Reseña de Albertine desaparecida de Marcel Proust

El volumen dedicado al reverso del amor y del tiempo: el olvido

Empiezo a ver el final de En busca del tiempo perdido y no quiero que se acabe. Tras cinco volúmenes, llego al sexto, Albertine desaparecida, con ganas de conocer cómo avanza la historia y cómo le sienta a Marcel el abandono de Albertine que nos sorprendió en la última página de La prisionera. Publicada en 1925, y tras unas correcciones encontradas en 1987, este sexto volumen aborda el amor desde una perspectiva diferente, Proust intenta averiguar qué hay después del amor.

Albertine desparecida arranca justo en el mismo punto en el que termina La prisionera, la huida de Albertine de casa de Marcel. La novela se organiza en cuatro capítulos, pero creo que tiene una estructura en dos partes divididas por su viaje a Venecia: una primera parte compuesta por los primeros tres capítulos y una segunda parte en el último capítulo. El primer capítulo, el más extenso del volumen, se articula a través de pensamientos, suposiciones, miedos, esperanzas y celos (muchos celos) provocados por la marcha de Albertine, “en el caso del sufrimiento físico, al menos no tenemos que elegir nosotros mismos nuestro dolor. La enfermedad lo determina y nos lo impone, pero en el de los celos tenemos que probar, en cierto modo, sufrimientos de todo tipo y de todas las dimensiones, antes de detenernos ante el que parece poder convenirnos”. Todo esto al ritmo de la correspondencia con los dos emisarios que Marcel manda al pueblo donde está Albertine, Saint-Loup y Aimeè. La correspondencia con ellos se interrumpe cuando le dicen que Albertine ha muerto. A partir de este momento, sus pensamientos son más locos aun, y su disertación sobre el recuerdo y la muerte es tan extremo como extenso y acertado, porque el dolor es inabarcable y la resignación es absoluta, “para que la muerte de Albertine hubiera podido suprimir mis sufrimientos, habría sido necesario que el choque la hubiera matado no solo en Turena, sino también dentro de mí. Nunca había estado más viva ahí” y más adelante, “para que yo perdiera el recuerdo de Albertine, vinculado como estaba a todas las estaciones, habría tenido que olvidarlas todas (…) habría tenido que renunciar a todo el universo. Solo -me decía- una verdadera muerte de mí mismo podría (pero es imposible) consolarme de la suya”, que es otra forma de decir que no hay muerte hasta que no hay olvido y viceversa (aquel manido “el olvido que seremos” que le adjudican a Borges). La pérdida de Albertine conduce a Marcel a algunas ideas muy interesantes, como por ejemplo que las cosas no se poseen si no se entienden (una idea que tiene sus implicaciones pedagógicas), “solo en el pensamiento poseemos las cosas y, si no sabemos entender un cuadro, no lo poseemos por tenerlo en el comedor ni tampoco un país por residir en él y sin contemplarlo siquiera”. Marcel añora a Albertine y no le consuela cualquier otra, “si no hubiera tenido la experiencia de la presencia insoportable de otra, habría podido creer que añoraba más un beso que ciertos labios, un placer más que un amor, una costumbre más que una persona”. Todo le recuerda a Albertine, hasta las cosas más peregrinas, pero claro… “a partir de cierta edad, nuestros recuerdos están tan entrecruzados unos con otros, que la cosa en la que pensamos, el libro que leemos, carece casi de importancia. Hemos puesto parte de nosotros mismos por doquier, todo es fecundo, todo es peligroso y podemos hacer descubrimientos tan preciosos en los Pensamientos de Pascal como en un anuncio de jabón”. Abro Paréntesis. Esta parte de la obra y de sus reflexiones es la primera vez en la que coincido con Marcel. Hasta ahora me había parecido  un joven repelente, acaparador, caprichoso, altivo y prepotente. No me caía bien. Creo que no he logrado empatizar con él en ningún momento de la obra, salvo en este de la muerte de Albertine. Normalmente me parece un niño, ya un joven,  mimado y consentido, pero quizás es lo propio de un joven aristócrata francés de esta época que vive de la herencia millonaria de su abuela y sueña con ser escritor…Cierro paréntesis.

Volviendo a la obra, si la primera parte es una extensa reflexión sobre el amor y el olvido, la segunda es un teatro con muchos personajes en escena y algunas tramas secundarias, pero mucho más ajetreada que la primera: anuncio de boda, homosexualidad y confesiones de la infancia se mezclan con algunas reflexiones muy interesantes que desliza Proust gracias a la trama, como por ejemplo una sobre las creencias, “buena parte de lo que creemos procede -y hasta las últimas conclusiones, con un empecinamiento y una buena fe semejantes- de un primer error en las premisas” u otra sobre la tristeza, “en este mundo, en el que todo se desgasta, todo perece, hay algo que cae en ruinas, que se destruye aun más completamente y deja aun menos vestigios que la belleza: la pena”.

Proust me está enseñando a ser un lector más paciente. Con él no se puede tener prisa por pasar la página porque hay suficiente contenido en cada una de ellas ni se puede tener prisa por conocer cómo avanza la historia porque a veces la historia no avanza durante más de cien páginas. Proust obliga a una lectura tranquila, sosegada y disfrutona de cada idea, frase, descripción y adjetivo calificativo. Llevo ya seis volúmenes advirtiendo que no es una lectura fácil, que requiere de cierto músculo lector, pero es que si le pillas el punto es tan entretenida y está tan cargada de sentidos y significados que da igual lo que cueste porque merece la pena. Ya estoy en el último campo antes de atacar la cima de este ochomil de la literatura y tengo sensaciones encontradas. Quiero terminarla, pero me gustaría que el libro fuera infinito y que siempre me quedaran páginas por leer de las reflexiones de Marcel. A ver si este verano leo el final y comparto una valoración general de la obra, que su extensión está postergando más de la cuenta.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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