Reseña de No digas nada de Patrick Radden Keefe

El cierre en falso de un conflicto cargado de frágiles y fieles silencios

El primer libro del año es sobre un tema que suele llamar mi atención. Ya nos hemos referido en este blog en otras ocasiones a los conflictos armados, en particular en lo referente a grupos terroristas, la última con Los incendiarios de Jan Carson. Y es que el tema de Irlanda del Norte o del norte de Irlanda (depende del enfoque) es un tema que me atrae. Me atraen los conflictos donde las fronteras no están claras, donde la sociedad se empapa del miedo a no identificar al enemigo porque es igual que tú simplemente piensa diferente o cree en algo distinto (me atraen, obviamente, para analizarlos, en ningún caso formaría parte de un grupo terrorista). Ahora os traigo No digas nada de Patrick Radden Keefe, un libro que obtuvo el Premio Orwell, el del Círculo de la Crítica de Estados Unidos y quedó finalista en el National Book Award, y, dos años después de su éxito en el mundo anglosajón, donde fue saludado como uno de los libros del año por la crítica, llega su versión en español de la mano de Reservoir Books.

El conflicto comienza con unos bandos marcados por la religión, pero rápidamente supera esos límites y habla de libertad, autogobierno y desocupación militar. Sin embargo, el enfoque de Radden Keefe es otro, es el enfoque del conflicto desde dentro, desde las personas, entre las personas y sobre las personas. Los dos bandos, siempre identificables entre los irlandeses y los británicos, los republicanos y los lealistas, los católicos y los protestantes, se desdibujan por el silencio. De eso habla Radden Keefe, del silencio. No digas nada es un libro sobre el silencio en medio del caos, el sinsentido y las armas. Un silencio atronador. Y no solo un silencio, sino diferentes tipos de silencio. Por una parte, el silencio impuesto a las víctimas y sus familiares; de hecho, el libro tiene como hilo conductor la desaparición de Jean McConville, una madre de diez hijos que vivía en el Divis Flats (en el corazón de West Belfast donde el IRA era más fuerte) acusada de chivata, cuyos hijos no han dejado de buscarla sufriendo en muchos casos las represiones de simpatizantes o miembros del IRA, “la cultura del silencio fue una de las consecuencias de los Troubles. Habiendo facciones armadas en las calles, un acto tan inocente como hacer preguntas sobre un ser querido en paradero desconocido podía ser peligroso”. Por otra parte, el silencio autoimpuesto por los protagonistas durante y tras el conflicto, “la negativa de Gerry Adams de admitir que él hubiera pertenecido jamás al IRA. Si la población de Irlanda del Norte se preguntó si ya era seguro dar el paso de sincerarse sobre su papel personal en el conflicto, las reiteradas negativas de Adams parecían sugerir que no lo era, ni mucho menos. En un poema sobre los Troubles titulado “Digas lo que digas, no digas nada”, Seamus Heaney hablaba de un país de santo y seña, de guiños y cabeceos”. Por último, el silencio de los cómplices necesarios, en este caso del clero católico (one more time), “durante los Troubles, muchos miembros del clero se vieron metidos en situaciones de tensión y no siempre hicieron lo correcto. Cuando el padre McCoy se marchó [después de confesar a un chaval al que iban a asesinar], no fue a transmitir el mensaje a la familia de Molloy. Y tampoco denunció lo ocurrido a la policía”, estuvo callado casi veinticinco años.

