Reseña de El último samurái de Helen DeWitt

Una auténtica joya desconocida que merece ser leída

Nadie me lo recomendó. Lo encontré echando horas en librerías, ojeando y hojeando libros. A veces se encuentran así, deteniéndose entre estanterías y mesas, dejándote llevar por los secretos que esconden las librerías, sin atender los neones de las mesas de destacados, sino, buceando en su interior. Así encontré esta joya, me atrevería a decir que, desconocida: El último samurái de Helen DeWitt. Un libro peculiar desde su temática hasta su edición que estuvo perdido por peleas editoriales después de petarlo en la Feria del Libro de Frankfurt. Aviso a navegantes, NADA tiene que ver con la película de Tom Cruise (y menos mal).

El último samurái narra la historia de Sibylla y Ludo, madre e hijo. Ludo es un chico con una capacidad fuera de lo común para aprender idiomas. Aprende griego leyendo a Homero con 5 años y a los seis afirma que “el griego y el árabe y el hebreo son mis lenguas favoritas”. Esta dedicación y admiración por las lenguas se debe al afán de su madre, apasionada de los clásicos. Sibylla es un genio, pero no le sirve de mucho serlo. Ve de forma compulsiva el clásico de Akira Kurosawa Los siete samuráis. El nacimiento de Ludo la alejó de su proyección académica en Oxford para trabajar de cualquier cosa, enseguida. Decide ser secretaria porque Rilke también lo había sido, con la diferencia de que Rilke lo fue de Rodin y ella lo es de una mujer que ni siquiera escribe bien. Sibylla trabaja sin descanso, siendo continuamente interrumpida por las dudas de Ludo, para poder comprar comida y libros, el sustento de la familia. Y billetes de metro. En ese metro viaja con Ludo en la Línea de Circunvalación leyendo libros.

Literatura minoritaria (clásicos, obras científicas, diccionarios y manuales académicos para el aprendizaje de idiomas…) que provoca reacciones en los viajeros que son de traca a las que Sibylla siempre responde con ironía: “¿Sabe?, esto ha sido un terrible dilema para mí. Hace semanas que me estrujo el cerebro intentando descubrir si hago lo correcto, y por fin esta mañana he pensado: Ya sé, cogeré el metro, alguien en el metro podrá aconsejarme, y dicho y hecho, aquí está usted para decirme justo lo que tengo que hacer. Muchísimas gracias, no sé lo que habría hecho de no ser por usted”. Y mucho Kurosawa y sus siete samuráis, convencida de que “le estoy dando a mi hijo sin padre y sin tíos, no solo 8 modelos masculinos (6 samuráis, 1 hijo de un campesino que se hace pasar por samurái y 1 campesino sin miedo), sino 16 (8 personajes, 8 actores), 17, incluyendo a Kurosawa, que no sale en la película. Solo uno de los personajes es un perfeccionista en la práctica de su arte, pero los 8 actores y el director muestran un perfeccionismo absoluto, lo que hace un total de 17 modelos masculinos”.

Sibylla no ha llevado a Ludo al colegio. Ludo no encajaría en él. Sibylla le transmite amor por la cultura y la formación intelectual, “pensé: sí, la vida intelectual es la forma de felicidad más auténtica” y si es capaz de mantener el estímulo necesario en Ludo, ella se da por satisfecha. Mantiene una relación con el pequeño muy interesante y le habla casi como a un adulto, “Si en alguna etapa de tu vida decides rechazar la teoría de un universo Ludocéntrico, házmelo saber, por favor”. Pero alguien se entera y tiene que escolarizar a Ludo… y efectivamente, Ludo no estaba hecho para ir al colegio, “Se supone que cada cual debe trabajar a su ritmo, pero cada vez que lo intento me dice que pare, y nunca sabe la respuesta cuando le hago alguna pregunta. No sabe nada que yo no sepa, así que no veo ningún motivo para ir al colegio”.

