Un libro que resarce a la autora y empalaga al lector

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Este libro acabó en mis manos por casualidad y con la misma inexpresividad desaparecerá de mi mente. Este es uno de esos libros que olvidaré, o que quizás recuerde por cercanía a El olvido que seremos, ambas autobiografías que relatan las historias de unos hijos cuyos padres mueren en circunstancias violentas. Lo que pasa es que Abad Faciolince escribe una novela que araña el corazón y Clémence Boulouque una novela sin más que merece ser leída, eso sí, por las veinte páginas finales. Son curiosas las similitudes entre ambos libros. Junto con la trama, Boulouque escribe el libro por “no guardarme el duelo para mí. Matar el silencio. Yo, que no soporto ni el ruido ni la muerte“. De la misma forma lo hacía Abad. Sin embargo, mientras que el escritor colombiano sí que pretende que su voz permanezca en el tiempo por encima de la de los asesinos, la escritora francesa no desea “abrir un debate sobre lo que la historia no juzgará. Podría meter la cabeza en los casos, intentar rehabilitar el honor del juez. Podría hacerlo, sin duda“. Pero no lo hace. “No tengo ganas de enfrentarme a todo eso, no saldría indemne. Y además mezclaría en todo el recuerdo de sus ojos tristes“.

La novela comienza con los atentados del 11S y cómo estos acontecimientos le llevan a una situación similar a la vivida en 2003 con el horror y el miedo que arrastró con la muerte de su padre. El terrorismo funcionando como un olor de la infancia o la colonia de la chica que te gustaba en la adolescencia. El libro habla de esos mecanismos del subconsciente (y muchas veces inconsciente). Y como hay veces que esos mecanismos desencadenan procesos que estaban atascados en el interior de las personas. En Clémence Boulouque, fue esa experiencia del atentado neoyorquino la que desató el nudo de pena y dolor que tenía dentro para poder hablar de su padre. Y el problema de hablar del pasado es que puedes ponerte nostálgico. Y aquí, bajo mi punto de vista es donde el libro se cubre de azúcar y se estropea (siempre conservó mejor la sal). Boulouque se relame las heridas continuamente tratando de reescribir la historia o de buscar el perdón de un padre muerto. Aceptando las altas cantidades de azúcar, puedes terminar de leer el libro y encontrarás pasajes que merecen la pena.

Es curiosa la relación padre – hija. Ambos querían lo mismo, pero mientras el padre era directo, la hija (preadolescente) se comportaba de manera miserable: “le hacía pagar sus ausencias“, como en el pasaje en el que “dos días antes de su huída me negué a hacerle sitio en el sofá para que viese conmigo El color del dinero. había vuelto tarde. “Haber llegado antes”, le dije sin levantar la vista. Se sentó en la moqueta un poco más allá, luego se levantó sin decir nada“. Mientras él “compensaba sus ausencias con un afecto desbordante hacia mí, difícilmente soportable. Cuantas más efusiones reclamaba de mí, más le rechazaba yo. Estaba en el umbral de la adolescencia y ya no me apetecía hacerle mimos a mi padre; sino me veía crecer era culpa suya“. Claro, con semejante estúpido razonamiento, ¿quién no va intentar escribir una novela para intentar resarcirse? De esto se da cuenta con los años porque quién no tiene memoria necesita cicatrices. Esas cicatrices a veces te pican en el presente (en este caso la cicatriz tiene forma de avión estrellándose contra un edificio). Hacia el final del libro, sin reducir un ápice el riesgo de diabetes, reflexiona en un tono más maduro “le debo el intentar ser feliz. Siento como un mandato por su parte; he crecido con su murmullo. (…). Nunca nos habríamos hablado tanto los dos si se hubiese quedado, sin duda“.

El estilo es ameno. Tiene algún destello de magia, sobre todo tras narrar la muerte del juez, como ese “todo estaba lleno de huecos, lleno de vacíos” o aquel “hasta había perdido palabras. “Padres“. “Papá“. Ya no las pronunciaría más. Por la noche repetía aquellas dos sílabas en voz baja, pa – pá, (…) Se había convertido en la palabra más larga de la tierra. Ganaba de sobra a “anticonstitucionalmente“, que le funcionan bien tras 120 páginas entre la diabetes y la nada. Hay un par de reflexiones finales que también son destacables. [ATENCIÓN SPOILER]. Tras el suicidio del padre, genera una serie de reflexiones en la autora dignas de mención: la primera creo que es recurrente en este tipo de situaciones”Me asusta que se consumiese en un solo momento, en una desidia que creyó sin fin. Que pensara que no lo necesitábamos. Que era un lastre. Que no supiese que lo íbamos a echar terriblemente de menos. Que incluso en nuestros conflictos lo que yo buscaba era su presencia. Que arañar a alguien es otra manera de tocarle la piel. Y que nunca me tumbo cuan larga soy en un sofá“; la segunda es más brillante “se marchó sin decir nada. Durante mucho tiempo odié ese silencio. Hoy se lo agradezco. No permitió que creyésemos que se elige la muerte por motivos precisos“. Son estas veinte páginas finales las que consiguen que el libro merezca ser leído. Y supongo que serán las páginas que le hicieron merecedora del Premio Fénéon y finalista del Premio Médicis. Si no, no me lo explico.

Así que, si te apetece una lectura amena, llana, sin grandes sobresaltos, unas pocas reflexiones bien tratadas y altas dosis de azúcar, entonces Muerte de un silencio puede ser una buena elección.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

 

P.S. para quien le pueda interesar, hay adaptación cinematográfica del libro. La dirige William Karel y se publica en 2005 bajo el título La hija del juez.

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