
Setecientas páginas de herencia peruana que noquea al lector antes del último asalto
Seiscientas treinta y dos páginas. Es lo que tardé en entender qué estaba leyendo. Minimosca (Candaya, 2024), de Gustavo Faverón Patriau, continúa Vivir abajo, que reseñé aquí en mayo del año pasado, y comparte con ella personajes, ambición y desmesura: más de setecientas páginas, siete partes que podrían ser siete novelas y personajes con dos, tres y hasta cuatro nombres. Fue finalista del Premio Finestres, la crítica la ha recibido como una obra mayor y en Babelia hablaban de «un librazo» y de una lectura «muy disfrutable». Ojalá pudiera decir lo mismo. En aquella reseña confiaba en que Faverón organizase mejor el texto «de forma que no haya que esperar casi seiscientas páginas para ir recomponiendo el puzle». La espera no se ha acortado, se ha alargado. Por eso voy a contaros la novela con todos sus secretos, para que quien la lea después disfrute de lo que a mí me costó tanto. Quedáis avisados: a partir de aquí, todo son spoilers.
Minimosca no se deja resumir parte a parte. Faverón escribió al menos cinco comienzos, los metió todos en la novela, aunque ninguno al principio, y no decidió el orden de las partes hasta el final: «En la literatura, nada es más necesario que el azar», declaraba en una entrevista en elDiario.es. Lo útil es saber quién es quién. Hay cuatro historias, y todas acaban tocándose. La primera es una historia de amor contada en un manuscrito. Arturo Valladares, también Arturo Acchara, es un poeta y boxeador limeño del peso minimosca (el apodo alude también a su apocamiento y su aflicción) que tumba a sus rivales susurrándoles versos de Vallejo. Su padre, Hugo Lino, cuyo nombre suena a propósito a Ugolino, el conde dantesco que devoró a sus hijos, asesinó a su madre y a sus hermanos. Narra Mónica Buchenwald, prostituida por Alberto, un limeño hijo de embajador, y abandonada por su madre, Esmée Maisse, autora de un decisivo libro de vidas paralelas de artistas. Mónica se presenta como nieta de Vallejo, pero es la hija que Esmée tuvo con él. Como señala Peter Elmore en Trama, su relación con Arturo es el núcleo que ordena la novela. La segunda es una tragedia norteamericana con dos pintores. Angus White lleva siempre un paracaídas y el Urne-Buriall de Sir Thomas Browne, adopta el nombre del autor que está leyendo y asegura que su mujer y su hija lo abandonaron y que las busca. Richard Diekenborn, que acabará llamándose Joshua Jeremiah Diekenborn, «el Jinete que Llora», solo sabe pintar el mapa de Utah y existe dos veces: como hombre de carne y hueso y como personaje del libro de Esmée. Barbara, esposa de ambos, sufría una depresión y les pidió que la mataran. Angus aceptó empujarla desde un acantilado de San Francisco, frente a Alcatraz, y al hacerlo vio que llevaba en brazos a Lucy, la hija que había tenido con Diekenborn. Su vestido «se infló como un paracaídas inútil»: de ahí el paracaídas, y de ahí la ficción del abandono. Diekenborn lo encubrió, se lo llevó a Utah y le hizo clavar el retrato de «nuestra esposa» en el techo, sobre la cama que comparten, para que no olvidara. La venganza acabó convertida en pena. La tercera transcurre en La Higuera, el pueblo boliviano donde mataron al Che, y enlaza con Vivir abajo. Allí viven George Bennett, el cineasta que asesina nazis para vengar los crímenes de su padre, un coronel torturador de la CIA; la guionista argentina Raymunda Walsh, sobrina de Rodolfo Walsh; Mario Ernesto, el hijo ciego que ella tuvo con un coronel nazi, y un Pintor Fugitivo que custodia dos momias. El Pintor es el Diekenborn inventado por Esmée, y las momias no son sus padres, sino los cadáveres del Tuerto, un torturador de la dictadura de Videla, y de una mujer de Jujuy. George acaba enajenado en el desierto de Utah, crucificando criminales bajo una máscara de piel humana y con un nombre doble, Orpo y Krippo, que remite a las policías del Tercer Reich. La cuarta es la del propio Vallejo, convertido en personaje en una crónica apócrifa de sus años en París, por donde también pasan Georgette y un Duchamp desdoblado en Rrose Sélavy. El nudo que lo ata todo es un manuscrito: la historia de Mónica y Arturo era un guion de Raymunda, que pidió romperlo y tirarlo, y que John Sinclair, un editor que rescata papeles de la basura, reconstruyó con ayuda de Angus. Mónica es, por tanto, ficción dentro de la ficción, y aun así Angus sale a pie, con su paracaídas, rumbo a Lima para encontrarla. «Pobre hombre, nunca la va a encontrar… ¿y qué pasa si la encuentra?», se pregunta Raymunda. La encuentra, y descubre que Esmée y Barbara son, en palabras de Elmore, «la misma (y, a la vez, otra) persona». Uno de los narradores lo resume en una frase que rescata Juan F. Comperatore en El Diletante, «Hay personas que nacen dos veces y son la misma y hay personas que nacen una vez pero son dos».
