Reseña de El infinito no cabe en un junco de Carlos Clavería Laguarda

Luce menos por crecer al calor del de Vallejo

No recuerdo como llego a este libro, pero en una de mis incursiones en mi librería charra de referencia, Letras Corsarias, me acordé de que tenía un libro pedido y resulta que era El infinito no cabe en un junco de Carlos Clavería Laguarda, editado por Altamarea y publica en septiembre de este año. Estas cosas no sé si solo me pasan a mí (encargar libros y olvidarme de ellos), pero esta vez me alegro del momento en el que llegó porque lo he leído en menos de veinticuatro horas y aquí os lo traigo mientras gano tiempo para terminar La caída de Madrid de Chirbes (a ver si el domingo la tengo).

Este panfleto (no es un término despectivo, pues es el que usa el autor) pretende responder de manera crítica algunas de las ideas apuntadas en el ensayo de Irene Vallejo y, a partir de él y reconociéndole todo su mérito, reivindicar que los libros son materia viva que no se debe almacenar ni marcar. Pero, ¿y qué? Aun asumiendo que el texto de Vallejo tenga errores, imprecisiones o afirmaciones muy atrevidas (yo no puedo valorar esto, no soy filólogo), su valor es incalculable y el acercamiento que ha supuesto a la mayoría de la población ya merece todos su premios y reconocimientos.

El propósito del libro es “recopilar unos pocos episodios que permitan reflexionar sobre si el hombre es también la más dolorosa causa de destrucción del libro, y sobre si muchos hombres – pues las mujeres tienen otro talente – se escudan en el objeto libro y en la sabiduría y en los valores que encierra para enmascarar dichos y hechos en otros ámbitos reprobables pero admirables en bibliotecas de nivel mítico”. La crítica sobre la acumulación (“la no circulación de “objetos silenciosos” lleva dentro el germen de su propia destrucción”) y la marcación de libros (“con los libros, añadir marcas de posesión o de personalidad no está exento de riesgos y de intenciones extrañas”) la entiendo legítima pues está fundamenta en fuentes y acontecimientos históricos, pero montar una biblioteca en casa es una tarea tan bonita como reconfortante para un amante de los libros y señalarlos, marcarlos, escribirlos, tocarlos, sobarlos, mimarlos, son acciones incontrolables para aquellos que nos intentamos apropiar (hacer una lectura significativa) de aquello que leemos. De hecho, gracias a esas marcas, recuerdos, reflexiones, incluso ilustraciones entre las páginas de un libro, podemos disfrutar de otros textos tan bonitos como Libros rayados de Miquel Sanz y, personalmente, de las dedicatorias que mi padre le dejaba a mi madre en los libros de poemas de León Felipe o Mayakovski.

Sí voy a reconocerle algo al texto, la idea de que lo gobernantes no siempre han apostado por los libros por una cuestión de democratización cultural, “la historia rebosa de lugares vacíos y exclusivos, llamados bibliotecas, en los que no podía entrar los menos letrados, los contrarios, los disidentes, las mujeres, los pobres, los críticos y los mal vestidos, que se vieron obligados a resignarse a su suerte ya en tiempos de los Ptolomeo”. Incluso el hombre ha sido capaz de crear listas de libros prohibidos, quemas de libros, etc. en nombre de la decencia, el progreso o la libertad.

A Carlos Clavería no le hacía falta enfrentarse a Irene Vallejo para montar su ensayo, de hecho, creo que lo hace para aprovechar la inercia que ha generado la zaragozana y vender su libro. Vamos, que ha sido una torticera estrategia de marketing. Y le sale mal, porque los que hemos leído y disfrutado El infinito en un junco leemos este texto con cierto rechazo desde el inicio y condiciona nuestra lectura. De no haberse pegado al calor de Vallejo, quizás Clavería hubiese lucido más, o al menos con luz propia.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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