En estas circunstancias vitales, Ludo decide encontrar a su padre de la misma forma que en la película de Kurosawa buscan samuráis que defiendan el pueblo en peligro. La búsqueda del padre ocupa la segunda parte de la novela y es una explosión de genialidad por el tratamiento de todos los personajes. Ludo se las ingenia para conocer a posibles candidatos que hayan vivido en Oxford y estén relacionados con algún tipo de conocimiento: escritores, pintores, diplomáticos e incluso un premio nobel de Física, todos van conversando con Ludo con más o menos reticencias, porque no todo el mundo responde igual cuando un niño se presenta en tu casa y dice “soy tu hijo”. Ludo no se rendirá pronto, “Si Kambei hubiera dejado de reclutar samuráis porque el primero no servía, una obra maestra del cine moderno de 205 minutos de duración se habría terminado en el minuto 32”. Sin embargo, “la búsqueda de un padre resultó ser una actividad de un riesgo inesperado”, pues Ludo salía corriendo de la mayoría de las entrevistas, teniendo más o menos claro que aquel hombre no era su padre. Sobre la red de personajes de esta segunda parte de la novela, Laura Fernández en El País se pregunta si existe un narrador en la novela y se responde “Sí, pero es uno genialmente mutante. Hay, se diría, tantas cabezas en la novela como personajes, y buena parte de ellas son cabezas de padres. Los posibles padres a los que Ludo somete a su peculiar duelo (…), y el lector las ocupa todas, porque la novela es una red sináptica en expansión; una pequeña guía introductoria a un puñado de idiomas (griego, japonés, inuit); un simulacro de la vida de una madre que no puede trabajar porque su hijo no deja de interrumpirla (la imposibilidad de la conciliación familiar, o, mejor, de la soledad y la maternidad); un vistazo al cerebro (triste) de un niño (triste) (pero) superdotado”.

La novela plantea cuestiones de fondo muy importantes sobre la formación humanística, la institucionalización de las diferencias o la importancia de la cultura clásica. En el epílogo la autora reflexiona: “Teniendo en cuenta que no existe una edad en la que las oportunidades ofrecidas a Ludo sean la norma, no sabemos si era un genio o no, solo que es una rareza en una sociedad con unas expectativas muy bajas”. Para DeWitt “no vivimos en una sociedad donde la cuestión sea si a los cuatro años es demasiado pronto para empezar a aprender griego (…) Ni siquiera vivimos en una sociedad en la que las bibliotecas ofrezcan, de manera rutinaria, el tipo de colecciones que podrían inducir a explorar las grandes obras literarias fuera de la escuela (…) Realmente vivimos en una sociedad en la que cada vez más se desestiman las humanidades por no ser prácticas”. Con esta situación de fondo, “Ludo no impresiona solo a Val Peters y a los usuarios de la Línea de Circunvalación, sino también a muchos críticos. Tal vez deba ser así, tal vez no. Tal vez deberíamos interesarnos más bien por las desconocidas habilidades del lector”. Y en ese campo, DeWitt lo ha petado, porque la respuesta de los lectores fue la lectura masiva y la aparición del libro en programas como el de Oprah o con el Presidente Obama cuando se lo regala un librero.

No es un libro sencillo. Es un libro cargado de referencias de novelas desconocidas para el lector medio, con continuas referencias a una película de culto que no todos habremos visto (yo la tengo en DVD, pero tuve una época friki de Kurosawa). Tampoco fue un libro con mucha suerte en su gestión editorial,  como explica Rodrigo Fresán en el ABC, “DeWitt descubrió que debía mucho por el arduo trabajo de composición tipográfica y corrección de las abundantes parrafadas en diferentes idiomas y la paga de derechos por uso de material ajeno (incluido el guion de Kurosawa). Para colmo, al poco tiempo, el título de la novela fue abducido por una de esas tantas películas espantosas con/de Tom Cruise. Así, DeWitt estuvo a punto de poner fin a todo en varias oportunidades y publicó casi nada desde entonces. Afortunadamente, la prestigiosa New Directions acudió a su rescate y reeditó en 2016 «El último samurái» y se puede volver a gozar y admirar algo que no se parece a nada pero sí es algo a lo que todos querrían parecerse”.

Sea como fuere, os animo a acercaros a él, es un libro distinto, es un libro cargado de mensajes cada vez más necesarios en la sociedad actual, un libro a favor de la lectura de los clásicos, del esfuerzo, de la reflexión sosegada, de la importancia de la cultura, de la necesidad de alejarse de las sobrestimulaciones y aburrirse un poco… todo esto son ideas que supuran de la lectura de esta joya arrinconada por las editoriales que se merece una segunda oportunidad por nuestra parte.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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