Reseña de Comuneros. El rayo y la semilla de Miguel Martínez

Un libro imprescindible para entender el origen y la repercusión de una revolución frustrada que llega hasta nuestros días

El 23 de abril de 1521 caían en una emboscada en Villalar los líderes comuneros, Padilla, Bravo y Maldonado. 500 años más tarde, 23 de abril de 2021 C. me regalaba Comuneros El rayo y la semilla de Miguel Martínez editado por Hoja de Lata. Y el 23 de abril de 2022 os traigo la reseña del libro y esta noche alguien lo ganará en el sorteo que he preparado en el perfil de Instagram. Antes de continuar… feliz Día del libro, feliz Día de Castilla, feliz Día de Aragón y feliz Sant Jordi.

Comuneros es el resultado del minucioso trabajo de estudio de Miguel Martínez, profesor de la Universidad de Chicago, pero sobre todo es la oportunidad para acercarse a una parte de nuestra historia que ha sido denostada y apartada del relato común por los vencedores. Como explica el propio autor en la Introducción, “este libro trata abiertamente de prologar un diálogo entre las preguntas del presente y los rastros del pasado, de rescatar la revolución e 1520 del abismo de un tiempo completamente otro para hacerla inteligible e imaginable en el nuestro”. El libro propone dos lecturas. Por una parte, narración histórica de los hechos: la semilla de la revolución, la configuración de los bandos, el avance de las tropas, la firma de alianzas, los traidores, la esperanza en los líderes naturales, la estrepitosa derrota en los campos de Castilla y la huida de los vencidos. Por otro lado, el análisis de las ideas que sostuvieron la revolución y cuyas semillas llegan hasta nuestros días. Me han interesado los dos relatos. Del primero me he querido quedar con los hechos (muchos no los conocía) y he puesto especial atención en destacar todas las personas vinculadas con Salamanca que participaron en la revolución (buscaré información sobre ellos porque me interesa mucho el papel de la Universidad de Salamanca en esta parte de nuestra historia): los frailes Alonso de Medina y Juan de Bilbao (“el papel de los frailes franciscanos y dominicos como ideólogos y propagandistas del movimiento comunero está ampliamente documentado”), un pellejero llamado Villoria, profesores y estudiantes de la Universidad de Salamanca como Alonso de Zúñiga, Andrés de Toro, Juan González Valdivielso o Fernando de Roa -discípulo de Alonso Fernández de Madrigal, el Tostado-. Del segundo me he llevado una grata sorpresa histórica, y es que los Comuneros de Castilla fueron precursores de ideas que florecerían en la Revolución Francesa, quizás porque allí las ideas triunfaron y aquí fueron aplastadas por las patas de los nobles castillos de los señores castellanos, y que responden al “intento de poner orden en las finanzas y la políticas del reino frente al pillaje de un grupo de poder extranjero y corrupto que veía España como botín de conquistador” y esto llegará hasta nuestros días en cuestiones que siguen pendientes, “la limpieza institucional, la lucha contra la corrupción, la pelea por ensanchar los cauces de la participación y la representación política para los de abajo, la justicia fiscal y la racionalización de las cuentas públicas, la austeridad republicana y el reparto equitativo de lo común o la limitación y el cuestionamiento de la institución monárquica”.

Los aciertos de Miguel Martínez en el libro son muchos, a mí hay uno que agradezco especialmente. Tiene que ver con las coexistencias históricas que se destacan. Y es que al mismo tiempo que los Comuneros avanzaban por Castilla, “Lutero defendió sus tesis delante de Carlos, en la Dieta de Worms, apenas cinco días antes de que el ejército de Padilla sucumbiera en Villalar” y “Maquiavelo escribía sus Discursos en la víspera de la revolución comunera”, aunque ni Maquiavelo ni los Comuneros supieron unos de otros, “los insurgentes castellanos de 1520 habrían tenido en Maquiavelo, si lo hubieran conocido, una poderosa herramienta intelectual”. Esta perspectiva de líneas históricas paralelas a mí me encanta, me ayuda a situar los acontecimientos mucho mejor que el relato lineal y separado de la Historia.

Los capítulos de El pensamiento comunero y el de El legado comunero me parecen los más densos, pero, de lejos, los más interesantes. Dice Martínez que “las revoluciones barajan las palabras, las agitan y las vuelven a repartir, facilitando jugadas que antes no eran posibles”, y eso fue lo que hicieron los Comuneros con palabras como bien público, comunidad, libertad, república, igualdad o soberanía. Y lo que en 1520 surge entre las capas bajas de la sociedad, entre los pobres y los plebeyos “germinará con fuerza en la era de la revolución (…) Los comuneros tenían mucho que decir a los constitucionalistas de Cádiz, los republicanos, los demócratas radicales, los federalistas y los socialistas del siglo XIX. Los nuevos relámpagos revolucionarios brotaban, como en 1520, de las venas amplias de una tradición rebelde hecha mito”. La lectura política del pensamiento comunero en la actualidad es muy interesante. El libro lo prologa Xavier Domenech, quien durante un tiempo fue diputado de Podemos, pero también tiene connotaciones federalistas y autonomistas como una discurso que Azaña pronuncia frente a los republicanos catalanes y les viene a decir que “cuando emerja el comprensible resquemor contra Castilla, recuerden que Castilla perdió sus libertades muchos antes que Cataluña”, y una tercera idea que a mí me ha roto la cabeza y sobre la que volveré a menudo hasta tener claro qué pienso sobre ello, sostiene Martínez que “la mayor innovación, en términos de territorialidad, de la España autonómica no tuvo tanto que ver con las nacionalidades históricas de Galicia, Cataluña, País Vasco o Andalucía, sino con la creación de Castilla y León (…) El invento ha tenido un éxito muy limitado en términos de construcción de identidad y sentido de pertenencia. Algunos consideran, sin embargo, que ha sido un factor importante en el bloqueo de una vía federal y republicana para la España democrática”. Y es que, si cogemos cierta perspectiva histórica, puede ser absurdo separar Valladolid de Toledo o la Universidad de Alcalá y la Universidad de Salamanca.

Comuneros me parece un libro necesario. Una lectura que produce cierto orgullo del terruño y que invita a la esperanza de esa semilla que se plantó en las tierras arrasadas de Villalar y se regó con la sangre de los Comuneros, aun podamos ver brotar y florecer una Castilla que recupere los valores comuneros y los ensalce en pro de la gente llana, de los que menos tienen, de los oprimidos, de los apartados del relato aristocrático. Hoy, apenas unos días que en la Junta (la mala, no la comunera) ha entrado la extrema derecha y amenaza con lo mismo que amenazó Carlos I (Carlos V) a los habitantes de Castilla, hoy más que nunca hay que leer este libro y aprender de la historia para intentar repetirla. Porque, como dice Martínez hacia el final, “el tiempo no pasa, se acumula” y debemos aprender con él para que los valores comuneros estén más presentes hoy.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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