Rhodes vuelve a prender fuego a mi cabeza

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Ya me pasó con Instrumental. James Rhodes me deja jodido. Me retrata.

Creo que vemos de una forma muy parecida la vida: las relaciones sociales, las relaciones de pareja, la profesión o la música. Bueno, yo soy un inepto para este noble arte, pero estamos de acuerdo fundamentalmente en dos cosas: 1) que la música clásica es la reostia pero le sobra mucho postureo y 2) que la música tiene el increíble poder de dar paz donde hay guerra y de poner armonía donde hay desorden y alboroto. Rhodes lo dice de una forma mucho más bonita que yo, os dejo tres ejemplos:

“No hay nada más universal que la música (…). Logra trascender idiomas, culturas, niveles económicos y religiones, y se aloja en un lugar que está muy dentro de todos nosotros, por debajo de todas las chorradas. De forma irónica, al expresarse en nuestro interior, en esa parte oculta y no verbal que tenemos, nos ayuda a expresarnos mejor en el exterior”.

“Te basta con aprender a cerrar la puta boca, enchufarte unos auriculares decentes y escapar a tu interior mientras escuchas algunas de las piezas musicales más imperecederas jamás compuestas”.

“La clásica se presenta al público con tanta rigidez que parece que sus miembros llevan mil palos metidos por el culo (…). Ojalá pudiésemos relajarnos un poquito, darnos cuenta de que la música no es un producto frágil dirigido a la megalito, que no hay que reservarla para un tipo de público determinado. Ojalá nos diéramos cuenta de que abrir las puertas de par en par, hacer lo posible por acercarla a todo el mundo es un objetivo muchísimo más noble que promocionar asientos carísimos para grandes empresarios y personas que tienen segundas residencias en los Cotswolds y fideicomisos para sus hijos educados en colegios privados”.

El libro es un pentagrama gigante. Tiene notas musicales, muchas y maravillosamente tratadas. Pero también tiene notas de humor, notas de amor, de tristeza, de desasosiego, de ansiedad, de fastfood, de confianza y de desconfianza, de (muchos) miedos…

Hay dos cosas que me alucinan de Rhodes. La primera es la asombrosa capacidad para relatar obras inmensas que para un lector sin formación musical resultan indescriptibles. Los relatos que hace de la Sonata op.110 de Beethoven o del Così fan tutte de Mozart son maravillosas, ¡joder! es que hasta me puse las obras mientras leía esos párrafos, es que es una sensación brutal, es la triangulación de la cuadratura del círculo… La segunda cosa que me conquista es su facilidad para traducir sentimientos en palabras. Y cuando lo hace muchas veces me siento identificado, por ejemplo:

“He estado funcionando siempre sobre la base de una única y falsa suposición: que no valgo nada. Joder, ¿y si en realidad mis expresa me querían de verdad, si les parecía atractivo y encantador, a veces gracioso, y me querían por ser como soy? Quizá se quedaron a mi lado a pesar de las cosas que yo creía que debía hacer para no perderlas, y no gracias a ellas. Me cago en todo. Pensadlo unos instantes. Eso cambia completamente la situación. Es como descubrir que la Tierra es efectivamente redonda, y no plana. Que a lo mejor no había fuego en todas partes [título en inglés del libro], en absoluto. Que solo brillaba un sol precioso y cálido”.

Y el final es apoteósico, citando a Mozart y a Miles Davis, pero no os lo reproduzco, así leéis el libro que es muy necesario. No me considero un pez raro que coincida con un puto loco como es Rhodes (bendita locura, amigo). Creo que lo que cuenta James son cosas que nos acaban pasando a todos por la cabeza en algún momento de nuestra vida. Porque lo que le pasa a Rhodes, y a todos, es que dudamos, tenemos inseguridades y miedos. Pero es que, “la vida es caótica e imperfecta,  y en esa imperfección caótica hay una fragilidad y una humanidad que resultan preciosas, buenas y profundamente reparadoras“.

Leed a Rhodes (y escuchad sus discos en Spotify que molan un pegote). Leed “Fugas. O la ansiedad de sentirse vivo”, y leed “Instrumental”. Y disfrutad mucho de la música clásica, de su prosa y de su vida, que es, sin duda, emocionante y merecedora de ser contada.

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