
Su lectura no es tiempo perdido, solo desaprovechado
No sé si creo en la magia, pero en mis estanterías a veces pasan cosas raras. Libros que pueden estar años sin que llamen mi atención, de repente un día me da por leerlos, ¿qué pasó ese tiempo para que no me interesara por él? ¿qué ha pasado hoy para que me interese? No lo sé. Quizás sea magia. Pero esto es lo que ha pasado con El banquete anual de la cofradía de sepultuteros de Mathias Enard, editado por Random House y publicado en 2020 también en castellano. Este ha sido el libro con el que cambié de año, lo empecé en 2025 y lo acabé en 2026 (pocos días antes de que naciera G5).
El libro cuenta la historia de David Mazon, un joven etnógrafo que para trabajar en su tesis doctoral sobre la vida en el campo hoy día, ha dejado París para instalarse durante un año en un remoto pueblo rodeado de marismas en la costa oeste de Francia. Mientras supera las incomodidades del mundo rural, David establece contacto con los pintorescos lugareños que frecuentan el café-colmado para entrevistarles. Los encabeza Martial, el alcalde enterrador, y el anfitrión del tradicional banquete de los miembros de la Cofradía de Sepultureros. En este festín pantagruélico donde vinos y manjares van de la mano de leyendas, canciones y disputas sobre el futuro del oficio funerario, la Muerte les ofrece curiosamente tres días de tregua. El resto del año, cuando la Parca se apodera de alguien, la Rueda de la Vida lanza su alma de nuevo al mundo, a un tiempo futuro o pasado, como animal o como ser humano, para que la Rueda continúe girando. De esta forma, Enard exhuma el pasado turbulento y los tesoros de su Francia natal recorriendo el último milenio de su historia, pero sin perder de vista los miedos contemporáneos y con la esperanza de un mañana en el que el ser humano esté en armonía con el planeta. Hasta aquí nada parece que pueda fallar, pero…
Bajo mi humilde opinión, el libro falla en el estilo. Las primeras cien páginas funcionan bien como diario de un estudiante de tesis que se adapta a un entorno rural nuevo, presentándote el pueblo, los personajes, etc. (en este punto me recordaba a Orquesta de Otero que lo tengo muy reciente). Pero luego va mutando y los cuatro capítulos centrales son de un estilo diferente que se adentra demasiado en la Historia de Francia y que, a mi modo de ver, no sé si vienen a cuento o no pero me sacan del libro (podría haber contado lo mismo en el formato diario, quizás con entradas más largas o con explicaciones más extensas). El cambio de propuesta no le sienta bien. Le reconozco un acierto maravilloso que son las reencarnaciones. Le dan mucho juego al escritor para contar cosas del pasado (así mete mucha historia de Francia), pero también dan juego dentro de la historia (si eres bueno o malo tendrás reencarnaciones diferentes, desde un gusano hasta un rey). En definitiva, el libro empieza y acaba con el formato acertado y todos los capítulos centrales están desaprovechados. Pero es cierto que, si hubiera empezado de otra manera, posiblemente hubiera entrado en la propuesta de los capítulos centrales, pero empezando cómo empezó y contándote una historia de personajes ubicados en un pueblo, con sus problemáticas, con sus discrepancias, etc., pues eso es lo que esperaba en el resto del libro y no lo tengo. Así que me deja un sabor agridulce. Hay quienes consideran a Enard el nuevo heredero de Balzac (así reza una cita destacada en la contraportada); yo no tengo criterio para ese tipo de calificaciones, pero me ha dejado frío y sospecho que con Balzac –por lo que me contó Zweig– no me sentiría así, pero para eso tendría que sentarme con Balzac, igual no es mal momento para leer La comedia humana. Mira, ya le encontré algo bueno a este libro: me ha recordado que tengo que leer a Balzac.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
Jajajaja, a mí también me pasa lo de las estanterías, y ajem, otra asignatura más que pendiente, Balzac!
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