
Del tiempo vivido al tiempo disciplinado: cultura y capitalismo en disputa
Hay libros que no se limitan a explicar el pasado, sino que lo vuelven inteligible en un sentido más profundo: nos enseñan a mirar. El libro que os traigo hoy pertenece a esa categoría. Se trata de Costumbres en común. Estudios sobre la cultura popular de EP Thompson. Se considera la continuación de La formación de la clase obrera en Inglaterra, que recientemente hemos reseñado en este blog. En este caso, E. P. Thompson despliega una de las intuiciones más fértiles de toda su obra: que la cultura popular no es un residuo folclórico ni un conjunto de prácticas pintorescas, sino un espacio cargado de sentido, conflicto y racionalidad histórica. Llegué a este libro impulsado por Roja esfera ardiente donde Linebaugh apuntaba hacia Costumbres en común como el título donde Thompson desarrollaba las pérdidas de los espacios en común –los cercamientos– referentes a costumbres populares como la taberna o el deporte, pero lo cierto es que no me he encontrado nada de esto en el libro. Seguiré buscando porque el tema de los cercamientos en el ocio y el tiempo libre es algo que me interesa. Volví al de Linebaugh a ver si mi referencia era errónea, y la verdad es que en esta ocasión no la encontré. Así leeré yo de bien, que no recuerdo de dónde saqué la referencia… en fin, vayamos al lío.
Costumbres en común funciona casi como una prolongación natural del gran proyecto intelectual del autor. Si en La formación de la clase obrera en Inglaterra Thompson reconstruía el proceso histórico mediante el cual la clase obrera “se hace a sí misma”, aquí afina el foco y se detiene en las tramas culturales que sostienen ese proceso: las costumbres, los códigos morales, los usos compartidos que dotan de coherencia y sentido a la experiencia colectiva. No hay ruptura entre ambas obras, sino un desplazamiento de la mirada que permite comprender mejor la densidad cultural de esa formación histórica. Costumbres en común es una obra de Historia social y cultural que dialoga con la Antropología y los Estudios Culturales para analizar la cultura popular como espacio de conflicto y construcción histórica. Quien se acerque a este libro esperando una narración lineal o un tratado sistemático puede sentirse descolocado. Thompson no escribe así. Aquí encontramos estudios aparentemente fragmentarios —sobre motines de subsistencia, usos comunales, rituales o normas consuetudinarias— que, sin embargo, van componiendo una imagen coherente: la de unas clases populares dotadas de criterios propios sobre la justicia, la legitimidad y el orden social.
Uno de los conceptos centrales del libro, y quizá uno de los más citados de la historiografía contemporánea, es el de economía moral. Thompson lo utiliza para explicar que las protestas populares —especialmente en torno al precio del pan— no eran reacciones irracionales ante el hambre, sino respuestas basadas en una concepción compartida de lo justo. Había límites que no debían cruzarse, reglas implícitas que regulaban el mercado y que, cuando eran vulneradas, legitimaban la acción colectiva. Lo que estaba en juego no era solo la supervivencia material, sino un orden moral. Este punto resulta especialmente sugerente porque rompe con una interpretación muy extendida —y todavía vigente en algunos discursos— que tiende a reducir las acciones de las clases populares a impulsos emocionales o a meras reacciones económicas. Thompson insiste en algo que hoy sigue siendo incómodo: que el pueblo piensa, interpreta y actúa con criterios propios. No es un sujeto pasivo ni una masa informe, sino un agente histórico.
Otro de los grandes aciertos del libro es su atención a las costumbres como forma de normatividad. Frente a una visión que identifica el derecho exclusivamente con la ley escrita, Thompson muestra cómo las prácticas consuetudinarias —los usos compartidos, las tradiciones, los acuerdos tácitos— estructuraban la vida social y regulaban los conflictos. En ese sentido, las costumbres no son simples herencias del pasado, sino formas vivas de organización social, con capacidad para resistir o negociar frente a las transformaciones impuestas desde arriba. Y aquí aparece una de las tensiones más interesantes que recorre toda la obra: la relación entre cultura popular y poder. Lejos de idealizar esa cultura, Thompson la sitúa en un campo de fuerzas. Las clases dominantes intentan disciplinarla, redefinirla o incluso apropiársela; las clases populares, por su parte, la defienden, la transforman o la utilizan como recurso de resistencia. La cultura no es, por tanto, un espacio neutro, sino un terreno de disputa. En este punto, resulta difícil no detenerse en el capítulo 6, “Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial”, que, en lo personal, es quizá el más sugerente de todo el libro. En él, Thompson analiza cómo la implantación del capitalismo industrial no solo transforma las condiciones materiales de trabajo, sino también algo mucho más profundo: la vivencia misma del tiempo. El paso de un tiempo orientado por tareas a un tiempo medido, fragmentado y disciplinado no es un cambio técnico, sino cultural y moral. Leer estas páginas hoy, en una sociedad atravesada por la prisa, la productividad y la sensación constante de falta de tiempo, resulta especialmente iluminador. Quizá uno de los mayores logros del libro sea precisamente ese: devolver densidad y complejidad a prácticas que, vistas desde fuera, podrían parecer triviales. Thompson tiene la capacidad de mostrar que detrás de un motín, de una costumbre o de una protesta hay siempre una trama de significados, expectativas y valores compartidos. Leerlo es, en cierto modo, aprender a desconfiar de las explicaciones simplificadoras.
Desde una perspectiva actual, Costumbres en común sigue siendo un libro profundamente pertinente. En un contexto en el que a menudo se deslegitiman las protestas sociales reduciéndolas a irracionalidad o manipulación, la propuesta de Thompson resulta especialmente valiosa: comprender, interpretar y reconocer que las formas de vida y las prácticas colectivas contienen una racionalidad que no siempre coincide con los marcos institucionales o académicos.
No es un libro fácil ni complaciente, pero sí enormemente estimulante. Thompson no solo nos ofrece conocimiento histórico, sino también una forma de posicionarnos ante la realidad: con atención, con rigor y con una cierta desconfianza hacia los relatos que niegan la capacidad de agencia de quienes están abajo. En definitiva, Costumbres en común es una obra imprescindible para quienes quieran entender la cultura popular no como un objeto de estudio distante, sino como un ámbito vivo, conflictivo y profundamente político. Lecturas estimulantes que nos ayuden a situarnos, posicionarnos y comprender el mundo desde las resistencias y las disputas. Lecturas estimulantes que nos mejoran (al menos a mí me mejoran). Leer para ser mejor persona. Leer. Leed. Yo seguiré leyendo ensayos de historia social
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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