
Un libro sobre la paz del cementerio
La moda de lo rural tiende a ser una excentricidad de lo urbanita. Reivindicar lo rural desde la capital es una idealización propia de quienes no tienen que convivir con la dureza de los pueblos, tanto en lo físico como en lo espiritual. En este blog hemos dedicado mucho espacio (intencionadamente o no) a novelas que discurren en el ámbito rural y empezamos a sospechar que la moda de lo rural es solo una extravagancia más de quienes no tienen que tomársela en serio. Hoy os traigo un fenómeno editorial portugués de 2022 Baioa sin fecha de muerte de Rui Couceiro, editado por Siruela y publicado en español en 2025. Un libro para pensar, para reflexionar y para dejarse llevar por una conversación en la que terminaremos por encontrar argumentos de todos los colores sobre lo rural, las personas mayores y la vida (y la muerte que no es el reverso sino su inevitable continuidad).
La novela arranca con un joven profesor -narrador de la novela- que, sin un rumbo claro en su vida, decide dejar Lisboa para trasladarse al pueblo de sus abuelos, Gorda-e-Feia, en el Alentejo más profundo, donde un desconocido a rehabilitado la casa de los abuelos y ha llamado a la familia para que vayan a vivir allí si quieren. Es una oportunidad para el protagonista de coger algo de perspectiva vital, “no buscaba tener allí una vida agitada, no esperaba tener ideas en ebullición y menos aún lidiar con dudas y temores. Lo que quería, eso sí, era una vida crepuscular, en la que mis pensamientos fueran siguiendo el ritmo de la naturaleza. Anhelaba un apaciguamiento generalizado”. Empieza pensando que irse a vivir a un pueblo es una buena idea, un retiro espiritual y una forma de reencontrarse con sus esencias. Y, sin embargo, al poco de estar allí y de acomodarse en el pueblo se da cuenta de que no hay huida posible, “hui en busca de lentitud. Pensando que podría encontrarla en el campo, cerca de mis raíces, me mudé, por tiempo indefinido, al pueblo de mis abuelos y mi madre. Vine a encontrar la paz, pero no tardé en ser testigo de la ruina de un hombre”. Ese hombre es Joaquim Baioa, la persona que está rehabilitando el pueblo, reacondicionando las casas y reconstruyendo las infraestructuras públicas. Un hombre mayor que cree conocer la fecha de muerte de todos sus vecinos, pero no la suya, la suya no estaba escrita en el cuaderno de Bártolo, el médico del pueblo. Baioa tenía dos propósitos, “si bien la primera resolución de Joaquim Baioa consistía en un proyecto de gran envergadura, la ya mencionada restauración de los diversos edificios de la aldea, una segunda decisión que tomó no parecía ser ni menor ni más sencilla: había decidido comenzar a intentar aplazar su muerte, prolongar su vida todo lo que pudiera, adoptando una serie de hábitos saludables para asegurarse de quedar el último y que así pudiera cumplir el plan que ambiciosamente se había propuesto”. Pero alargar la vida quizás sea lo mismo que pretender irse a vivir a un pueblo buscando lentitud, y a medida que avanza la historia Baioa empieza a agobiarse, “Baioa oscilaba entre el dolor de ver partir a los suyos y la incertidumbre que la propia situación entrañaba. A medida que las previsiones del doctor Bártolo se iban confirmando, más se apoderaban de él los miedos: el temor (…) de que nunca muriera y se viera obligado a presenciar la lenta desaparición de todos y de todo, pasando por encima de aquel cuerpo ya cansado que habitaba”.
Os adelanto, me ha gustado a ratos. A ratos moralista (qué pereza), a ratos predecible, a ratos tedioso, y a ratos brillante. Quizás le sobren doscientas páginas. Pero mi opinión parece minoritaria. El libro no ha dejado de recibir elogios, algunos tan prestigiosos como el de Alberto Manguel quien se quedó prendado del libro. Otros son más comedidos y analistas, como Tereixa Constenla en Babelia que advierte que estamos ante “un libro excéntrico escrito en estado de gracia. Estando en las antípodas de las distopías de moda, habla sobre el fin de los mundos (individuales y colectivos) mejor que cualquier alegoría apocalíptica. Su narrador es un urbanita con una cuantas neurosis que se impregna de una cultura rural donde lo insólito es parte del día a día, consciente o no de que el camino entre sus neurosis y el alejamiento de la naturaleza es más corto de lo que se piensa”.
Está de moda lo rural, está de moda reivindicar los pueblos, pero nadie se va a vivir a ellos. Nos aturde el capitalismo, nos abruma la rapidez, la inmediatez y nos absorben las redes sociales, las pantallas y el enfado permanente. Pero nadie se va. Nadie se va porque en los pueblos hay paz, pero la paz del cementerio. Los Sanguijuelas del Guadiana han sacado un disco que habla de todo esto y lo están petando. Este libro se resume en lo que ellos cantan en su tema Septiembre, “Pasan los años deprisa y la prisa va secando las flores, a veces el tiempo no avisa, ya casi siempre somos menos en los bares…”.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
Estupenda reseña. Veo esto de la idealización de los pueblos, pero mis primos que si se quedaron y han vivido en el pueblo de mi madre toda su vida han sido mi referente de ver la dureza de vivir en ellos. Nada idílico. E incluso los lugares bellos como el castillo de Alburquerque, Badajoz, y la alameda, ya no son lo que eran. Los humanos no nos damos cuenta de que incluso a cierto nivel, también ea nuestra presencia la que a veces puede retro alimenta a la naturaleza. El pueblo estaba más poblado hace 25 años y la alameda estaba preciosa. Luego creo hubo un fuego hace poco, y antes ya estaba medio desértica. Igual el castillo el cual estaba amueblado y precioso, y luego se llevaron los muebles al museo de Badajoz y ya no es lo que era. Como dices, los pueblos son o pueden llegar a ser cementerios. A no ser que de nuevo estemos reclamados por el capitalismo de nuevo, y reciban turismo urbano.
Creo que todo humano buscamos ese lugar ideal donde vivir, o esa ocupación ideal que nos permita disfrutar de los años que tenemos, y esa es otra de las utopías del ser humano.
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Estoy totalmente de acuerdo contigo, Silvia ☺️
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