Un libro que reflexiona sobre el dolor y la muerte desde el amor y la vida

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La colaboración con Acantilado me sigue dando muchas alegrías. Reconozco que no me esperaba tan buenos títulos de una editorial que yo tenía por algo distante y aburrida. Ahora, tras haber leído suficientes obras como para tener un criterio más formado, creo que tienen textos muy potentes, interesantes, serios, que exigen cierto compromiso en el lector (la mayoría no son para lectores noveles) y con bastante profundidad intelectual. Hoy os traigo El otoño en la casa de los sauces, una novela del autor asturiano Fulgencio Argüelles que no te dejará indiferente.

La novela se compone de tres grupos de personajes. El protagonista de esta historia, Zígor, es un hombre de la alta burguesía, ingeniero naval, dueño de una naviera, felizmente casado con una arqueóloga. Pero no todo siempre ha sido tan idílico para nuestro protagonista, pues en su juventud formó parte de un comando terrorista en la época de la dictadura militar de su país. Ahora, al final de su vida y con un cáncer sin cura que lo arrastra irremediablemente a la muerte, Zígor decide juntar a las personas que formaban ese comando en su casa del campo. La razón que lo lleva a tal empresa no se hace explícita hasta el final del libro. La visión de Zígor es muy particular y no se comparte por ningún otro personaje, ni siquiera por Alma, su mujer que se limita a apoyarle en sus últimos días, “soy el náufrago de tu vida y a la vez la isla que te protege del naufragio definitivo” meditaba Alma.

Argüelles también se recrea en la vida de todas las personas que formaron esta célula terrorista, en sus pasados, sus motivaciones, sus proyectos, sus logros y sus miserias. También en las relaciones que se establecieron entre ellos, amistades, relaciones sexuales, encontronazos, tensiones, jerarquías y reproches. Todo ello a través de un estilo muy particular que permite una lectura fluida y agradable.

Por último, en la casa de Alma y Zígor trabajan una serie de personajes del servicio (jardineros, ama de llaves, cocineras, asistentas, conductor, etc.) con sus relaciones, motivaciones y razones para creer en el futuro y disfrutar del presente. El capítulo 3 enfocado desde el punto de vista de los sirvientes y con un marcado carácter de clase social, es de lo mejor del libro.

La profundidad del texto es asombrosa. La novela es una oportunidad para reflexionar acerca de asuntos como la culpa, el arrepentimiento, la madurez/volatilidad de las ideas, el paso del tiempo y, sobre todo, del dolor (“el dolor de la conciencia o del corazón o del alma (…) ese dolor agudo y global que deriva de la tensión emocional, de pensar en lo que se hizo mal o en lo que no se hizo, de recordar lo que tal vez se hubiera podido evitar, ese dolor de lo que se perdió para siempre y que era el que ahora más atormentaba a Zígor, ése no conseguían adormecerlo los analgésicos”) y la muerte. La muerte es la gran presente a lo largo de todo el relato, en ocasiones como una manera de aprovechar la vida (“no había misterio en la muerte sino en la vida”), como angustia vital (“saber que vas a morir es más duro que morir”) o como reflexión en torno al acto terrorista (“morir es un fracaso, pensó, pero matar es un fracaso más grande”). Juntar a personas adultas, maduras, moldeadas por las injusticias del presente y por la crudeza de un pasado aterrador con intereses a veces convergentes y a veces divergentes, es un recurso que Argüelles utiliza de forma brillante. Le sirve, por ejemplo, para tratar la rabia insolente de la juventud y sus ideales (“una vez había tenido fe en una idea, o eso les habían hecho creer, y desde aquella eterna primavera de la casa de los sauces vivieron con entusiasmo y esperanza la política sin apenas hablar de política, y mostraron pasión por la vida sin apenas haber transitado por ella, y vivieron el amor sin necesidad de amarse, y nunca les asustó aquella sangre ajena, porque era una sangre anónima y abstracta vertida por la libertad y la justicia”) que hoy no pueden defender con la misma determinación (por ejemplo, uno de los miembros del comando terrorista hoy es cura y hasta esa fe se le hace añicos cuando se reencuentra con otra chica del comando, viejo amor de la juventud, “ayer la fe era un bloque de granito, hoy es arena floja, ayer corteza de boj y hoy papel de fumar, ayer no había más esperanza que Dios y hoy no hay dios que interprete esta nueva esperanza”).

Qué bien escribe Argüelles. Me ha gustado mucho el tratamiento psicológico de los personajes y su capacidad descriptiva. Sirva como ejemplo la siguiente descripción de la madre enferma de una de las sirvientas, “Terina recordó la tristeza de su madre aquellos últimos días, el cabello ralo sobre el cráneo, la piel escondida entre los huesos, y el brillo triste de sus ojos, a punto siempre de apagarse, cómo rechinaba los dientes ante ella para evitar el llanto, y cómo le decía, échame colonia para espantar el olor de las medicinas”. Cautiva. De la misma forma que lo hace el control del ritmo. Elige acertadamente cuándo acelerar y cuándo frenar. No tiene prisa por terminar el libro ni por avanzar en la historia. Pero tampoco se hace pesado. Ralentiza el tempo con acertadas descripciones de las situaciones, acelera en momentos angustiosos y de frenético amor entre personajes, introduce calma cuando viene una reflexión madura ante una intervención previa llena de furia e impulsividad. Disfrutas tanto de las escenas como de los diálogos o los pensamientos de cada personaje.

Recomiendo este libro. Es una lectura amena con gran profundidad filosófica y sociológica. Os hará pensar. Empatizaréis con unos personajes y os enfadarán otros. Algunos os resultarán incomprensibles y más adelante los justificaréis. Querréis que las tramas vayan en un sentido y a las pocas páginas os retractaréis para que giren radicalmente. Culpa. Violencia. Angustia. Secretos. Muerte. Ideales. Atentados. Pasado. Presente. Futuro. Dolor. Amor. El libro tiene de todo. Y todo bien abordado. No os defraudará.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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