
Un texto sobre la violencia psicológica que se debería leer en los institutos y las universidades
El género epistolar no es de mis favoritos. He recurrido a él en contadas ocasiones, pero todas ellas han sido cartas de grandes autores como Kafka, Rilke o Steiner. Hoy he vuelto a las cartas y en este caso con una de las más famosas de todos los tiempos, De profundis de Oscar Wilde. Esta carta la escribió Wilde entre enero y marzo de 1897 desde la cárcel de Reading y fue publicada por primera vez por su albacea literario Robert Baldwin Ross en 1905, cinco años después de la muerte del irlandés. Quizás la edición no sea más amistosa para el lector, pero merece la pena el esfuerzo.
La carta se la escribe Wilde a su amante Lord Alfred Douglas y en ella se revela la parte más viva y más honda no sólo de su clara inteligencia (aquí no quiero olvidarme de esta cita, “los errores fatales de la vida no se deben a que seamos insensatos: un momento de insensatez puede ser nuestro mejor momento. Se deben a que seamos lógicos”) sino también de su compleja personalidad humana. De Profundis marca el punto culminante de la vida y filosofía personal del autor y evidencia cómo todas las experiencias adquirían para él significado artístico. Wilde, que había luchado por huir tanto del dolor como de la degeneración del espíritu y que había perseguido siempre el placer estético y logrado la máxima brillantez social, tuvo que vivir en los últimos años de su vida el escándalo, la vergüenza de un terrible proceso que lo envió a la cárcel y el desprecio y las burlas de sus múltiples enemigos y algunos supuestos amigos. Así descubrió por primera vez el significado del dolor, un mundo hasta entonces desconocido para él. A este respecto, en la página 120 empieza una reflexión muy bonita sobre el dolor que se extiende a lo largo de toda la carta, pero que aquí rescato solo una pequeña parte, dice Wilde “veo ahora que el dolor, por ser la emoción suprema de que el hombre es capaz, es a la vez el tipo y la prueba de todo gran Arte. (…) La verdad en el Arte es la unidad, de la cosa consigo misma (…) Por eso no hay verdad comparable al Dolor. Hay momentos en que el Dolor me parece la única verdad (…) con el Dolor se han construido mundos, y en el nacimiento de un niño o de una estrella hay dolor”. Para Oscar Wilde el Dolor formaba parte de la vida y es un trampolín para la producción artística, y eso que él ya había escrito sus grandes títulos.
De profundis es la carta de una persona maltratada a su maltratador. Que se sepa, lord Alfred Douglas nunca pegó a Wilde, pero el maltrato psicológico queda claro desde las primeras páginas de la carta, “más que nada me culpo de la total degradación ética en que permití que me sumieras. La base del carácter es la fuerza de voluntad, y la mía se plegó absolutamente a la tuya”. La carta es algo así como un acto de sanación íntima en la que su autor vierte sobre su amante todo el rencor y se libera de todo el daño que Douglas le ha causado en sus años de amistad (Wilde en ningún momento de la carta reconoce relaciones sexuales con Douglas, aunque fueran como las meigas). Entre las muchas cosas que le echa en cara destaca el escaso aprecio que Douglas le tenía al Arte (Wilde lo escribe con mayúscula) y a los artistas, “Solía decirte que detestaba que me considerases una persona útil, que ningún artista desea que le consideren ni le traten así; porque los artistas, como el arte mismo, son por su naturaleza esencialmente inútiles” (Véase que casi 120 años antes de que Ordine publicara La utilidad de lo inútil, Wilde ya lo dejó escrito en su carta). Leyendo De profundis te das cuenta de que Wilde era un erudito. La cantidad de referencias, poemas y frases en francés o griego son increíbles. Recordemos que lleva dos años en la cárcel cuando escribe esto… no tiene libros para consultar sus referencias, ¡se las sabe de memoria!
Me ha encantado. Tampoco tenía claro de qué iba la carta, qué tono me iba a encontrar, ni cómo me iba a sentir leyéndola. Y la verdad es que en muchos momentos del texto he sentido enfado, rabia, desconsuelo y mucha -mucha- pena. Creo que tiene pasajes que podrían trabajarse en el instituto y, desde luego, es un libro para leer en edad universitaria. A mí me ha encantado y -dado el grado de degeneración violenta en el que convivimos-, todos deberíamos leerlo. El poder sanador de la literatura también pasa por leer testimonios como el de Oscar Wilde.
¡Nos vemos en la próxima reseña!