Reseña de Nada es crucial de Pablo Gutiérrez

Un libro sobre la luz de los márgenes y los marginados

Sabéis que de vez en cuando algunas editoriales me envían libros para que los lea y hable de ellos en este blog. Hay veces que no disfruto con las lecturas que me envían, porque interrumpen mi selección de próximos libros o porque no me apetece leerlo en ese momento. No es el caso de Nada es crucial de Pablo Gutiérrez. La navaja suiza ha reeditado una obra que en su momento lo petó, pero a mí me pilló terminando un máster en cooperación internacional y con la cabeza más lejos de los libros y más cerca del cine. Ahora, esta reedición y la invitación de la editorial me han permitido acercarme a un texto y un autor desconocidos para mí, pero a los que seguiré la pista a partir de ahora.

Nada es crucial narra la vida de dos jóvenes outsiders, Lecu y Magui, que viven en sendos mundos, MundoLecu y MundoMagui, atrapados en sus trampas sociales y sistémicas. Magui crece en un entorno rural, sin figura paterna y con una madre que vive por y para su nuevo novio sin atender, cuidar y mimar a su hijita. Lecu es un pequeño hijo de dos yonquis que tiene que sobrevivir en un entorno despiadado, “todo esto sucedió en los ochenta, cuando los yonquis dominaban el planeta y vagaban y se apoderaban de los descampados sin que hubiera agencias inmobiliarias ni asistentes sociales que se les opusieran”. Lecu es más protagonista que Magui. Lecu es el favorito de Gutiérrez. Para mí, Lecu ha sido un Sísifo contemporáneo al que el sistema le impone una piedra con la que cargará toda su vida, aunque en ocasiones parezca que le alivian el peso la caridad de una nueva corriente cristiana: los neocristianos, dirigidos por el Sr. Alto y Locuaz. Como señala Sanz Villanueva en El Cultural: “La soledad de Magui y el aprisionamiento de Lecu por varias Señoras Amables, encarnación del fariseísmo moral, y por un Señor Alto y Locuaz, representante de un Neocristianismo fundamentalista, convierten a la pareja en víctimas sociales simbólicas. En la novela se acumulan notas del deterioro colectivo: egoísmo, crueldad, intransigencia, violencia, falsos ritos… El autor se aplica a su denuncia, especialmente punzante en el anticlericalismo, mediante procedimientos indirectos, en especial hipérboles y sarcasmos”. Para Pablo Gutiérrez, Lecu es un hobbit, un superhéroe, un mutante, dependiendo del momento de la novela, pero con la crudeza de saber que nunca superará su condición social, “el pasado de aquel hobbit no era ninguna novela amable de las que el Narrador pudiera sentirse orgulloso, y comprendía que de algún modo todo había vuelto a su estado natural, como si el tiempo que pasó junto a las amables señoras, el alto y locuaz caballero y los papis rehabilitados no hubiera sido más que un [intermedio]”. Pero Lecu es un superviviente nato. Carga con el peso de toda una clase social baja y empobrecida, superada por sus dificultades y a la sombra de la sociedad, sin embargo, “Lecu se convirtió en el único hobbit engendrado por yonquis que jamás probó sustancia tóxica alguna a excepción del sorbitol, el acidulante y los fasificantes habituales de la comida envasada. Le bastaba con eso y con la mierda sensible que recorría sus circuitos para alucinar y desvariar y ver muñecos de colores en las paredes de su agujero”. Poco a poco Lecu crece por dentro y por fuera, y se va dando cuenta de que había sido víctima de la caridad cristiana, de una forma de ser y estar en el mundo que únicamente alivia a quien ayuda y en nada cambia a quien es ayudado, o dicho de otra manera, “la resignación cristiana (neocristiana o protocristiana) era el sumidero por el que se escurría la filfa que había sido su vida hasta entonces”.

Gutiérrez tiene un estilo muy personal. Diferente, puede tener algunos ecos de Francisco Umbral entre Las Ninfas y el Giocondo. La forma de narrar es extraña, no me he sentido cómodo leyéndolo, pero no he podido separarme del libro. A Pablo Gutiérrez hay que reconocerle que maneja con endiablada soltura el entramado de personajes, situaciones, condicionantes y miserias. En un texto donde no hay capítulos, sino los lindes que marcan las letras en negrita que nos sumergen en otras vidas, Pablo Gutiérrez, “nos coge del cuello y metiendo nuestras cabezas en el barreño hasta que el aire escasea”. Cogernos del cuello o darnos dos guantazos literarios a mano abierta es lo que nos hace falta, porque como denuncia Soporto tropos,las gentes no tienen ni idea de lo que es un descampado, ni urbano ni espiritual. Necesitan leer este libro, sean de la religión que sean, para que atisben el concepto: descampado existencial”. Quizás sea la principal aportación del libro, la escritura no ya en los márgenes, sino sobre los márgenes, lo que Isaac Rosa en el prólogo conceptualiza como “novela descampada”, “no solo por el asunto tratado (…), ni por su querencia por tipos marginales (…) o la acumulación de miserias y escombros, [sino] por su escritura, su despliegue lírico y la violencia de su voz. Prosa descampada, tan desapacible como magnética, novela sin ley que contiene belleza y mugre por igual”. Por buscarle algún pero, diré que me sobra el rollo religioso (aunque sea para criticarlo ferozmente), y aunque tiene destellos, es bastante anodino en algunas partes del libro, además de forzar demasiado el ingenio con neologismos a veces innecesarios. Aunque el libro insista en el título, nada es crucial y por lo tanto todo es banal, no me olvidaré de él porque Pablo Gutiérrez se ha preocupado por dejar huella, por la fuerza de las escenas y la profundidad de la crítica incidiendo en las injusticias en las que el sistema perpetúa a las clases bajas, castigadas y empobrecidas.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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