Reseña de Por los buenos tiempos de David Keenan

El glamour del terrorismo callejero ambientado en el Belfast de los Troubles

Este libro llega a mis manos tras una búsqueda de obras sobre el conflicto del norte de Irlanda o de Irlanda del Norte (depende de dónde te posiciones), un tema que en este blog ya hemos abordado a través de novelas como No digas nada, Los incendiarios o El abstemio, por citar tres de este mismo año.  Ahora os traigo Por los buenos tiempos de David Keenan, editado por Sexto Piso y publicado en 2020. Todo un descubrimiento el autor y toda una puta locura gozosa y brutal su lectura.

Por los buenos tiempos revisa 30 años de conflicto en el norte de Irlanda desde la irreverencia y la carcajada a través de cuatro jóvenes (Tommy, Barney, Pat y Xamuel), miembros del IRA Provisional, que se involucran en la lucha callejera de Belfast mientras leen cómics y escuchan música. El glamour de la violencia en una pandilla de jóvenes irlandeses ignorantes que han crecido rodeados de violencia hasta la cotidianeidad, “con doce años yo había visto cadáveres. Había visto a un soldado dispararle a un tío en la cara prácticamente a bocajarro. Había visto cuerpos tirados en el hueco del ascensor de los edificios abandonados que hay junto al canal de Lagan, les habían dado tal paliza que parecían vacas muertas. Había visto a mis vecinas arrastrarse, con las manos y las rodillas ensangrentadas, mujeres pobres con las piernas su-pu-ran-do (…) arrastrándose por las calles mientras los soldados de infantería británicos se mofaban de ellas y las apuntaban con ametralladoras en la cabeza.  Había visto a mi padre y a dos amigos suyos liarse a hostias con un tío en el aparcamiento de un pub. Yo estaba en el coche y por la luna trasera vi cómo le daban en la cabeza con tacos de billar y uno de ellos se partió en dos”. En un contexto como este es difícil no haber replicado los modelos. Eso que dijo Luis Tosar hace poco en un medio de comunicación a raíz de su papel en Maixabel de que si hubiese sido joven en los años 80 en Euskadi no puede decir que no hubiera terminado en ETA, lo defiende David Keenan en su novela; de hecho, en una entrevista en El Periódico afirmó que «La mayoría de nosotros habríamos sucumbido al glamur de la violencia en Belfast«.

Los cuatro protagonistas de la novela son unos chicos guapos, brillantes, encantadores e ingeniosos; también son violentos, drogadictos y alcohólicos. Su educación está basada en las pandillas callejeras. Se han curtido entre drogas y pistolas. Sus ídolos son estrellas del rock y terroristas. En cierto modo la historia que nos cuenta Keenan recuerda a la de Uno de los nuestros donde los jóvenes gangsters de Scorsese emprenderán un aprendizaje a base de tiros, bombas, intimidación y navajazos, con un final terrible e, igualmente, inevitable, una vez que esa sangrienta fiesta termine. Ciertamente el libro es oscuro, teñido de sangre, empapado en alcohol y cargado de desconfianza. La espiral vital de estos chicos es absorbente, no tienen forma de salir de ella, no conocen alternativa posible, “nunca nos cuestionábamos nada; de hecho, mentíamos. Nos mentíamos a nosotros mismos más que a ninguna otra persona. No nos quedaba otra. ¿Cómo, si no, íbamos a hacer lo que hacíamos día sí, día también? Como le dieras al tarro, estabas acabado”. La única salida era mantenerse en esa ola iracunda, esa corriente que les mantenía a salvo de la desidia y la indiferencia, “daba igual el lío en el que estuviéramos metidos, la cantidad de sangre derramada, lo peligrosa que llegar a ser la situación, nunca perdimos el rumbo, ni una sola vez. (…) ¿Nuestro rumbo? ¿Quieres saber cuál era nuestro rumbo? Nuestro rumbo era el futuro. Camelarnos el puto futuro”. Es una borrachera de violencia desmedida: es sangre, sudor y drogas. No hay lágrimas, no hay lugar para el arrepentimiento. Se tomaban su vida como un juego de rol, “jamás me sentí como un mentiroso. Jamás me sentí así. Lo único que hice fue interpretar con honestidad el papel que me habían adjudicado (…) En aquella reunión yo desconocía quién sabía qué, o quién está interpretando a quién, pero esa no era la cuestión: la cuestión era que había que seguir jugando, y todos lo sabíamos”. Sin embargo, en la oscuridad y el silencio de la noche salen los fantasmas, “cada uno de nosotros se sentía aislado a su manera. Atrapado en su propio bucle. A pesar de que el bucle principal, el conflicto, nuestra conflictiva historia irlandesa, nos contenía a todos”.

He descubierto a Keenan y me encanta su estilo sucio, pulp, nihilista y delirante. Me recuerda mucho a Irvine Welsh o, por citar producto de casa, a Kiko Amat. El ritmo y el tono del libro son adictivos. Las referencias culturales están bien traídas y me reconozco en algunas de ellas. Plantea una visión violenta, juvenil, irracional, cañera, del conflicto en el Norte de Irlanda, como si fuesen todos (y lo son, pero la novela les exime de toda culpa) unos putos críos crecidos en la inmundicia del sinsentido violento, áspero, con el sabor metálico de la pistola en la boca y muy mareante. Pasaron del llanto infantil mezclado con mocos a la rabia adolescente salpicada de sangre, sin darse cuenta. Para Sosa Alonsoeste libro hipertrofia la violencia del conflicto norirlandés, mezclando realidad y sueño, frustración y deseo, lealtad y traición en una orgía literaria de radicalidad y exceso bajo la que se fragua una novela de iniciación que trasciende la vida adulta hacia ser un “provo”, es decir, un soldado callejero del IRA Provisional” y creo que acierta de pleno. Sea como fuere, este tema me sigue atrayendo, creo que su abordaje es infinito y, aunque a mucha gente le pueda doler tratarlo, a los que no lo conocimos nos sitúa en un ambiente muy complejo, lleno de aristas y matices, donde sobran vísceras y faltan soluciones. Porque quizás no las haya, y eso es lo más crudo de todo el libro, Keenan nos plantea que no hay salidas, no hay soluciones, no hay alternativas, como en todos los problemas complejos. Y eso es lo más preciado de la literatura, te obliga a situarte, a pensarte, a reflexionar sobre situaciones que quizá nunca vivirás, pero sobre las que no cabe la indiferencia.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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