aportación a la aventura colectiva. Creo que las circunstancias pandémicas en las que vivimos (y que el autor también recoge, pero a mi esa parte no me ha gustado, creo que nos falta perspectiva para abordar este análisis) estamos necesitados más que nunca de estos horizontes colectivos a los que contribuir, porque o lo construimos entre todos o el mundo no será de todos.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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