Reseña de Una habitación propia de Virginia Woolf

Un ensayo con más de noventa años que sigue de absoluta vigencia

Desde hace algún tiempo, procuro volver de mis viajes con un libro relevante del país al que viajo. Estuve en Londres en 2018 visitando a mi hermano; era la primera vez que estaba en Londres con una afición tan voraz por la Literatura y quise vivirla con el acento puesto en autores, lugares y obras autóctonas. Me hice la foto en el McDonalds que un día fue el Marks & Co. al que escribía Helene Hanff y muy cerca me topé con la emblemática tienda de Foyles. Allí compré esta edición en español de Una habitación propia de Virginia Woolf, y no ha sido hasta este abril de confinamiento cuando me he lanzado a su lectura.

El ensayo está basado en una serie de conferencias que la autora desarrolló en octubre de 1928 en el Newnham College y el Girton College, ambos femeninos, de la Universidad de Cambridge. La tesis de Woolf queda clara desde las primeras páginas: “una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela. He faltado a mi deber de llegar a una conclusión acerca de estas dos cuestiones; las mujeres y la novela siguen siendo, en lo que a mí respecta, problemas sin resolver”. Y será a partir de aquí cuando su postura empiece a definirse intentando dar respuestas a algunas preguntas muy oportunas: “¿por qué era un sexo tan próspero y el otro tan pobre? ¿Qué efecto tiene la pobreza sobre la novela? ¿Qué condiciones son necesarias a la creación de obras de arte?” “¿Puede el sexo del novelista influir en su integridad, esta integridad que considero la columna vertebral del escritor?”.

Las respuestas a estas preguntas serán una argumentación profunda y detallada sobre la presencia de la mujer en la literatura y en la realidad, dos imágenes de la mujer que nada tienen que ver: “las mujeres han ardido como faros en las obras de todos los poetas desde el principio de los tiempos: Clitemnestra, Antígona, Cleopatra, Lady Macbeth, Fedra, Gessida, Rosalinda, Desdémona, la duquesa de Malfi entre los dramaturgos; luego, entre los prosistas, Millamant, Clarisa, Becky Sharp, Ana Karenina, Emma Bovary, Madame de Guermantes. Los nombres acuden en tropel a mi mente y no evocan mujeres que “carecían de personalidad o carácter” (…) Pero esta es la mujer de la literatura. En la realidad, la encerraban bajo llave, le pegaban y la zarandeaban por la habitación”.

A medida que avanza el ensayo es más evidente que “hay que tener quinientas libras al año y una habitación con un pestillo en la puerta para poder escribir novelas o poemas” pero también se torna fundamental otro elemento en este proceso creativo: el tiempo para leer y escribir. Y si estos tres elementos (tiempo, espacio y dinero) son difíciles de lograr para algunos hombres, “para la mujer (…) estas dificultades eran infinitamente más terribles. Para empezar, tener una habitación propia, ya no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aun a principios del siglo diecinueve, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos o muy nobles (…) La indiferencia del mundo, que Keats, Flaubert y otros han encontrado tan difícil de superar, en el caso de la mujer no era indiferencia, sino hostilidad”. Señala Woolf que mujeres como Jane Austen, Eliot o las hermanas Brontë “eran tan pobres que no podían comprar más que unas cuantas manos de papel para escribir Cumbres borrascosas, Jane Eyre o Middlemarch” y escribieron sus grandes novelas en las salas de estar de sus casas, donde el ruido y el jaleo dificultaban la concentración.

Alguien podría intentar atacar al ensayo advirtiendo que Woolf se detiene en aspectos materiales, y no le faltará razón, pero la propia autora lo reconoce y lo explica excelentemente: “la libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no solo durante doscientos años, sino desde el principio de los tiempos. Las mujeres han gozado de menos libertad intelectual que los hijos de los esclavos atenienses (…) Por eso he insistido tanto sobre el dinero y sobre el tener una habitación propia”.

Woolf también dedica tiempo a trazar el esbozo ideal de un plano del alma en el que hay dos poderes: el masculino y el femenino. El estado ideal para escribir, dice, sería el de la fusión de ambos, donde los dos poderes puedan vivir juntos en armonía, “es funesto para todo aquel que escribe el pensar en su sexo. Es funesto ser un hombre o una mujer a secas; uno debe ser “mujer con algo de hombre” u “hombre con algo de mujer” (…) porque cuanto se escribe con esta parcialidad consciente está condenado a morir”. Junto con esta idea, Woolf cierra el ensayo refiriéndose a la importancia de la literatura, y aquí también aparecen algunas citas emblemáticas de las que yo rescato ahora esta, una de mis favoritas: “El Rey Lear, Emma o En busca del tiempo perdido (…) la lectura de estos libros parece, curiosamente, operar nuestros sentidos de cataratas; después de leerlos vemos con más intensidad; el mundo parece haberse despojado del velo que lo cubría y haber cobrado una vida más intensa (…) de modo que cuando os pido que ganéis dinero y tengáis una habitación propia, os pido que viváis en presencia de la realidad, que llevéis una vida, al parecer, estimulante, os sea o no os sea posible comunicarla”. Este amor por la literatura le hace flaquear en las últimas páginas y aceptar que, a pesar de la necesidad de una habitación propia, quinientas libras y tiempo para leer y escribir, “hacer este trabajo, aun en la pobreza y la oscuridad, merece la pena”.

Por curiosidad, he buscado cuántos euros son ahora las 500 libras que proponía Woolf en 1929 y lo más cercano que he encontrado es de 1953. En 1953, 500 libras esterlinas equivaldrían a unos 1.400 euros actuales.  Sin embargo, este ejercicio es absurdo. Woolf no se queda en lo material, la habitación propia es una imagen mucho más potente que la literalidad que encierra. Y ahí es donde luce Woolf, en su amor por la literatura y sobre todo en su legítima lucha feminista. Lástima de su suicidio.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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