Reseña de Anatomía de un instante de Javier Cercas

Cercas fracasa en su golpe a la opinión pública

El lunes se cumplen 45 años del golpe de estado del 23F. Esta efeméride me ha servido para sentarme (por fin) con Anatomía de un instante, de Javier Cercas, publicada por Random House en 2009. Criticado y alabado por unos y otros, su versión se ha aceptado socialmente gracias al apoyo de uno de los grupos de medios de comunicación más potentes del país. Por si acaso alguien tenía dudas de si debía aceptar las tesis de Cercas, en 2010 obtuvo el Premio Nacional de Narrativa por su “gran potencia literaria” y “elevada calidad histórica”.

Anatomía de un instante es el análisis exhaustivo del instante en que Adolfo Suárez permaneció sentado en la tarde del 23 de febrero de 1981 mientras las balas de los golpistas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo del Congreso de los Diputados y todos los demás parlamentarios -todos menos dos: el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo- buscaban refugio bajo sus escaños. Este libro es la crónica de ese gesto y la crónica de un golpe de estado y la crónica de unos años decisivos en la historia de España.

El libro funciona mejor como novela que como crónica (pero no concibo un españolito o españolita que lo lea como novela, no podemos). Y he sentido un rechazo permanente al lavado de imagen que hace Cercas de los protagonistas, especialmente de Suárez y Gutiérrez Mellado. De este último dice Cercas, “tal vez no sea del todo ilícito entender su gesto de enfrentarse a los golpistas como el gesto extremo de contrición de un antiguo golpista”. El Rey Juan Carlos I también sale bien parado en la versión de Cercas, pues niega la posibilidad de que el Rey participase en el golpe, “es una acusación absurda: si el Rey hubiese organizado el golpe, si hubiese estado implicado o hubiese deseado su triunfo, el golpe sin la menor duda hubiese triunfado. La verdad es lo evidente: el Rey no organizó el golpe sino que lo paró, por la sencilla razón de que era la única persona que podía pararlo” (lo que no explora Cercas es si lo organizó para luego pararlo…). Tiene buenas palabras hasta para Tejero de quien llega a decir, “no era el fantoche irreflexivo que quiere el cliché del 23F y que el país entero se empeñó en construir después del 23F (…) Tejero no era un absoluto un chiflado de verbena; era algo mucho más peligroso: era un idealista dispuesto a convertir en realidad sus ideales, dispuesto a mantener a cualquier precio la lealtad a quienes consideraba los suyos, dispuesto a imponer el bien y a eliminar el mal por la fuerza (…) La realidad es que Tejero era un oficial técnicamente competente a quien confiaron puestos de máxima responsabilidad”. A renglón seguido intenta salir del atolladero, “sobra añadir que era un energúmeno empachado de toneladas de papilla patriótica, un moralista obcecado por la vanidad de la virtud y un megalómano con un ansia indomable de protagonismo”. Pues, Cercas, igual no sobra decirlo. Igual incluso había que empezar por aquí, porque cuando dices esto llevas más de 40 líneas de hagiografía del fascista.  

Más allá de estas tibiezas, Cercas plantea una tesis interesante: los tres protagonistas del libro (Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo) eran en realidad tres traidores: “Santiago Carrillo traicionó los ideales del comunismo (…) Gutiérrez Mellado traicionó a Franco, traicionó al ejército de Franco, traicionó al ejército de la Victoria y a su utopía radiante de orden, fraternidad y armonía (…) Suárez fue el peor, el traidor total, porque su traición hizo posible la traición de los demás: traicionó al partido único fascista en el que había crecido y al que debía cuanto era, traicionó los principios políticos que había jurado defender, traicionó a los jerarcas y magnates franquistas (…) y traicionó a los militares con sus veladas promesas de frenar la Antiespaña”. A esta tesis dedica gran parte del libro y quizás sea lo más interesante de toda su lectura.

Del libro también se cae una interpretación que a mí me repele: la idea de que el golpe del estado era inevitable, iba a pasar, antes o después. Pasa lo mismo con el golpe que sí triunfó en 1936. No creo en la inevitabilidad histórica. Este tipo de interpretaciones suenan a revisionismo histórico. Un alzamiento militar contra una democracia siempre debe ser evitable. Siempre. Y las sociedades, especialmente las clases populares, no son cómplices de estos. Sin embargo, para Cercas, que el golpe ocurriera tiene su lado positivo, “el fracaso del golpe convulsionó el país y pareció cambiarlo de cuajo. Pero sin el golpe esa convulsión no se hubiera producido (…) y sobre todo no se hubiera producido lo más importante, y es que la Corona se armó de un poder y una legitimidad con las que antes del golpe ni siquiera había soñado” [y aquí añado yo: una razón de fuerza para no descartar la hipótesis de que el Rey instigara y luego frenara el golpe]. Y más adelante remata el razonamiento con un salto mortal: “el 23 de febrero no solo puso fin a la transición y a la posguerra franquista: el 23 de febrero puso fin a la guerra”. Vamos, que poco más que todos los españoles y españolas tendríamos que darle gracias a Tejero y a Armada por el impulso monárquico y democrático.

En definitiva, el libro me ha hecho más crítico de lo que era con el golpe de estado. Y lo que es peor, el libro ahonda en la imagen de meapilas que me voy formando de Cercas, al que le adoro cuando se aleja de la política tanto en sus novelas como en sus columnas. Leedlo porque no sobra. Yo tengo pendiente la serie (creo que la empieza a echar La 1 de RTVE este domingo). Ojalá Alvaro Morte, Eduard Fernández y Manolo Solo me interesen más que sus personajes.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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