Bajo todo este artificio late una novela muy seria sobre la herencia. «Todos los padres matan a sus hijos», sostiene Diekenborn, y la novela parece darle la razón: Hugo Lino asesina a los suyos, el coronel Bennett hace de George un vengador y después un loco, y Barbara, que se cree condenada a la depresión de su madre, Henriette, acaba en el acantilado con Lucy en brazos. Frente a esos padres que destruyen están los que lloran: Diekenborn, Angus y el Amnésico, que, como apunta Luis Hernán Castañeda en Otra Parte, es un trasunto de Faverón, un hombre del Callao que vive en Maine con su mujer, su hija y un perro llamado Túpac. Y la herencia no es solo familiar sino que el nazismo, la Operación Cóndor o la dictadura argentina nunca se cuentan como crónica, sino como un legado envenenado que el siglo XX deja a sus hijos. Y ese legado no solo mata, sino que incluso deshace la identidad de quienes lo sufren y quienes lo reciben. George, que dedicó su vida a cazar verdugos nazis, acaba llevando una máscara de piel humana y el nombre de las policías del Tercer Reich; el Tuerto, que torturó para la dictadura de Videla, termina convertido en una momia que pasa por ser otro. En Minimosca, quien atraviesa el horror ya no puede ser uno solo, y la multiplicación de nombres, dobles y vidas paralelas que tanto desconcierta al lector es también la huella que la violencia deja en la identidad. Incluso los desdoblamientos de Angus y Diekenborn, nacidos de una tragedia íntima, acaban desembocando en La Higuera, junto a la momia de un torturador.
La otra cara de esa herencia es la literatura. Si los padres de carne y hueso matan, el padre literario salva. Mónica es hija del gran padre de la poesía latinoamericana, y Arturo sobrevive al crimen del suyo gracias a los versos de ese mismo poeta, que convierte en golpes en un ring levantado entre un cementerio y un basural: cuesta encontrar una imagen más exacta de lo que la literatura puede hacer frente a la violencia. Contar es también la manera que tienen estos personajes de seguir vivos. Angus se inventa un abandono para no reconocerse asesino, y Diekenborn, según recoge Castañeda, cree que los supervivientes solo pueden seguir adelante refugiándose en el relato. Por eso importa que un personaje salga a buscar a otra que solo existe en un guion, y que sobre todos ellos haya un autor que engendra criaturas como un padre engendra hijos. Los dobles y los manuscritos no son un juego gratuito, sino la forma que tienen los vivos de soportar a sus muertos.
Le reconozco a Minimosca virtudes indiscutibles. La literatura, y muy especialmente la peruana, florece en cada página: Vallejo, Martín Adán o Salazar Bondy conviven con Melville, Hawthorne, Ginsberg, Duchamp y un Stephen King cuyos cuentos se tornan reales. Y no es casual. No sin cierto sentido del humor, Faverón señala que «en el Perú la mayor parte de la gente es minimosca», y la frase admite una lectura literal y otra figurada: el título no habla solo de un boxeador, sino de todo un país. Creo que Faverón ha escrito una ofrenda al Perú, a su cultura y, sobre todo, a su literatura (Llama la atención, eso sí, que en esa ofrenda Vargas Llosa no aparezca ni siquiera de forma velada, por mucho que en Babelia vean ecos de La fiesta del Chivo: es una pregunta que me encantaría hacerle a Faverón). Juega incluso con los nombres: Acso Minim es Minimosca al revés, y el librero Miroslav Valsorim, que ya aparecía en Vivir abajo, es un palíndromo perfecto. La prosa tiene más unidad de estilo que la de Vivir abajo, y cuando las piezas encajan lo hacen con una precisión admirable: el paracaídas, el retrato del techo o la pregunta de Raymunda cierran heridas abiertas durante cientos de páginas. Borges y Cervantes sobrevuelan cada uno de estos juegos de dobles y manuscritos. Y luego están los relatos incrustados en la historia principal, pequeñas joyas que funcionarían solas. El escultor Uriah Vargas, cuya última obra es su propio suicidio, deja una nota memorable, «esta es mi última escultura, pero no es el horror, el horror es lo demás» Melville y Hawthorne van dejando tras cada obra pequeños cadáveres momificados de sí mismos, «Melville le pregunta a Hawthorne si escribir es morir siempre, morir a plazos. Hawthorne le pregunta a Melville si escribir es matarse de a pocos, suicidarse todo el tiempo, o suicidar la vida exterior de uno para preservar la vida interior de uno». En pasajes así, Faverón está a la altura de su ambición.
Ahora bien, el libro es una auténtica rayada. Me gustan los libros difíciles, largos y densos, y defiendo los comienzos desconcertantes que se vuelven atractivos cuando descifras la trama, pero siempre que al final logres cerrar la historia, y con este creo que me rendí antes de entenderlo todo. La acumulación de voces, nombres y vidas paralelas no solo desgasta: aleja, y a mí me alejó de la lectura más de una vez. Cristina Gutiérrez Valencia escribe en Cuadernos Hispanoamericanos que la novela «no tiene estructura de laberinto porque no tiene salida». Creo que sí la tiene, pero está en la página 632, y no todos los lectores llegarán hasta ella. Tampoco soy el único que se ha perdido: David Pérez Vega avisaba en Zenda de lo fácil que es extraviarse entre tantos nombres. Que el caos sea intencionado lo explica, pero no lo justifica del todo. Cuando por fin llega la recompensa, el escollo ha sido demasiado alto para hablar de disfrute lector.
Así que mi recomendación es un tanto paradójica: leed Minimosca, pero leedla con esta reseña a mano. Sabiendo que Angus empujó a Barbara, que el Pintor Fugitivo es Diekenborn, que George se esconde tras Orpo y Krippo y que Mónica es la criatura de un guion roto, las primeras seiscientas páginas dejan de ser un laberinto y se convierten en lo que probablemente Faverón quería que fueran: un juego de espejos en el que cada pieza anticipa a la siguiente. Yo no pude disfrutarla así. Ojalá vosotros sí, porque esta novela merece una segunda vida más amable que la que yo le di.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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