En el libro destacan algunas figuras fundamentales del conflicto. Por su puesto, las hermanas Price, Dolours y Marian, desconocidas para mí y de las que especialmente se detiene el texto en Dolours Price, de quien una amiga de la infancia dirá en su funeral que “Dolours era una libertadora, pero nunca consiguió liberarse a sí misma de esas ideas (…) A veces, los ideales nos atan de pies y manos”. Otro personaje importante es Brendan Hughes, más conocido como Dark Hughes, uno de los jefes del IRA Provisional en sus años más cruentos, lugarteniente de Gerry Adams del que con el paso del tiempo se alejó por la insistencia de Adams en negar su pertenencia al grupo terrorista. Hughes, será fiel a sus ideales hasta el final y la negativa de Adams a reconocer su paso por el IRA le dolerá especialmente, tanto que años más tarde llegará a confesar algunos detalles escabrosos de aquellos años. Brendan Hughes, por lo tanto, jugó un papel determinante durante los Troubles y años más tarde aportando luz, quizás con la sombra del renegado de fondo, eso es verdad, pero “es difícil no simpatizar con Hughes en el terreno sentimental. Pero sería de tontos no simpatizar con Adams en el terreno político (…) Por más insensible que Adams pueda parecer, y por más maquiavélico que pueda haber sido en ocasiones, logró sacar al IRA de un conflicto cruento e inextricable para conducirlo a una frágil pero duradera paz”. La justificación o no de la violencia como medio para conseguir unos fines tan complejos como la desocupación de un territorio es un tema espinoso en el que Adams siempre se ha desenvuelto con soltura, “es probable que Adams no viva para ver una Irlanda unida, pero todo apunta a que ese día inevitablemente llegará. La verdadera pregunta aquí es si habría ocurrido o no, tarde o temprano, sin las intervenciones violentas del IRA”.

En el cierre del libro, el propio autor reconoce la motivación que le llevó al enfoque del libro, “el entramado que formaban las vidas de Jean McConville, Dolours Price, Brendan Hughes y Gerry Adams me inspiró a contar una historia sobre cómo ciertas personas llegan a radicalizarse en su inflexible devoción a una causa, y sobre cómo unos individuos – y toda una sociedad – dan sentido a la violencia política una vez que han atravesado el crisol y por fin tienen tiempo para reflexionar”. Porque el texto sobre todo habla de la madurez de las ideas, de la sensatez que se adquiere con el tiempo y de cómo los silencios impuestos acaban ahogando a toda la sociedad. Es necesario que fallezca una generación para que se pierda el miedo a hablar, a dialogar y a buscar una interpretación conjunta de los hechos. El conflicto sigue vivo, ahora tenemos una nueva escisión del IRA que en 2019 perpetró su último atentado hasta la fecha, y algunas heridas tardarán en cerrarse y algunos debates quizás no se cierren nunca, por ejemplo, destaca el autor que “en Irlanda del Norte mucha gente hablaba del peligro de una jerarquía de víctimas”.

Este libro no es el Patria del conflicto norirlandés, no, este libro es el resultado de una investigación, no es ficción, es una obra de no ficción narrativa, como el propio autor reconoce en una nota final, “ni los diálogos ni los pormenores son inventados; si en algún momento describo los pensamientos de algún personaje es porque este me lo explicó así a mí, o a otras personas, tal como queda dicho en las notas”. Estos conflictos seguirán generando literatura a su alrededor, a veces ficción, a veces no ficción, a veces biografías o memorias, pero son fuente inagotable de enmarques literarios. Al conflicto vasco le falta un No digas nada y al conflicto norirlandés le falta un Patria. Llegarán y los leeré. Pero cuidado, ambos conflictos si tienen sus similitudes no son comparables, pero esto es para otro momento y otro lugar. Ahora dejaos llevar por este libro que aun siendo una obra de no ficción narrativa, a veces viaja en la novela de suspense y otras en el tratado filosófico, porque junto con el silencio, el miedo y el ansia de libertad tenemos unas disyuntivas morales difíciles de gestionar por sus protagonistas, de uno y otro bando, de la sociedad irlandesa y la británica y del mundo como espacio de convivencia y reconocimiento mutuo de las diferencias.

P.S. Os dejo una entrevista de Guillermo Altares a Patrick Radden Keefe en el Espacio de la Fundación Telefónica, está en inglés, pero creo que podéis poner subtítulos. Altamente recomendable.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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