Reseña de Historia del silencio. Del renacimiento a nuestros días de Alain Corbin

Un oportuno e incompleto ensayo sobre el silencio y su importancia en la configuración de las sociedades

Llevo con este libro en la estantería desde septiembre de 2019. No he encontrado el momento de sentarme a leerlo y ahora lo era. El silencio es un tema que siempre ha llamado mi atención y en Historia del silencio de Alain Corbin, editado por Acantilado, se trata desde muchos puntos de vista diferentes. Así que era una oportunidad para profundizar en el silencio (o los silencios, porque como veremos hay muchos matices).

Historia del silencio es un ensayo que se organiza caprichosamente en capítulos que apenas comparten criterios de ordenación. Digamos que a Corbin se le van ocurriendo temas relacionados con el silencio y los va tratando. Más allá una posible clasificación entre silencios interiores y exteriores, los capítulos no responden a nada más que a los intereses de Corbin. Corbin abarca muchos espacios donde el silencio se revela, los silencios de la naturaleza (noche, montaña, mar, o el silencio de los bosques que asombraba a Thoreau en Walden…), los silencios sociopolíticos (dictaduras, ciudades, pueblos pequeños, pueblos abandonados…), o los silencios religiosos (como el que reina en las iglesias o el silencio espiritual de San Juan de la Cruz). Si tengo que destacar alguno que me haya gustado especialmente sería el silencio en las artes; dice Corbin: “yo confieso mi predilección por las artes silenciosas”, y comparto esta confesión si bien creo que todas las artes son silenciosas salvo la música y en parte el cine. Me gusta la referencia a Hopper, sostiene Corbin que “en nuestros días, todos hemos sentido, en presencia de muchas telas de Hopper, que este artista pinta ante todo el silencio, el de las carreteras, las calles, las casas, en particular el que se establece o impera entre las personas”. Y destaco también la referencia al cine, dice Corbin que “el cine mudo fue capaz de expresar, con extraordinaria fuerza, las emociones y los sentimientos”, pero para mi tiene más valor el silencio en el cine actual y estoy de acuerdo con el autor que destaca Corbin en este punto, Paul Vecchiali, que defiende que “los verdaderos silencios están en las películas habladas” y a mí, inmediatamente, me viene a la cabeza el cine de Haneke.

El capítulo de las tácticas del silencio es sin duda mi favorito, quizás por el cambio de tercio que supone; anteriormente se ha referido Corbin a un silencio destinado a favorecer el recogimiento y la reflexión interior y ahora se centra en el papel que desempeña el silencio en las relaciones sociales, “el silencio vivido fuera de la soledad”. Estos silencios tienen que ver con la prudencia, la paciencia, el respeto, o la atención. Mi padre utilizaba mucho la expresión “habla solo cuando tus palabras mejoren el silencio” y Groucho Marx aquella de “es mejor callar y parecer tonto que hablar y confirmarlo”, pues sobre ambas Corbin tiene algunas páginas especialmente destacables. Eso sí, en este capítulo de las tácticas del silencio he echado en falta los silencios cómplices de comportamientos inmorales, los silencios obligados (los “silenciados”), y esto me lleva a una de mis principales críticas al texto: la falta de atención al lado negativo del silencio.

El postludio se centra en “lo trágico del silencio” y es una pena que se quede en un cierre tan escaso. Esta parte daba para otra gran sección dentro del libro. Parece que Corbin se ha visto superado por la amplitud del tema elegido y despacha la parte negativa del silencio con catorce páginas. Cuando el lado trágico del silencio es muy poderoso, el silencio de los despotismos, de la violencia, de la muerte (el minuto de silencio), etc. Muchas obras han destacado por su abordaje de este tipo de silencio, a bote pronto me vienen a la cabeza dos. Por una parte, el silencio de la obra de Goya, quizá Saturno devorando a su hijo sea un cuadro con un silencio atronador. Por otra parte, el silencio de la protagonista de La vegetariana de Han Kang, un silencio punzante que duele durante todo el libro. Pero hay muchos más ejemplos. Otros dos son los aspectos en los que creo que el ensayo no es todo lo robusto que me esperaba. Por un lado, el marcado sesgo francés del autor en las referencias a obras y autores; echo en falta producciones artísticas, políticas, sociales, filosóficas, etc., quizás hasta más significativas que las aducidas en el ensayo para ilustrar el silencio. Por otro lado, la falta de aportación del autor, que se limita a hacer una recopilación de silencios a partir de referencias (y ya hemos señalado la falta de exhaustividad y profundidad en algunos momentos) y apenas hay aportaciones originales por su parte. Seguramente suene algo presuntuoso por mi parte permitirme criticar a todo un profesor emérito de La Sorbona, uno de los máximos exponentes de la denominada “historia de las sensibilidades”. Y quizá tengáis razón. Eso sí, si no te dejas asombrar por el currículum del autor, realmente la obra se queda escasa en muchos puntos.

Todo lo anterior no es óbice para reconocer el acierto de detenerse a reflexionar sobre el silencio en un momento planetario como el actual, donde el ruido es insoportable y falta nos hace, como sociedad y como individuos, sentarnos en silencio a pensar(nos) y refrescar nuestra mente. Elegir bien nuestros silencios y nuestras palabras puede ser un buen comienzo para redefinir el rumbo de las sociedades actuales. Esta puede ser la principal aportación libro y, por ende, la razón principal para leerlo.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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