Reseña de El Kremlin de azúcar de Vladímir Sorokin

La distopía es advertencia social

Hay veces que no sé qué leer y que nada de lo que tengo por casa llama mi atención. En esos casos, me acerco a mi librería de referencia y me dejo llevar por sus recomendaciones. Así llegué a El Kremlin de azúcar de Vladímir Sorokin, publicado originalmente en 2008 y traducido y editado en español en 2025 por Acantilado. Sorokin, que vive en Berlín -se exilió a los pocos días de la invasión de Ucrania-, es un escritor y dramaturgo ruso considerado posmoderno y uno de los máximos exponentes de la literatura rusa contemporánea. No había leído nada de él hasta este momento y a partir de ahora entrará en mi órbita de escritores de los que estar pendiente.

El Kremlin de azúcar es un conjunto de relatos relacionados entre sí que arranca en las vacaciones navideñas de 2028, cuando una multitud de niños y niñas acuden a la Plaza Roja a recoger un insólito regalo: un efímero Kremlin de azúcar, soluble en el té, símbolo del nuevo Estado ruso. A lo largo de quince relatos/capítulos, estos particulares dulces pasarán de mano en mano hasta alcanzar cada estrato de la sociedad «neomedieval» rusa: un mundo en el que los hologramas y los robots conviven con un orden feudal que divide a la población entre señores y siervos, entre opríchniks y oprimidos. Este marco distópico le sirve a Sorokin para imaginar un país aislado tras una Gran Muralla gobernado por un líder semidivino y sostenido por un nacionalismo religioso y violento -este país viene dibujado desde un libro anterior publicado en 2006, El día del opríchnik (editado en español en 2010 por Alfaguara)-.

Quizás no haya que imaginar demasiado para entender que Sorokin habla de un futuro consecuencia de un presente real. La deriva social y política de Rusia es el manto sobre el que crece el libro de Sorokin. Dice Patricio Pron sobre el libro que se trata de “una novela subversiva y teñida de realismo social sobre la deriva posible de Rusia en un futuro cercano”. La literatura tiene que ser distópica, nos debe hacer vivir otras vidas que por un momento nos avisen de los peligros de las situaciones actuales. Muchas veces, las situaciones literarias con sus metáforas y sus recursos, solo son trincheras que el escritor necesita para avisar al lector de que la guerra está en marcha y no hay espacio para la tibieza. Parece que nos dice “lee, prepárate y haz lo posible para que esta ficción siga siéndolo”. Ojalá los rusos lean a Sorokin, ojalá los europeos y los americanos leamos a Sorokin, ojalá no necesitásemos más advertencias sobre los hiperliderazgos y la mercantilización de la vida y de las relaciones entre personas y estados. Pero, de momento, libros como este son muy necesarios. Y más aún si, además, está tan bien escrito como este.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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