Reseña de La vida es un cuadro de Hopper de Carlos Langa

El acierto de interpretar Madrid a través de la mirada de Edward Hopper

Voy a jugar con las cartas boca arriba: compré este libro por el título y la portada; no conocía al autor ni llegué a leer la sinopsis. Daba igual, lo importante era un libro que seguramente hablara de la soledad y que tenía a Hopper como centro de interés. Y, ciertamente, La vida es un cuadro de Hopper de Carlos Langa, editado por Plaza Janés (Penguin), trata sobre todas estas cosas, pero tiene algunos detalles que lo convierten en un libro especial.

El libro narra la llegada a Madrid de Pablo, un joven sin horizontes, pero con la firme convicción de empezar de cero en una ciudad llena de oportunidades para cumplir su sueño de ser actor. Pablo vive en una de las muchas capas de la capital, acorde a sus estrecheces económicas pasa mucho tiempo en la calle, se cuela en discotecas y en fiestas privadas de conocidos, consume drogas que le ofrecen y comparte un piso lúgubre, que me recuerda al que yo viví en la Glorieta de Embajadores. Su vida en Madrid tiene dos protagonistas: Elia, una guarda de seguridad del Museo Thyssen, fascinada por el pintor americano Edward Hopper, y el fantasma de Pío Baroja que se le aparece cuando está perdido geográfica y emocionalmente. Pablo es un chico que tiene sueños, pero no tiene la energía necesaria para luchar por ellos. El tedio, la pereza y las drogas anulan su capacidad para salir de un estancamiento vital que le llevará a caminos un tanto indeseados, “el caso es engancharse a lo que sea para seguir tirando: al sol, a la heroína, a la culpa, al sarcasmo, a la verdad, a la mentira, al parchís o, incluso, a una juventud mal resuelta”.

El recurso de Hopper ilumina toda la novela y justifica su presencia en las palabras de Elia, “toda nuestra existencia de personajillos de ciudad se podría condensar en cualquiera de los cuadros de Hopper. El miedo, la esperanza, el vacío y esa continua necesidad de que pase algo que lo cambie todo. Para mí son como ventanas en la noche en las que asomarse a otras vidas que al final también son las nuestras”. Hay un personaje que al final de la novela decide irse a vivir a los cuadros de Hopper argumentando que “quizá encuentre complicidad en gente que también se siente sola y no lo esconde” y es que “si quieres que tu existencia sea perfecta, quédate a vivir en un cuadro de Hopper, ahí hasta la angustia posee un aceptable aire estético”. Langa propone al inicio de cada capítulo (y son más de sesenta), una obra de Hopper que se relaciona con la historia a través de la pintura o simplemente del título. Este recurso, que me parece acertado, a mí me ha ralentizado la lectura porque no podía empezar un capítulo sin buscar el cuadro en cuestión. Eso sí, la elección de Madrid y de Hopper no son casuales, pues uno y otro ayudan a interpretarse y a definirse. Hopper no está solo en el Thyssen, está en las calles vacías, en los bares, en las terrazas, en los hoteles, y entre las bambalinas de sus teatros.

El libro ya es interesante en sí mismo, pero los cuadros de Hopper le sientan muy bien y permiten exprimir más la novela. Lo he sentido con otras novelas que crecían al calor de otros recursos artísticos (cuadros, canciones, esculturas, edificios, poemas, etc.), normalmente este tipo de relaciones le sientan muy bien a las tramas y al disfrute del lector. Eso sí, hay que saber aprovecharlo y eso es mérito del autor. Desde luego, Hopper ha sido un acierto. Un pintor que ya conocía y que ya me gustaba, ha venido a ensanchar las sensaciones y las emociones de una novela muy entretenida. Hopper es genial, y estoy de acuerdo en que la vida crece y muere en la soledad. Hay compañías y proyectos que la hacen interesante, pero al final solo nos tenemos a nosotros mismos. Y esto es terriblemente bonito, incluso artístico. Hay mucho arte en la soledad y Hopper es su mayor y mejor exponente en la pintura. Langa lo lleva a su terreno y nos regala una novela sobre la soledad como vía de escape y como espacio donde amueblar nuestro mundo interior, al tiempo que nos habla de otros temas como los condicionantes sociales o las dichosas expectativas de una juventud mediatizada por una publicidad y unas vidas inalcanzables, pero aun así deseadas.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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