Reseña de El manuscrito de piedra de Luis García Jambrina

Una ciudad escribiendo una novela

Hay autores que son ciudades. A bote pronto me vienen a la cabeza Joyce y Dublín o Casavella y Barcelona, pero hay muchos más. Os dejo pensando y sigo con la reseña. Hoy os traigo El manuscrito de piedra de Luis García Jambrina, editado por Alfaguara en 2008, un autor y una novela que son una ciudad: Salamanca. Tanto es así que la propia ciudad aprovecha la inercia literaria: en 2018 la Oficina de Turismo del Ayuntamiento de Salamanca publicó un extenso folleto sobre “La ruta de los manuscritos”, con un itinerario por los principales escenarios de la novela. Con esta entrega dio comienzo la serie de Los manuscritos del Fernando de Rojas, continuada por El manuscrito de nieve (2010), El manuscrito de fuego (2018), El manuscrito de aire (2019), El manuscrito de barro (2021), El manuscrito de niebla (2022) y El manuscrito de sangre (2025). No sé si me animaré. De momento os cuento qué me ha parecido este manuscrito.

El manuscrito de piedra se desarrolla a finales del siglo XV cuando un joven Fernando de Rojas, estudiante de Leyes en la Universidad de Salamanca, será el encargado de investigar el asesinato de un catedrático de Teología. Su investigación destapará una compleja trama en la que se entremezclan la situación de los judíos y conversos, las pasiones desatadas, las doctrinas heterodoxas, el emergente Humanismo, la Salamanca oculta y subterránea y la Historia y la leyenda de una ciudad fascinante en una época de gran agitación y cambio. En su recorrido Rojas tendrá que resolver algunos enigmas y sortear diversas trampas hasta llegar a descubrir lo que se esconde bajo las apariencias (también de la ciudad). Para ello, habrá de moverse por una topografía real y fantasmal a un tiempo, por un laberinto poblado de sorpresas y peligros, con lo que su pesquisa se convertirá en una aventura de iniciación y aprendizaje de la que saldrá radicalmente transformado.

El manuscrito de piedra es un ejemplar más de la prolífica conjugación de novela negra y novela histórica. En este caso, ambos géneros se combinan inevitablemente con la novela de campus. Y es que Salamanca, ya en el siglo XV, era una ciudad universitaria consolidada. De hecho, uno de los mayores logros de la novela reside en la construcción del espacio: la Salamanca universitaria no es solo un decorado (que lo es y muy interesante; incluso conseguí planos de la Edad Media en Salamanca para situarme en algunas localizaciones que ya no son reconocibles por el actual trazado de las calles -llamada de atención a la editorial por no incluirlos en la novela-), sino un verdadero agente narrativo donde se entrecruzan jerarquías, tensiones ideológicas y formas de conocimiento. En este contexto, la investigación de los crímenes funciona como metáfora de un proceso más amplio: la búsqueda de la verdad en un entorno donde esta se ve condicionada por intereses institucionales y creencias heredadas. No obstante, esta ambición temática no siempre se ve acompañada por una igual profundidad en la caracterización de los personajes secundarios, que en ocasiones quedan reducidos a meros mecanismos de articulación de la trama. Asimismo, el estilo, correcto y eficaz, opta por la claridad frente al riesgo literario, lo que favorece la accesibilidad pero limita la densidad expresiva de la obra. En definitiva, volveré a Jambrina porque él vuelve a Salamanca y realmente es lo que me interesa: conocer la historia de la ciudad en la que vivo y el rol que la universidad (de la que ahora formo parte) tuvo en la construcción de una ciudad tanto en lo urbanístico como en lo ontológico. Ojalá más autores que sean ciudades, porque es una manera muy entretenida de visitarlas (aunque nada sustituye el paseo silencioso por sus calles).

¡No vemos en la próxima reseña!

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