Reseña de En la belleza ajena de Adam Zagajewski

Un libro de memorias que se convierte en una amena conversación con el lector

El entusiasmo con el que me recomendaron este libro los infames de la Calle San Joaquín, 3, de Madrid no era exagerado. Solo les reprocho que no me lo enseñaran antes. En la belleza ajena de Adam Zagajewski es un libro de memorias lleno de matices, rincones, detalles, lugares inhóspitos y momentos de encuentro y regocijo cultural. Por todo ello, adquiere la apariencia final de cuaderno de notas personal del escritor, porque en él no solo hay recuerdos, también hay reflexiones, dudas, notas para uno mismo, incluso algún poema.

Adam Zagajewski dedica las páginas de este libro a plantear temas de conversación con el lector. Nos interpelará en asuntos como la poesía (y los poetas), el devenir del mundo, la vida como tablero de juego, la literatura, la pintura, la música clásica, los artistas, la juventud, e incluso asuntos tan difusos como la idea del tiempo, de la totalidad o de la imaginación. En particular, ha habido dos momentos en los que me he sentido más requerido.

El primero de ellos tiene que ver con una clasificación de las personas en función de si son vocales o consonantes, dice Zagajewski, “Personas-vocales y personas-consonantes. Vocales son aquellas que gustan de hablar, de reírse –y al reír, echan la cabeza hacia atrás con energía–, aquellas que nacieron para la expresión. Las personas-consonantes callan generalmente, en sociedad pasan por aburridas, se duermen en el tren. Mas sin ellas no existiría la humanidad; las lenguas se las arreglan mejor sin vocales que sin el tieso y pesado brocado de las consonantes”. Me parece una clasificación llena de sentido. Me gustan las personas consonantes, creo que son las que dan profundidad intelectual.

El segundo tiene que ver con “la infatigable dualidad del mundo, entre la poesía y la prosa”. Afirma el autor, no sin cierto recochineo, “la poesía siempre linda con la prosa. Igual que lo sagrado puede existir solo en confrontación con lo profano”. Pero más adelante reconoce que “la poesía nunca conquista el terreno de la prosa. Pero quizá tampoco la prosa llegará a apoderarse del todo del terreno de la poesía”. Son innegables ambas y deben convivir, así se pregunta “¿Dualidad del mundo? ¿Reparto del mundo entre la prosa y la poesía? ¿No es demasiado fácil? ¿No hubiera sido más importante aspirar a la unificación de la realidad (…)? ¿No habría, a toda costa, que buscar lo que nos une, y no lo que nos separa? ¿No debería elevarse lo bajo, y no resignarse, rendirse y justificar todas las penurias con ese reparto dicotómico? ¿Es que no basta el día y la noche? ¿Por qué cortar, si se puede pegar?”. En su profundo amor y respeto por la poesía, Zagajewski (que es poeta) se deja la piel y la pluma. No escatima en elogios, argumentaciones y ejemplos en los que la poesía salga fortalecida.

El libro está intercalado por algunos aforismos que juegan un doble papel: dan aire al lector y refuerzan algunas de sus tesis recogidas en las largas reflexiones. Algunos de los que más me han gustado tienen que ver con los gatos (“los gatos son como los dioses: aceptan las caricias, pero no las devuelven”), la relación entre la música y la poesía (“¿qué une la poesía y la música? La poesía”), el aprovechamiento del tiempo (“no es tiempo lo que nos falta, sino concentración”), los referentes de cada uno (“un breve instante de libertad: enseguida querrás ofrecérselo a alguien más excelente que tú”), o la importancia de la cultura (“cuidar del mundo: leer un poco, escuchar algo de música”).

Entre todo esto, el autor también encuentra tiempo para invitarnos a pasear con él por Paris y, especialmente, Cracovia. Los paseos por Paris me han parecido especialmente lúcidos, pero creo que yo pongo un sesgo importante sobre una de mis ciudades favoritas y a la que siempre hay que volver (ignorando al maestro Sabina que dice que “en Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver”, ¡viva Sabina y viva Rulfo!). Pero, si hay un protagonista en el libro, en este caso es la ciudad de Cracovia, una patria para el autor. Y esto de las patrias es una constante en el libro pues el autor recurre mucho a ellas. Zagajewski se crió en Gliwice, adónde sus padres fueron repatriados desde la natal Lvov del escritor. Pasaría sus años estudiantiles y posteriores en Cracovia (ciudad en la que actualmente vuelve a residir) para trasladarse en su edad adulta a París pasando también temporadas en Houston. Todas estas patrias asoman, aunque en su mayoría tímidamente, pero es Cracovia la que toma un lugar relevante. Así que, si las patrias también se eligen Adam Zagajewski eligió Cracovia como territorio y la poesía como bandera. La Cracovia comunista, también aquella de pequeños “poetas del bien y de lo cotidiano”, aquellos que “sabían de la existencia de pequeños reductos de vida que habían quedado relativamente libres, y que había que cuidar”. Son los flecos de esa Cracovia los que asoman por los apuntes de Zagajewski porque, como él mismo declara “no fui testigo de la matanza de los judíos, nací demasiado tarde. En cambio, viví el lento proceso de regeneración de la memoria europea, la cual –sin prisa, es verdad, fluyendo más bien como un río de planicie que como un arroyo de montaña– condenó con la mayor severidad el mal del Holocausto y del nazismo, y también, aunque con menos vigor, como no queriendo comprender que es posible tener que habérselas con dos monstruos al mismo tiempo y no con uno sólo, el mal de la civilización soviética”. En esta relación de adoración a la ciudad y de desprecio por el comunismo es una constante en toda la obra. Zagajewski no escatima críticas al régimen comunista de Lenin y Stalin, personalizado en este caso en los líderes comunistas de la República Popular de Polonia.

Se trata de un libro maravilloso, de estructura caprichosa, donde la cronología pasa a un segundo plano y la estructura está marcada por los impulsos del autor. Sin duda, tras leer un ejercicio narrativo como este, uno se ve tentado a cargar el resto de su vida con una Moleskine en la que tenga cabida cualquier pensamiento que sea capaz de contar algo de uno mismo. El talento que demuestra el autor para darle forma de obra cohesionada a esta amalgama de formas de ver la vida propia es admirable. En la belleza ajena es un libro único, de esos tesoros que nos hacen ver cuánta falta nos hacen este tipo de autores que revientan las formas y los estilos demostrando que la esencia se define de otra forma, más allá de los formalismos estilísticos. Os invito a leer esta pequeña joya de papel con la misma vehemencia con la que Gonzalo me la recomendó a mí. Y le estaré eternamente agradecido.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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