Reseña de El dueño de la historia de Malcolm Bradbury

Emancipar de palabra, dominar de hecho: la izquierda académica de los setenta

Leer una novela ambientada en el propio oficio tiene algo de juego de reconocimientos: uno sonríe ante los colegas que cree identificar hasta que, unas páginas después, la sonrisa se le congela al reconocerse a sí mismo. Algo así le ocurre a quien se dedica a la universidad al abrir El dueño de la historia, y no es casual: Malcolm Bradbury conocía el terreno desde dentro. Fue crítico literario, profesor durante décadas en la Universidad de East Anglia y cofundador, junto a Angus Wilson, de su célebre máster de escritura creativa, por cuyas aulas pasaron Ian McEwan o Kazuo Ishiguro. Con su amigo David Lodge forma la pareja canónica de la novela de campus británica, y The History Man (1975) es probablemente su obra más mordaz: una sátira que escandalizó al publicarse y que la BBC llevó a la televisión pocos años después. La he leído en la edición de El Aleph (colección Modernos y Clásicos, 2007), con traducción de Anna Escartín Arilla, y no puedo dejar de señalar algo del título: el original juega con la ambigüedad de un «hombre de la historia» que se cree portavoz de su sentido; la versión española, al convertirlo en «dueño», adelanta ya una interpretación del personaje, y no precisamente desencaminada.

La novela sigue un único trimestre, el otoño de 1972, en la vida de Howard Kirk, profesor de sociología radical en la flamante Universidad de Watermouth, y de su esposa Barbara. Empieza con una fiesta y termina con otra, y entre ambas Howard despliega toda su habilidad para manejar a los demás: seduce, conspira, alienta protestas y maniobra para desembarazarse de Carmody, un estudiante conservador al que suspende no por lo que sabe, sino por lo que piensa. Frente a él se sitúa Annie Callendar, profesora de literatura de convicciones liberales, que encarna la otra mitad del duelo ideológico que vertebra el libro: socialismo revolucionario frente a liberalismo. Leída desde una perspectiva sociocrítica, lo más interesante es que Bradbury no escenifica un debate de ideas, sino una lucha por el poder: Howard usa el vocabulario de la emancipación para ejercer la dominación sobre sus alumnos, sus colegas y su propia familia, y convierte la evaluación en un instrumento de control ideológico. Las páginas dedicadas a la arquitectura universitaria son, para mí, de lo mejor del libro. El campus de Watermouth, todo vidrio, hormigón y espacios abiertos, aparece como la materialización de un proyecto: una universidad pensada para que nada quede a resguardo, para que todo se vea. Que Howard sea autor de un libro sobre el fin de la privacidad no es casual; edificio e ideario se explican mutuamente, y el espacio funciona como un currículum oculto que educa antes que cualquier lección.

Entre sus virtudes destaco, en primer lugar, la mirada. Bradbury narra en presente y desde fuera, como una cámara que registra gestos y conversaciones sin apenas entrar en la cabeza de los personajes; esa frialdad obliga al lector a juzgar por sí mismo y genera una ironía constante, a veces hilarante. El humor de las tramas personales —los enredos entre docentes, estudiantes y familias, los matrimonios «modernos» que se resquebrajan— aligera una novela que, en el fondo, tiene una notable profundidad discursiva, y el resultado es un libro entretenido que se lee con agilidad pese a su densidad. Pero también cae en algunos tópicos del género: las fiestas universitarias como escenario recurrente y las relaciones sexuales entre profesor y alumna, que hoy chirrían y que, más allá de su función satírica, acaban pareciendo un recurso fácil. Tampoco convence del todo el equilibrio ideológico: Howard es tan evidentemente hipócrita que el duelo entre liberalismo y socialismo queda descompensado, y la sátira corre el riesgo de leerse como un panfleto contra la izquierda universitaria (de hecho, así la celebraron algunos en su día). Y esa misma frialdad que tanto aporta a la ironía dificulta, en ocasiones, conectar con unos personajes que rara vez dejan de ser piezas de una tesis.

Medio siglo después, El dueño de la historia conserva una vigencia incómoda. En tiempos de polarización y de guerras culturales en los campus, el retrato de un profesor que confunde la crítica con el adoctrinamiento y la libertad con su propia conveniencia sigue interpelándonos a quienes nos dedicamos a la docencia. La recomiendo a quien se interese por la novela de campus, por la sociología de la universidad o, sencillamente, por las buenas sátiras; y muy especialmente a quienes trabajamos en una facultad, porque pocas veces un libro funciona tan bien como espejo.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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