Reseña de Elogio de la duda de Victoria Camps

Dudar como forma de vida

Últimamente estoy dedicando tiempo de mis lecturas a los ensayos. Nunca los he abandonado, pero me centraba más en la novela. Creo que voy descubriendo el placer del ensayo, aunque le encuentro algunas carencias importantes como el oportunismo editorial o la prolijidad de títulos y autores que vienen a hablar de lo suyo sin que necesariamente sea enriquecedor para el proceso de construcción del bien común. Sea como fuere, ahora os traigo Elogio de la duda, de Victoria Camps, editado por Arpa ediciones. Una propuesta muy interesante y con la que todos deberíamos sentarnos a debatir y a pensar conjuntamente.

Por empezar centrando el letimotiv del ensayo, para Camps “Dudar no implica dejar de actuar ni permanecer indeciso. Tampoco significa equidistancia entre opiniones opuestas. Dudar, en la línea de Montaigne, es dar un paso atrás, distanciarse de uno mismo, no ceder a la espontaneidad del primer impulso. Es una actitud reflexiva y prudente, en el sentido de la phrónesis griega, la regla del intelecto que busca la respuesta más justa en cada caso”. Durante todo el ensayo, Victoria Camps reivindica “el ejercicio de la duda como un elemento positivo para la madurez mental y la convivencia civilizada, como un dispositivo capaz de agitar los juicios, las opiniones, las afirmaciones y explicaciones de lo que ocurre o de lo que está en nuestra mente pidiendo una explicación. La duda sirve para eliminar prejuicios, supuestos no fundados, creencias no examinadas, y no es en absoluto contradictoria con la búsqueda de una supuesta verdad”. Ni siquiera, dirá más adelante, será “incoherente con el mantenimiento de cierto número de convicciones fuertes (…): la libertad, la igualdad y la dignidad deben ser entendidas como exigencias inalienables de la condición humana”. Así que, debemos dudar y debemos mantener algunos mínimos incuestionables. La combinación no es sencilla y está llena de horrores.

Camps recurre a filósofos como Descartes, a quien la duda le ayudaba a pensar bien o a Montaigne, a quien “solo le preocupa su verdad, la que podía encontrar en su interior, a través del autoanálisis, sin pretensiones de convertirla en verdad universal”. La visión de Montaigne me parece muy interesante, pues para Montaigne nada está ganado para siempre, ni siquiera los ideales que parecen más sólidos, pues este francés universal “entendió que un pensamiento dubitativo y modesto afianza la libertad interior de la persona”; lo que significa que la duda debe permanecer en nosotros, no hay un momento en el que ya nos esté permitido el lujo de no dudar. Montaigne, dice Camps, “vive a gusto en la incertidumbre”. Todos deberíamos tomarnos la duda como un ejercicio sano, pues, propone Camps, “no se trata de enredarse en dudas interminables, sino de relajarse y divertirse un poco adoptando posiciones impopulares”, permitirnos equivocarnos, porque “la filosofía, el conocimiento, proceden de personas que se equivocan. La sabiduría consiste en dudar de lo que uno cree que sabe”.

Por otro lado, Camps no evita las implicaciones educativas de la duda. En este punto, trae a colación a Grosser quien se preguntaba si la educación en lugar de producir identidades no debería enseñar a tomar distancia respecto de la propia identidad. Este ejercicio supondría “formar mentes maduras y críticas y no lo contrario” pues, “una idea que no se ha puesto en cuestión no es libre”. Para este mundo frenético y materialista, Camps propone una educación humanística “que se desarrolla especialmente leyendo” y que “puede contribuir a esa tarea de examen y reflexión sobre el quehacer humano”. Ojalá alguien con mando en plaza hiciera caso a Camps.

En esta búsqueda constante de la verdad que supone la duda, ya sea individual o universal, Camps apunta algunas ideas que me parecen muy acertadas. La primera que me gustaría destacar es que “el consenso generalizado no siempre es prueba de que se progresa hacia la verdad”, ¡cuántos consensos han supuesto un estancamiento del progreso y de la razón! La segunda radica en la novedad, “que algo sea nuevo no implica que sea mejor”, hay ideas con mucha trayectoria histórica que siguen teniendo absoluta vigencia y muchas de las ideas actuales son bien peregrinas. La tercera es brillante y dedica el último capítulo a desarrollarla; según Camps, debemos dignificar el ensayo como literatura de ficción, y debemos leerlo y producirlo más a menudo, pues es un género que no encaja en la actualidad porque “no hay lugar para una cultura que no sea pensada para ser consumida y desaparecer”, así que la autora reivindica el ensayo como “la forma más adecuada para expresar la perplejidad de quien escribe, de ejercitar la duda”.

En definitiva, Elogio de la duda es un ensayo brillante. Me ha encantado. Me ha obligado a pensar, a reflexionar sobre mí mismo y sobre lo que me rodea, a detenerme en aspectos sociales, políticos, culturales y filosóficos en los que nunca me había parado a pensar y me lo he pasado muy bien. Si algún día monto una revista científica educativa dedicada a ensayos (tengo la idea, no la capacidad), me encantaría que Victoria Camps cediera su último capítulo al primer número de la revista. He dicho.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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