
Solo brilla la mitad de la obra, pero cómo brilla
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Hay temáticas que me generan atracción por admiración. Todo lo que tiene que ver con la música clásica lo admiro por lo lejano que me queda, por mi absoluta ineptitud para tocar cualquier instrumento, por mi total desconocimiento del lenguaje musical. Puedo escuchar una obra de Mozart diez veces seguidas, que al cabo de un mes la vuelva a escuchar y ya no sepa si es de Mozart, de Beethoven, de Bach o de Vivaldi. La admiración va junto al respeto, en el fondo me encantaría saber de música, y especialmente de clásica, diferenciar una corriente de otra, apreciar las decisiones del compositor, poder siquiera acercarme a un piano y tocarlo con algún mínimo criterio. Pero no. Así que, como soy un inepto, tengo que acercarme a este mundo a través de la literatura. Y cuando doy con un libro sobre un compositor, una obra o una reflexión en torno a esta temática lo suelo comprar. Así llego a Contrapunto. Recuerdos de Bach y de duelo, de Philip Kennicott, publicado en 2020 y editado en 2023 en español por Alpha Decay. Kennicott es el crítico titular de arte y arquitectura en The Washington Post donde previamente fue crítico de música clásica. Este es su primer libro.
Cuando su madre se estaba muriendo, Philip Kennicott empezó a escuchar de manera obsesiva la música de Johann Sebastian Bach. Era lo único que no le resultaba trivial e irrelevante en un trance tan delicado. También tras el fallecimiento, en medio del duelo, Kennicott encontró en las composiciones de Bach una mezcla única de alegría y dolor, una pulsión dual de celebración de la vida y experiencia de su propia muerte. A partir de este momento, tomó una decisión: adoptaría a Bach como guía para su crecimiento personal y volvería a tocar el piano –un instrumento que aprendió de niño, y que odió en la adolescencia– para estudiar una de las mejores obras maestras del teclado del compositor alemán: las Variaciones Goldberg. Como en la técnica musical del contrapunto –de la cual Bach es considerado el maestro absoluto–, en este libro se combinan dos melodías para formar un conjunto armonioso: por un lado, la historia personal de Kennicott, un joven atenazado por la dominante figura de su madre, a la que amó y odió tanto como al piano que ella le forzó a tocar, y por el otro, la historia de Johann Sebastian Bach y sus Variaciones Goldberg, una obra misteriosa, con muchas lagunas de información, que gracias a intérpretes como Glenn Gould se ha convertido en una de las composiciones más escuchadas y queridas de la historia de la música. Personalmente, la vida de la madre y su relación con ella no me ha interesado nada. Ni sus reflexiones sobre la muerte, ni los problemas que tuvo con ella por su carácter, ni siquiera la vida de Kennicott de joven en la casa familiar. A cambio, me encantó la parte que tiene que ver con Bach y con las Variaciones Goldberg y sus reflexiones sobre la obra y la música.
La relación que Kennicott tiene con las Variaciones Goldberg, los sentimientos que le genera, los vínculos que crea a través de las páginas de las partituras, la lejanía en la destreza pianística a la que se sabe de Bach (una de las citas que he rescatado y que más me gustan es la que reconoce que ““podemos fingir muchas cosas en la vida, pero no podemos fingir que tocamos a Bach”), la virtuosidad de Glenn Gould y la importancia de su interpretación, las reflexiones sobre lo que significa conocer una pieza de música, son aspectos en los que nos iremos deteniendo en el libro y todos ellos están bien resueltos. Si tuviera que quedarme con algunos, creo que me quedo con las reflexiones en torno a la obra, en concreto destacaría la minuciosidad en el análisis de su estructura (“la forma general de la obra es una de las más sofisticadas y sutiles jamás imaginadas. Las treinta variaciones están flanqueadas por el airea, que oímos dos veces, una al principio y otra al final. Esto crea un total de treinta y dos secciones, divididas en el medio por la variación decimosexta, que es como una bisagra que uniera dos grandes tablas de un díptico musical”), la capacidad para transmitir ideas que el lector medio no va a percibir de la obra como la genialidad de las variaciones en tonalidad menor (15ª, 21ª y 25ª), “hay algo excesivo en ellas. Aparte de su fuerte carga emocional, abundan los detalles curiosos y hasta extravagantes, gestos obsesivos, frases que quedan suspensas en el aire (…) poseen una fuerza enorme y, aunque no creamos que esa fuerza tiene un carácter simbólico, sí revisten una extraordinaria gravedad en el plano puramente musical”), o la relevancia de JS Bach en la música y en el arte universal (“Bach nos pone frente a frente con una resignación emocional que va más allá del placer, de la curación o de nada que pueda expresarse con palabras. Existe fuera de toda noción corriente del tiempo (…) Nos deja maravillosamente agotados y es perfectamente bello”).
Todo esto lo hace sin perder un ápice de sentido del humor, de humildad pianística, de rigurosidad analítica y de compromiso con la divulgación de una obra universal. Yo empecé a ser consciente de la importancia de Bach cuando leí a James Rhodes (menuda mierda de referentes mainstream me gasto, aunque le adoro), quien asistía a sus conciertos con una sudadera que decía “BACH”, y lo situaba como uno de los compositores más importantes de la historia (fijaos que Bach vuelve a aparecer de la mano de un pianista que ha sufrido tanto en lo personal y en lo emocional). Y desde entonces he intentado escucharlo y disfrutarlo, y ciertamente me genera sensaciones encontradas. Se acomoda bien a cómo me siento, me sirve tanto para mantenerme contento como para arrastrarme al pozo -donde a veces también se está a gustito-. Como nunca lo voy a tocar, seguiré escuchando la Chacona, las Variaciones Goldberg o las Suites para Violonchelo, y tengo pendiente La música en el castillo del cielo. Un retrato de Johann Sebastian Bach de John Eliot Gardiner, una biografía del alemán que no demoraré mucho tiempo más. Os espero entre las páginas y las partituras de Bach.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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